Cuando en una tarde dominical del 31 de octubre de 1928 durante un desafío entre los equipos Habana y Cienfuegos en el Almendares Park en la capital cubana se dio a conocer la muerte de José de la Caridad Méndez, el béisbol antillano le decía adiós a uno de los mejores lanzadores de su época, la figura de quien muchos dirigentes de la pelota de Grandes Ligas lamentaron el oscuro color que tenía su piel.
Porque de no haber nacido negro, aquel fenómeno de la lomita reunía todos los atributos para triunfar en las Mayores al mismo nivel de lanzadores como Christy Mathewson y Walter Johnson.
Méndez fue el primer pitcher estelar cubano conocido internacionalmente. Le llamaron “El Diamante Negro’’ y nació el 19 de marzo de 1887, en Cárdenas, Matanzas. Su muerte se produjo en La Habana a los 41 años de edad, enfermo de tuberculosis y en la mayor pobreza.
Primero se dio a conocer como torpedero en un campeonato libre que se jugaba en Sancti Spíritus, y luego fue enviado al club Almendares de la pelota profesional cubana.
Por la fortaleza de su brazo derecho, Méndez fue convertido en lanzador, llegando a ser uno de los grandes de su tiempo.
Méndez eslabonó una cadena de 45 escones consecutivos entre el 15 de noviembre y el 24 de diciembre de 1908, de ellos 25 fueron ante la novena de Cincinnati de Grandes Ligas, a quien dejó en un imparable la primera vez que lo enfrentó.
Cuando Méndez tenía 25 hombres retirados seguidos, el bateador de turno sacó un machucón por segunda que se convirtió en hit, privándole de la hazaña del Juego Perfecto. Fueron los primeros nueve ceros del total de 45, racha que fue rota el 24 de diciembre por el Habana.
Sobre aquella memorable actuación ante los Rojos, el diario habanero El Mundo tituló: ‘‘Primera victoria de una novena cubana sobre otra de Grandes Ligas’’.
Los azules del Almendares detuvieron la racha de victorias de Cincinnati, y al terminar el desafío miles de fanáticos cargaron a Méndez para pasearlo por dentro y fuera del terreno.
El triunfo sobre Cincinnati no fue el único que logró el cubano frente a poderosos equipos de Grandes Ligas.
Estas series entre cubanos y estadounidenses se iniciaron a principio del pasado siglo, y en una de ellas en la década del veinte donde también se lució uno de los grandes bateadores cubanos y latinoamericanos de la historia, Cristóbal Torriente, visitó la isla Babe Ruth, el llamado “Sultán de la Estaca’’, que jugaba con los Yankees de Nueva York, y al concluir su actuación en La Habana, expresó: “Con José Méndez y Cristóbal Torriente en mi equipo, ganamos el campeonato en septiembre y nos vamos a pescar en espera del rival’’.
El piloto del equipo norteamericano, John McGraw, dijo sobre Méndez: “Si pudiera pintarlo de blanco me lo llevaría a mi equipo y sería uno de los mejores lanzadores de Grandes Ligas’’.
En el circuito de las Ligas Negras donde sólo la pelota era blanca, Méndez fue uno de los mejores serpentineros.
Fue autor de un juego perfecto de 10 entradas como miembro de los Cuban Stars en 1909. Su carrera duró desde 1908 hasta 1926.
Por su dominio del idioma inglés y por sus conocimientos beisboleros, Méndez dirigió a uno de los mejores equipos de dicha liga entre 1923 y 1925: Los Monarcas de Kansas City. Como piloto de Los Monarcas, los guió a ganar la Serie Mundial Negra frente al Hilldale.
Por su calidad como lanzador y por la historia que escribió en las Ligas Negras, Méndez fue elegido en el 2006 al Templo de los Inmortales del béisbol de Estados Unidos, en Cooperstown.
Su nombre se encuentra en el mismo lugar donde están sus compatriotas Tany Pérez, Martín Dihigo y Cristóbal Torriente, así como al lado de grandes lanzadores de Estados Unidos como Sandy Koufax, Warren Spahn y Bob Gibson. Y es que cuando se hable de los mejores serpentineros de todos los tiempos, hay que mencionar al matancero José de la Caridad Méndez.




























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