Como “una gran promesa del cine”, fue presentado por primera vez en el Festival Internacional de Cine de San Francisco el cineasta cubano Orlando Rojas, el mismo que ha contribuido a transformar el histórico Teatro Tower de la Calle Ocho en un verdadero cine de arte y ensayo, recientemente considerado como una de las 10 mejores salas de cine en Estados Unidos.
Treinta años atrás, joven y lleno de ansias creativas el orgulloso mánager y programador del Tower llegaba al icónico Castro Theater de San Francisco con su primera película de largometraje, el documental sobre Harry Belafonte A veces miro mi vida. Dos décadas después, Rojas regresaría al Festival de San Francisco con la última película que realizó en Cuba, Las noches de Constantinopla (2002), y en aquel mismo teatro sería presentado como “el veterano timonel del cine cubano”.
“Pasaron 20 años y me convertí de joven talento en veterano timonel”, cuenta Rojas en entrevista con El Nuevo Herald. “Veinte años que marcan una trayectoria azarosa, larga en tiempo y quizás más corta de lo que yo hubiera querido en obras, pero esa es la historia del cine cubano”.
Rojas triunfa rápidamente en las pantallas locales con su segunda película, Una novia para David, de 1985. “Creo que fue una película tocada por la vara mágica de la gracia”, rememora el director cubano sobre este filme que cuenta una muy particular historia de amor juvenil, “y que fundamentalmente se debe a ese grupo de 14 muchachos (actores) que venían de las escuelas de arte, María Isabel Díaz, Jorge Álvarez, Francisco Gattorno, (entre otros nombres) que luego han dado mucho que hablar. Pero también por la historia en particular, que viene de dos cuentos de Senel Paz [coguionista junto a Rojas]”. La película era muy limpia de sentimientos , muy ingenua, y creo que era muy valerosa en lo que decía. Fue un gran éxito también de crítica y me abrió las puertas a la ficción”.
Rojas tuvo que esperar, sin embargo, cuatro años para volver a mostrar su talento en la que ha sido tal vez su obra más notable, Papeles secundarios, que fue escogida la mejor película de la década de los 1980 del cine cubano. “Controversial, innovadora, influida por una estética a lo Blade Runner” fue una película “atormentada en mi relación con el ICAIC (Instituto de Arte e Industria Cinematográficos)” cuyo guión, junto al poeta Osvaldo Sánchez, sólo pudo realizarse gracias al apoyo de dos puntales del cine cubano, Tomás Gutiérrez Alea y Humberto Solás, “mis dos maestros con los cuales trabajé y a los que admiré grandemente”, señala el cineasta.
“Tu próxima película tiene que tener el corazón de Una novia… y el cerebro de Papeles…”, le había dicho Solás y, siguiendo estas premisas, Rojas, junto al guionista Manuel Rodríguez, emprende la escritura de Cerrado por reforma, un filme que sería esta vez completamente vetado por la censura cubana, con la excusa de que el proyecto no estaba listo técnicamente. Había ganado el premio al mejor guión inédito en el Festival Internacional de Cine de La Habana, pero por primera vez en la historia de ese festival el guión ganador no se filmó. Rojas, quien considera que había una connotación política detrás de esa censura, cuenta que “era la historia de dos mujeres muy distintas en la Cuba del “periodo especial” (años 1990), que se hacen amigas casualmente, y ambas viven en mundos ficticios”.



























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