BOGOTA, Colombia -- Fue una sorpresa incluso para Colombia, cuya historia es rica en sucesos inverosímiles: tras una serie de reuniones y contactos secretos, que increíblemente no trascendieron a la prensa en un país donde un secreto dura tanto como un suspiro, el gobierno y la guerrilla de las FARC anunciaron en septiembre un acuerdo para comenzar negociaciones de paz con una agenda cerrada y un plazo determinado.
El anuncio de los diálogos, que tomó desprevenidos al grueso de los colombianos, no sólo constituye en un nuevo intento por terminar con un conflicto armado que va para medio siglo y ha dejado a miles de civiles y combatientes muertos, sino que de la suerte de las conversaciones también dependería el éxito o fracaso de una eventual relección del presidente, según analistas.
Las suspicacias no se han hecho esperar, y no pocos han criticado a Santos por decir que los diálogos de paz debían tener límite y que se deben tener acuerdos concretos antes o más tardar en noviembre de 2013, que coincide con el término legal que un jefe de Estado colombiano para anunciar si competirá por un segundo período de gobierno.
Los comicios están previstos para mayo de 2014.
La guerra y la paz ha sido un factor crucial en los resultados electorales de los últimos tiempos, algo de lo cual Santos debe de tener plena conciencia, pues está en juego un segundo mandato y quizás el que Colombia llegue a un acuerdo de paz con la insurgencia.
La decisión “de si continúa en una campaña releccionista o no el presidente Santos… esa es una decisión personal y de quienes lo acompañan, pero esa decisión no puede interferir para nada el proceso de paz que está en marcha”, dijo Carlos Lozano, editor del Semanario Voz del Partido Comunista colombiano, quien ha entrevistado a jefes de las FARC.
El temor, dijo Lozano, es que se produzca alguna acción rebelde, tras el alto el fuego unilateral que declararon las FARC del 20 de noviembre al 20 de enero; o del gobierno, presionado por la campaña electoral, y que en uno u otro caso los actores se levanten de la mesa, den por terminado el diálogo y sean la negociación y los colombianos los que sufran las consecuencias.
Ya en el pasado, acciones de uno u otro bando han frustrado los diálogos. Ocurrió en febrero de 2002, cuando las FARC colmaron la paciencia oficialista al secuestrar un vuelo comercial y llevarse a un senador que presidía la comisión de paz, y los negociadores del gobierno del presidente Andrés Pastrana (1998-2002) abandonaron la mesa. El secuestro del congresista se produjo tras otros varios plagios y ataques armados de la guerrilla.
Ese senador, Jorge Eduardo Gechem, fue liberado por las FARC de forma unilateral en 2008.
Fijar una fecha de noviembre, dice Lozano, “no es bueno porque puede generar la idea de que el presidente Santos tiene afán solamente para asumir el éxito de la paz… como una bandera releccionista y eso no es justo con el país, no es justo con la comunidad internacional, que tiene enormes expectativas de que este proceso de paz salga adelante independientemente de los procesos electorales”.
Mauricio Vargas, quien fue asesor del equipo colombiano que negoció con la guerrilla en los años 90, cree que las FARC “van a tratar de prolongar al máximo la negociación… y me parece que, en eso, el presidente acierta diciendo “no lo voy a permitir*” porque en experiencias pasadas, aseguró el analista y columnista, los rebeldes aprovecharon “para ganar tiempo, recuperar algo de presencia internacional, de lo que han recuperado, que es un poco de vocería” con constantes pronunciamientos públicos sobre diversos temas.



























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