La época encantadora de la Navidad y Hanukkah que ya estamos celebrando no debe distraernos del todo de lo que se avecina para después. Entre un villancico y el siguiente, conviene mantenerse al tanto de lo que se trama en Tallahassee, la capital del surrealismo maquiavélico que, un año sí y el otro también, nos lleva a por la calle de la amargura.
El 2013 promete buenas tormentas. Lo primero que han hecho los nuevos líderes de la cámara y el senado estatal ha sido repartir generosos aumentos de sueldo a sus más allegados. La piñata que beneficia a 17 empleados estatales que ya ganan más de $100,000 anuales costará algo más de un cuarto de millón en fondos públicos. Pero Santa no traerá regalitos al resto de los 167,000 empleados estatales que llevan más de seis años sin aumento salarial y que además han perdido el 15 por ciento de sus ingresos porque la legislatura los obligó a contribuir al fondo de pensión estatal.
Estoy segura de que todos ellos recibirán con alegría la noticia de que el sueldo de Chris Clark, el jefe de despacho del flamante presidente del senado estatal, pasó la semana pasada de $77,000 a $150,000 anuales.
Otro motivo de preocupación es que el presidente del senado estatal, Don Gaetz, ha dicho que “los floridanos nunca jamás deben ser forzados a esperar seis y siete horas en fila para poder votar”. Amén y Aleluya. Pero si mal no recuerdo, fue la cúpula republicana en Tallahassee la que hace menos de dos años, con premeditación y alevosía, cortó a la mitad el periodo de votación temprana y cargó la boleta de noviembre con una sarta de enmiendas kilométricas garantizando la debacle electoral de noviembre, que nos convirtió una vez más en el hazmerreír de la nación.
Pero si bien fuimos el último estado de la nación en contar los votos, estamos entre los primeros en la carrera armamentista. Esta semana en Tallahassee, un miembro del gabinete estatal, el secretario de Agricultura Adam Putnam, anunció con evidente regocijo que un millón de residentes de la Florida, uno de cada 14 adultos, tiene una licencia estatal para portar un arma de fuego.
Según Putnam eso demuestra el gran respeto que tenemos por la segunda enmienda. Se le olvidó mencionar la facilidad con la que la Asociación Nacional del Rifle, NRA, compra a nuestros legisladores. Y claro está que esta política estatal de un arma en cada hogar nos garantizará a todos los que vivimos en la Florida muchas noches de paz en años venideros y trabajo en abundancia a los detectives de las brigadas de homicidios.
Muchas armas, pero ninguna de las propuestas de ley presentadas hasta ahora en Tallahassee se enfoca en el desempleo, las ejecuciones hipotecarias o el cuidado de la salud, temas urgentes para los 19 millones de personas que vivimos en la Florida. Sin embargo, hay alguna esperanza en el firmamento legislativo. Por ejemplo, hay una propuesta para permitir que los hijos de inmigrantes indocumentados criados aquí paguen la misma matrícula que otros residentes de la Florida en universidades estatales y no tres veces más como hasta ahora ocurre.
Todavía hay tiempo para exigir que nuestros representantes estatales nos tomen en cuenta. Pero la complicada molienda que se inicia en marzo ya se está fraguando. Lo que me maravilla de lo que ocurre cada año en Tallahassee es que la legislatura nos usa como bueyes de carga para los que hacen la zafra. Y me asombro al ver que se lo permitimos.
Las consecuencias de lo que ocurre en la capital del surrealismo las sufrimos cuando se nos obliga a mendigar el derecho al voto, o cuando pagamos más por menos cobertura en nuestros seguros o cuando nuestros hijos se ven forzados a emigrar a otros estados por salarios más dignos y un costo de vida más razonable. La mejor resolución de año nuevo que se puede tomar es la de vigilar más de cerca lo que ocurre en nuestra capital estatal, donde en las piñatas se reparten el botín a nuestras espaldas.

























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