Aunque estos días tiritamos de frío en Miami, Santa Claus siente júbilo al aproximarse al calor. Mientras guía el trineo volador por el cielo raso de la Florida, se libera del enorme abrigo rojo. Le guiña el ojo a Rodolfo el reno, que ilumina el camino, avizorando una buena temporada para la repartición de regalos. ¡“Ho, ho, ho!”, exclama.
Pero un peligro acecha. Y no es una confabulación del Grinch. Al descender por una chimenea extremadamente tóxica, Santa se enreda con su saco mágico entre espinas puntiagudas y venenosas. Abajo, le esperan ambiciosas peticiones insertadas en calcetines multicolores. “¿Adónde he llegado?”, pregunta sobresaltado. Divisa una palmera dibujada en la pared dentro de un redondel que anuncia: “The City of Miami. Dade Co., Florida”.
Sonriente de oreja a oreja, el alcalde Tomás Regalado le da la bienvenida efusivamente con un fuerte abrazo. Es tanto lo que hace menester en el ayuntamiento –comenzando por una alta dosis de ética–, que Santa pide un teléfono para comunicarse con sus duendes en el Polo Norte y ordenar que suplan más juguetes. Bueno, no son precisamente juguetes.
Para esta Navidad, Regalado le pide un excelente abogado de corrupción pública que lo defienda en una demanda federal. Al ver a la comisionada Michelle Spence-Jones caminar por un pasillo, la apunta y comenta a Santa, con tono quejicoso: “Es por culpa de ella”. El alcalde y la comisionada se entrecruzan las miradas que parecieran disparar misiles. Santa se encandila con el fulgor que irradia la sed de venganza. Regalado le asegura que jamás ha conspirado para destruir su carrera política y reputación, como ella alega.
Aprovechando la generosidad de Santa, la abogada municipal, Julie Bru, también le implora por un abogado para la Comisión de la Ciudad, al explicarle que ella no puede dar consejos legales sobre el litigio, pues aparece mencionada en la demanda. Santa frunce el ceño sin comprender por qué una abogada solicita otro abogado. Sacude la cabeza en señal de desaprobación, pero igual extrae dos abogados del saco, uno para Regalado y otro para los comisionados. “Ho, ho, ho!”, exclama.
Llega el comisionado Marc Sarnoff. Quiere un viaje a Brasil, junto a su esposa Teresa, similar al que realizó gratis meses atrás, claro, en cabina de primera clase, y con más lujos de los que ya gozan los dignatarios que promueven a Miami en el exterior como destino turístico y de convenciones. Sarnoff presiona a Santa: “¿Sería mucho si también pido un barco para participar en la regata Volvo Ocean Race y las destrezas náuticas para circunnavegar los cabos más peligrosos del mundo?” “Lo que desea pesa”, responde Santa al acceder. “Ho, ho, ho!”, exclama.
El comisionado Frank Carollo convida a Santa un cafecito cubano con croquetas (Santa está cansado, así que ordena toda la colada) y, de paso, aprovecha para pedirle un teléfono satelital con línea directa al jefe de la policía de la ciudad, Manuel Orosa, para protestar si algún patrullero osa cuestionar su comportamiento al volante de su Lexus. Tampoco le vendría mal un Batimóvil que lo ayude a rebasar cualquier vehículo por arriba en vez de por el lado. Santa está tan electrizado que no duda en hacer cumplir sus anhelos. “Hii, hii, hii!”, prorrumpe.
Orosa saca del bolsillo precipitadamente una lista tan extensa de deseos, suyos y de sus agentes, que parece un rollo de papel higiénico ¿Por dónde empezar? Una manta invisible que haga desaparecer de la vista las casas de apuestas y maquinitas ilegales, mientras la gente juega al son del tintineo, ayudaría a varios policías bajo la lupa del FBI, así como a los empresarios del juego cercanos a la administración. El jefe también pide un desinfectante mágico para limpiar el Departamento, y una bola de cristal a fin de agilizar las investigaciones internas.
“¡Ay Dios mío!”, expresa Santa. Es que ve aproximarse al administrador municipal, Johnny Martínez. “No soy Mandrake el mago”, se dice a sí mismo, presagiando los antojos del administrador. “Santa, ¿hay algún regalo para atenuar la falta integridad financiera en nuestra ciudad”, pregunta esperanzado. “¿Una pócima para hechizar a los investigadores de la Comisión de Bolsas y Valores?”. Eso no se produce en la fábrica de Santa ¿Algo más? “Un director de Finanzas que cumpla los requisitos del cargo”. Eso sí. “Ho, ho, ho!”, exclama, mientras extrae del saco al nuevo director.
Se hace tarde. Los renos lo esperan preocupados en la azotea. Miles de niños aguardan por sus regalos. Pero primero Santa debe pasar por la sede del Condado Miami-Dade. Y esa, amigos, es una fábula para otra Navidad.


























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