En las paredes de su vieja casa móvil de Homestead, Sonia Santiesteban cuelga fotos de sus tres nietos. Las paredes están podridas por el moho y dan la impresión de que se podrían caer en cualquier momento, pero aun pueden sostener cuadros con imágenes de la abuela rodeada de los niños mientras apaga las velas de un pastel. En el retrato Santiesteban muestra una amplia sonrisa mientras sus nietos le cantan feliz cumpleaños.
La abuela sonríe mas desde que los tres pequeños alegraron su hogar con juegos, gritos y correteo hace siete años cuando Santiesteban los adoptó. Para ella, esa fue la mejor decisión que pudo tomar en sus 65 años de vida.
De no haberlos adoptado, Sonia Rodríguez, entonces de 7 años, Mercy Ramaella de 4 y Orlando Ramaella de 3, habrían sido entregados a diferentes familias mediante el sistema de adopción estatal.
No faltó quien intentara persuadirla para que no lo haga, argumentando que ella estaba muy mayor para criar niños. Pero la abuela hizo caso omiso, y siguió adelante.
Ellos han cambiado mi vida, dijo emocionada Santiesteban.
Me adoran, me alegran la vida, por ellos dejé el cigarro, para no perjudicar su salud y también por mi bien.
Santiesteban y su nieta Sonia, que ya es una adolescente, guardan un secreto. Mercy y Orlando son medio hermanos de Sonia, pero no son nietos de Santiesteban.
De sangre no son mi familia, aclaró la abuela cubana. Pero para ellos yo soy su abuelita, la única que conocen, y me quieren como tal, que es lo mas importante.
El padre de Sonia es el hijo mayor de Santiesteban, quien por problemas con drogas terminó en la cárcel. Aunque el hombre ya está libre, no le otorgarían la custodia de su hija. La madre de los niños vive también en Miami, tiene otros hijos, mayores que Sonia, Mercy y Orlando. Santiesteban nunca supo la razón por la que los pequeños fueron alejados de su madre.
Pero cuando me dijeron que los iban a dar a adopción a diferentes familias dije que no, que no separaría a mi nieta de sus hermanitos, contó Santiesteban. Donde come una, comen tres.
Con lo que ganaba en su trabajo limpiando casas y ayudas de algunas agencias del gobierno Santiesteban ha dado a sus nietos lo mejor que ha podido, contó. Pero las cosas se complicaron cuando hace poco más de un año Santiesteban sufrió una caída mientras trabajaba y se rompió la cadera. Desde entonces no ha podido caminar bien y la mayoría del tiempo usa una silla de ruedas para moverse. No ha trabajado por un año.
La casa móvil de la familia está vieja, casi inhabitable. Las paredes se están pudriendo y amigos de la iglesia han improvisado unas mejoras al piso con planchas de madera. Además, como el trailer tiene solo dos dormitorios, Santiesteban duerme en un sofá cama en la sala para que los niños tengan su propio cuarto. Mercy y Sonia compartan una habitación con espacio que apenas alcanza para las dos, rodeadas de su ropa colgada en las paredes porque el espacio del closet no alcanza para las dos. Orlando ocupa el otro cuarto más pequeño.
Santiesteban desea una casa móvil en mejores condiciones y con más espacio. Hace poco solicitó a una agencia de viviendas públicas y recibió una carta de respuesta. Al ver la carta los niños lloraron de emoción, pensando que se podrían mudar con su abuela a un lugar más grande y seguro. Pero la misiva les informó que su caso fue agregado a una lista de espera de miles de personas y que pasarían algunos años antes de poder ayudarles.



























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