Pero las ineficiencias de Cuba lo amargaron. Inteligente, fuerte y ambicioso, él tenía planes de expansión, incluso cuando estaba frenado. Estaba reparando un tractor en parte para nivelar la tierra. Estaba roto. De nuevo.
El tractor soviético de la época de 1980 que le compró a otro campesino era lo mejor que se podía conseguir en Cuba. El gobierno cubano mantiene un monopolio sobre la venta de cualquier cosa nueva, y simplemente no hay lo suficiente de nada fertilizantes, o incluso machetes.
Los economistas del gobierno están conscientes del problema.
Si le das tierras a la gente y no le das recursos, no importa qué ocurre en la tierra, dijo Joaquín Infante, de la Asociación Nacional de Economistas Cubanos, con sede en La Habana.
Pero Castro se ha negado a permitir lo que muchos campesinos y expertos ven como una solución obvia a las escaseces de transporte y equipo: permitir a las personas importar por sí mismas sus suministros. La cosa es el control, dijo Philip Peters, un analista de temas sobre Cuba que trabaja con el Instituto Lexington, un grupo de investigación con sede en Virginia.
A los cubanos también les preocupa que los burócratas responsables de administrar en el país la compleja mezcla de una agricultura manejada por el estado y de forma privada, carecen de conocimientos necesarios para que funcione el sistema. Por ejemplo, en el otoño había racimos de plátanos pudriéndose por toda La Habana. Los campesinos dicen que el gobierno garantiza un precio que es demasiado alto, sin darse cuenta que, como los plátanos requieren menos inversión y su temporada de siembra es corta, los campesinos tendrían un exceso de producción.
En una reciente visita a un mercado cerca del aeropuerto de La Habana, esas frustraciones, esperanzas y temores estaban a la vista. De la parte trasera de camiones tan viejos como los campesinos retirados y quemados por el sol con botas de goma negras, se lanzaban cebollas, lechuga y otras mercancías a colegas que las pesaban para venderlas, mientras se acercaban los compradores. Cada uno de los camiones que llegaba era rodeado de inmediato, generalmente por jóvenes que gritaban y daban codazos para obtener acceso.
Era una señal de que la demanda aún supera al suministro, y en el medio del apuro por comprarlo todo, no todos parecían seguros de que los mercados libres eran el lugar a donde ir. Cautelosos inspectores del gobierno observaban las ventas que se llevaban a cabo antes del tiempo oficial de inicio a las 6 p.m. José Ramón Murgado, de 40 años, un miembro del sindicato de campesinos, dijo que el gobierno ha introducido demasiado caos en el sistema.
El capitalismo significa precios mayores, comentó Murgado. Ese es el problema.
Pero los mayores precios también llevan a la adaptación y eficiencia. Algunos campesinos del oriente de Cuba dicen que ellos guardan cargamentos de cebollas, un ingrediente principal en el sofrito, algo básico en la cocina cubana, hasta después de la temporada de cosecha, porque pueden ganar más por libra. Otros campesinos que observaban cerca parecían dispuestos a seguir su consejo.
Para Castro y su gobierno, el éxito o fracaso de las reformas con la agricultura y otras partes de la economía podrían deberse a estos innovadores que inspiran a otros a una mayor productividad personas como Toledo, el dueño de tres pequeñas tiendas que lo suministran con productos del mercado.
El pasó una década manejando camiones en la Florida y España, y con confianza, unas cuantas libras extra y algún dinero ahorrado, regresó hace un año para aprovechar las nuevas oportunidades en Cuba.
El tiene ahora su propio camión, junto con seis empleados que recorren el mercado en busca de negocios. La agricultura le ha dado un impulso, así como a otros que han aprovechado la oportunidad en la agricultura privada. Pero la pregunta que muchos se hacen en Cuba es: ¿hasta dónde los dejará crecer el gobierno socialista de Castro?





























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