Uno de los rasgos más típicos de la sociedad contemporánea es la internacionalización de referentes y tradiciones. Este fenómeno va mano a mano con la homogeneización de las culturas que, enarbolando airosa la bandera de la aldea común, arrasa consigo rasgos culturales únicos e identidades
locales.
La globalización, además, nos promete la satisfacción inmediata, dejando muchas veces el campo reflexivo más allá de nuestras magras expectativas, demasiado atribuladas por el consumo trivial que la mayoría de las veces satisface necesidades ajenas.
One of Us Can Be Wrong and Other Essays ( Uno de los dos puede estar equivocado y otros ensayos) es el título de la más reciente exposición personal de Rubén Torres Llorca, abierta al público en Juan Ruiz Gallery.
Torres Lorca (La Habana, 1957) es uno de los nombres clave del denominado Movimiento de Nuevo Arte Cubano que cambió definitivamente el panorama de las artes visuales en la isla hacia la década de 1980. Con un profundo interés en la investigación social y la antropología que lo emparenta con figuras de su generación como Juan Francisco Elso, Ricardo Rodríguez Brey y José Bedia, Torres-Llorca realizó exposiciones medulares que, siguiendo la línea de arqueología social, reflexionaban sobre la escena social cubana del momento. Destacan entre ellas, El hombre incompleto (Galería Habana, 1986) y Una mirada retrospectiva (realizada en conjunto con Lázaro Saavedra en el Centro de Artes Plásticas y Diseño, en Luz y Oficios, La Habana, 1989).
One of Us Can Be Wrong continúa la indagación social y estética de corte posestructuralista que ha marcado la obra de este artista desde el comienzo de su carrera. A tal efecto, se impone la inclusión de objetos de naturaleza diversa que crean una relación de tensión fundamental, generadora de sentido.
La exposición, integrada por 18 instalaciones de impecable factura, busca entablar una reflexión con el espectador que, en primera instancia, es sobrecogido por el carácter hermético de las mismas. Vencido este primer momento de extrañamiento, comienzan a aflorar íconos comunes, muchas veces provenientes de la literatura infantil y latinoamericana que, articulados en enigmáticos artefactos, nos instigan más allá de la obra de arte.
La exposición se basa en mi amor por los libros, explica Torres Llorca. Hay literatura y libros de historia y ensayo social. Escogí un autor en particular, Cortázar, tal vez porque lo conocí personalmente y tuve una relación afectiva con él. De hecho, hay cuatro o cinco piezas en la muestra que refieren directamente a su obra que me ha marcado mucho. Pero igual podrían haber sido Carpentier, Borges o Bioy Casares.
Casa tomada (2012) es sintomática en este sentido. La colosal instalación, que toma prestado su nombre del cuento de Cortázar, se extiende como hiedra invadiendo la pared más vasta de la galería.
Compuesta por más de 135 piezas individuales, cada una comprende dibujos procedentes de hojas de enciclopedias. A veces, se superponen hasta tres hojas que inevitablemente quedan ocultas al ojo del espectador. Pero están ahí y hay una relación unívoca entre ellas a la que no alcanzamos, nos explica Torres-Llorca.




























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