Un año en Miami es como cien años en Macondo, la mítica capital del realismo mágico en el país de García Márquez. El 2012 no fue una excepción.
El año se inició con el macabro hallazgo en el aeropuerto internacional de Miami de dos fetos perfectamente preservados en un pomo de formol envuelto en ropa interior que traían de Cuba dos señoras de avanzada edad. Las damas juraron a la policía que desconocían el origen del pomo y, por supuesto, ellas no lo habían metido en su equipaje.
No tardó mucho en ocurrir otro episodio más espeluznante: en mayo, en pleno puente McArthur, un hombre desnudo y aparentemente enloquecido se comió la mitad de la cara de un desamparado antes de ser abatido a tiros por la policía. La prensa lo llamo “el caníbal de Miami” y dio la vuelta al mundo, poniendo de manifiesto lo difícil que es ser un desamparado en esta ciudad en la cualquier cosa puede y suele ocurrir. Además, se insistió en un principio en que el caníbal estaba bajo el efecto de las drogas pero los exámenes toxicológicos lo desmintieron. Hasta el día de hoy se ignora qué causó la endiablada reacción del caníbal, lo único que podemos decir a ciencia cierta es que entre nosotros viven algunos que no dudarían en comernos vivos.
Pero, ¿qué mejor guión para la próxima película de Quentin Tarantino que la historia de la fallida campaña de reelección de uno de nuestros líderes locales, el republicano David Rivera? La trama tiene misterio, intriga, suspenso, e incluye la dramática desaparición de una rubia de armas tomar con nombre de actriz italiana: Ana Alliegro que desapareció de la faz de Miami momentos después de que las autoridades federales le informaran de que iba a tomarla una declaración jurada. Ana Alliegro continúa desaparecida.
Otra rubia que dio la nota fue Paulina Rubio. La cantante mexicana tuvo un yeyo en la Pequeña Habana a mediados de junio y acabó arrestada por la policía de Miami luego de chocar su lujoso BMW contra otro coche e insultar a los agentes que acudieron a la escena.
Pero no todos los famosos polémicos acabaron mal, algunos tuvieron más suerte. El rapero Chris Brown le arrebató de un zarpazo el celular a una jovencita que intentaba fotografiarlo cuando salía de un club en Miami Beach. Luego de una larga y costosa investigación, que siguió los pasos del violento patán de una costa a la otra, Brown no fue acusado ni arrestado.
Desde luego que el de Brown no fue el robo del año. Peor fue el perpetrado por el gobernador Rick Scott y los talibanes de Tallahassee que intentaron secuestrar las elecciones presidenciales y suprimir el voto de miles de ciudadanos de Florida. Al final, la banda de Scott logró que el voto de los floridanos no sirviera para nada en la contienda presidencial.
Parte de la banda fueron —y debería emplear el presente porque el problema pica y se extiende— los boleteros locales, que dieron el toque folclórico y delincuencial a la elección. Un gran jurado reunido por la fiscalía estatal a raíz del escándalo acaba de detallar el desparpajo con el que se manipulan miles de boletas ausentes en nuestras elecciones locales. Desgraciadamente, puedo vaticinar, aunque me encantaría equivocarme, que como siempre los más infelices serán procesados y a los políticos que se benefician del fraude organizado no les ocurrirá nada.
Como tampoco le ocurrirá nada a Jeffrey Loria, el bandido del año, que logró despojarnos de más de $500 millones para construir un estadio para ricos en una ciudad de pobres donde ahora juega un equipo de pelota de medio pelo.
En fin, el consuelo que me queda es tener la certeza de que el 2012 podía haber sido mucho peor y desearles que en el 2013 nuestro Macondo conozca mejores tiempos. Por eso quiero decirles que no pierdo la esperanza y les deseo a todos un feliz año nuevo.

























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