Soy colombiano y llegué a EEUU hace 7 años huyendo de la violencia y muerte que se ha ensañado contra millares de mis conciudadanos desde 1980 para acá.
Yo vivía muy contento y tranquilo en la ciudad de (omitido), en el Valle del Cauca, comerciando en el sector agrícola, con mucho esfuerzo y trabajo pero sin grandes problemas ni graves amenazas. Pero en el año nombrado, la prosperidad cambió: lo que uno se ganaba con el sudor de la frente negociando arroz, algodón, u otros productos, palideció progresivamente cuando el terrible negocio de las drogas desplazó todo aquello y convirtió los cultivos en recuerdos y las sementeras en cementerios.
Luché 25 años más, a costa de peligro incesante para mí, para mi esposa, y para mis tres hijos (ahora ya frisando en los 30), hasta que las cosas se pusieron imposibles y nos tocó reubicarnos hacia la Costa Atlántica donde las amenazas bajo las cuales nos esforzamos tanto tiempo, se transformaron en malos recuerdos, a cambio de nuestra alegría de vivir.
Subsistimos como mejor pudimos porque era demasiado tarde para volver a surgir, con la tercera edad a vuelta de la esquina. Fue entonces que decidimos liquidar todo y reiniciar nuestra vida en un país casi mitológico – los Estados Unidos. Viajé a Bogotá y gracias a mi hoja limpia y buenos informes bancarios (que siempre cuidé), nos concedieron visas de turismo a todos cinco. En noviembre del 2006, arribamos con un poco de dinero, nuestras maletas y nuestras esperanzas. Aquí hemos sobrevivido desde entonces, haciendo pequeños envíos de cosas a Colombia. “Dios es grande”, como usted dice con frecuencia como lo leo día a día en El Nuevo Herald.
En lo que no hemos tenido suerte es en regularizar nuestra situación inmigratoria. Cuando pasaron los 6 meses de admisión que nos dieron al llegar, no salimos sino que buscamos un abogado que se anunciaba como “de inmigración”. El nos pidió un deposito sustancial y nos aseguró que de nada teníamos que preocuparnos. Presentó una petición de asilo para nosotros, y nos quedamos esperando la residencia que nos había prometido. Han pasado casi 6 años y nunca recibimos nada en firme. Inmigración no nos ha molestado pero ni solución y ni siquiera permiso de trabajo tenemos. Nos movemos con mucho miedo por todo lo que leemos que les ha ocurrido a personas en estado irregular como el de nosotros.
Cuál no sería nuestro desaliento cuando hace poco leímos en la prensa que nuestro abogado (omitido) ahora está en la cárcel por irregularidades y apropiación de dineros de sus incautos clientes. (En el transcurso de los años desde que comenzamos, nos ha sacado más de $10,000 preciosos dólares).
De nuestros tres hijos, los dos varones han evolucionado – el mayor se fue y vive en el Canadá, y el menor, se marchó a Albania, en Europa. La niña, que es la tercera, tiene un novio americano pero no se ha casado; ella sigue acá con nosotros, compartiendo nuestras desilusiones.
Doctor Rosenow, ¿qué podemos hacer??! Ya yo ando en mis sesentas, mi esposa también está agotada, mi hija está muy agobiada y triste, y no le quedan a uno muchas ganas de volver a empezar (y, ¿cómo?!).
Usted, que según lo que hemos leído es colombiano (ó como si lo fuera), dénos una luz de esperanza en medio de tanto desconsuelo. Mil gracias por su valioso tiempo.
(Anónimo, a discreción), Miami
En términos profesionales, hablando de abogados de inmigración, “no son todos los que están, ni están todos los que son”. Lloro lágrimas por dentro al enterarme de su triste historia y les ofrezco ayudarles en todo lo que pueda en su particular circunstancia. Hoy no alcanza este espacio para explicar por dónde se asoma un camino para solucionar su problema, ni para alertar en detalle a todos los incautos del peligro de entregar su destino, sus esperanzas, y su dinero a un mal abogado, pero lo haré en esta misma columna la próxima semana.
¡Esperen mi respuesta!
MANFRED ROSENOW es un
abogado y periodista de Miami
especializado en temas de inmigración.
Escríbale a El Nuevo Herald,
1 Herald Plaza, Miami, FL 33132



























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