Ana Fuentes nada de cuentos chinos

 

Especial/El Nuevo Herald

Vivir cuatro años en China es una experiencia difícil de olvidar. No hace falta ser periodista como Ana Fuentes para que los recuerdos queden adheridos a la memoria. Pero Ana es cronista y de las buenas, de aquellas que saben unir oficio con curiosidad y una sutil erudición que no ahoga, más bien, ayuda a entender mejor desde diferentes aspectos el motivo del trabajo. Cuando los chinos hablan no es cualquier libro de investigación. A partir de 10 historias que la periodista española supo elegir de un centenar que conoció de primera mano, ese misterio con demasiados lugares comunes que suele rodear a China –en parte culpa de Occidente– se convierte en información actual, la expresión de su tiempo donde lógicamente las ideas le ganan a la rigidez del mito.

Las historias de Ana, está claro, “no son cuentos chinos”. En una titulada Secuestrado por su propio gobierno, el abogado y activista Jiang Tianyoung, uno de los contadísimos expertos en derechos civiles de China, es encarcelado por agentes del dudoso Ministerio de Seguridad. Pese a los meses de encierro y a la tortura, Jiang, que ahora es un disidente y tiene el teléfono pinchado y a menudo lo siguen por la calle, continúa arriesgando su vida por lo que cree justo, y en suelo chino. “Si nos fuéramos a Estados Unidos sé que mi hija podría destacar en los estudios, no como aquí, donde yo soy una mancha en su historia”, comenta. “Sí, ya sé que América y Europa son muy bonitas. Pero es que China podría serlo también”.

Otra de las historias de Cuando los chinos hablan es un viaje caótico en taxi por la ciudad de Pekín. El responsable de guiar al lector es Zhang Xiaodong. Cuando empezó a manejar, hace más de 20 años, no tenía que preocuparse por esquivar autos de lujo y mucho menos oír ese sonido poco amigable que es siempre una bocina. En el siglo XXI el tráfico de Pekín está al nivel del de México DF o de San Paulo. Hay más historias, cada una de ellas diferentes relatos de vida, pero unidas por ese país que día a día se acerca un poco más a Occidente.

¿De los lugares comunes que todavía hoy rodean a la sociedad china, cuál de ellos le asombró comprobar que no eran ciertos?

Bastantes. No es cierto que todos coman perro, como me preguntaban en muchas tertulias de radio; de hecho en las grandes ciudades está muy de moda comprarse un can como mascota. Le doy otro ejemplo más serio: es cierto que el grueso de la población es muy trabajadora, estoica, sacrificada. Son los emigrantes campesinos que se marchan a las ciudades, los verdaderos artífices del despegue económico de China de los últimos 30 años. Sin embargo, en las ciudades hay al mismo tiempo un absentismo laboral muy alto: trabajadores de oficina que faltan sin motivo o gente muy improductiva y desmotivada que no hace nada extra, solo se ciñe a lo estipulado en su contrato, sin cuestionarse nada out of the box, sin aportar valor añadido. No les enseñan a hacerlo porque desde pequeños la escuela fomenta la memorización y la obediencia, jamás el ser creativo o brillar con luz propia. En el capítulo Los que se lanzan al mar hablo de una empresaria que está obteniendo una fortuna por introducir técnicas de liderazgo y coaching en China. Explico lo desesperada que está al ver que la mentalidad confuciana mina la iniciativa de sus empleados.

Leyendo el libro llama la atención que China en su bonanza económica quiera parecerse más a los Estados Unidos que a la propia China.

Imagino que se refiere a que con la apertura económica, a partir de 1978, se desmontaron muchas estructuras del sistema propiamente comunista. Un ejemplo claro es el el acceso universal a la sanidad. En los años 1980, los doctores dejaron de estar financiados por el Estado y pasaron a ser de pago, con lo que millones de personas quedaron sin cobertura. Ahora, aunque se está intentando implantar una cobertura mínima para el 90 por ciento de la población en el 2020, los progresos van muy despacio y pagarse el médico sigue siendo la mayor preocupación de las familias. Saben que una enfermedad grave los lleva a la ruina. Lo cuento en mi libro a través del taxista Zhang, que precisamente se queja de que China no es un verdadero país socialista porque ni la educación ni la sanidad son gratuitas.

A la vez, ¿qué cosas podría Estados Unidos aprender de la sociedad china?

Una cosa es la sociedad china y otra, el gobierno chino. Si se refiere a qué puede aprender Washington de la forma de obrar de Pekín, a la alta política, muchos analistas destacan que el gobierno chino está invirtiendo mucho en educación, por ejemplo, o que mientras Occidente está en crisis Pekín ha logrado seguir creciendo y expandiendo su influencia, que tiene mayor capacidad de movilizar a la población de forma inmediata. Sin embargo, creo que estos últimos argumentos hay que matizarlos mucho. En China recordemos que no existe un sistema de contrapesos en el que el gobierno deba rendir cuentas como en una democracia. Otra cosa es que las democracias occidentales sean imperfectas, pero no podemos ponerlas en el mismo plano que al sistema chino.

Cuando los chinos hablan tiene historias fuertes. ¿Sigue en contacto con los protagonistas?

Con algunos, sí. Con otros, muy a mi pesar, he dejado de hablar por razones de seguridad. En los casos menos polémicos he seguido en contacto porque sintonizamos muy bien personalmente y me interesa seguir su evolución. Lo fascinante de China es que en unos meses una persona puede fácilmente cambiar de trabajo, de ciudad y de estilo de vida. Muchos CEO de empresas empezaron labrando el campo o repartiendo agua, luego pidieron dinero prestado para comprar una máquina, invirtieron sus primeras ganancias en una fábrica y hoy pueden estar dando trabajo a miles de obreros; o puede ser que hayan estudiado por su cuenta y se han convertido en analistas de una consultora internacional. El chino es especialista en reinventarse, no tiene miedo, es tenaz y busca cómo mejorar. En eso son admirables.

Cubrió acontecimientos históricos como los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, las revueltas étnicas en la provincia de Xinjiang enel 2009, el tsunami y la posterior crisis nuclear en Fukushima. Seguramente tiene muchos recuerdos y reflexiones. ¿Puede contarnos algunos de ellos?

Los cuatro años que pasé en China como corresponsal internacional fueron la mejor experiencia personal y profesional que he vivido hasta ahora. Cubrí principalmente China, aunque como usted dice fui enviada especial a Japón tras el tsunami. También hice una serie de documentales entrando en las dos Coreas para analizar cómo era la llegada de los refugiados del Norte al Sur, esa sensación que tienen de meterse en una máquina del tiempo al pasar del país más cerrado del mundo a una de las sociedades más capitalistas y con una competencia feroz. En China, tal y como explico en Cuando los chinos hablan, viajé a Xinjiang a cubrir las peores revueltas étnicas en varias décadas. Vi a jóvenes convertirse en estrellas de rock y a ancianos arrodillados ante los tribunales para pedir justicia porque les habían demolido sus casas. Asistí a los Juegos Olímpicos de Pekín, cargados de polémica y orgullo patriótico. Y a la enorme revolución de Internet. Fue como ir componiendo un puzzle fascinante, lleno de claroscuros.

¿Cuál piensa que puede ser la reacción de un ciudadano chino si lee su investigación?

Es lo que más me interesa: conocer la reacción de los chinos, ya que mi libro es de los pocos en los que no aparece un juicio occidental sobre sus vidas. Este libro pretendía darles voz para que expresaran sus miedos, alegrías y frustraciones. Mi opinión o mis teorías sobre China no me parecían tan relevantes como las de los emigrantes, las de los millonarios nacionalistas, las de los empresarios, las prostitutas, los disidentes, los internautas… La idea era que ellos mismos describieran el entramado complejo que es su país. De hecho, creo que el libro puede interesar a todo tipo de chinos, tanto los que van a contracorriente como los que avanzan mecidos por ella. No hay juicios, sino un testimonio histórico, documental de una era que habrá cambiado antes de que nos demos cuenta.• 

hveraalvarez@yahoo.com

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