Una de nuestras bromas favoritas giraba en torno a la Academia Americana.
Nos referíamos a una escuela técnica para adultos que ofrece cursos de capacitación en diseño, mecánica, cosmetología y aire acondicionado, en el Bulevar de Sabana Grande, un paseo peatonal con alto valor patrimonial en mi natal Caracas.
Cuando Nohemí Alarcón se codeaba con presidentes de naciones latinoamericanas o recibía un reconocimiento por su incansable servicio comunitario o realizaba un excelente reportaje periodístico o asesoraba a organizaciones nacionales, le decía, bromeando, que gracias a sus estudios en la academia, podía cosechar tales logros, aludiendo a sus humildes orígenes en los llanos venezolanos y crianza en la capital.
Solo con mirarnos a los ojos nos moríamos de risa. “¡La Academia!”, ratificaba ella con sarcasmo. “¡La Academia Americana!”.
El pasado 14 de mayo recibí un correo electrónico en el cual Nohemí compartía con sus amigos agradables noticias sobre el progreso académico de su hija Liz Rebecca, quien es su espejo y su más fructífera cosecha. Al culminar el Programa Fullbright –uno de los más prestigiosos del mundo– en Costa Rica, Liz iría a estudiar el postgrado en una de las mejores universidades del globo en Relaciones Internacionales.
“No puedo dejar de pensar en lo gratificante que ha sido verla ya ir tan lejos en la vida”, relató. “Fue tan solo hace unos días que la llevé a clases de fútbol, piano y natación; o cuando no le contestaba sus preguntas a menos que las hiciera en español… entonces tenía alrededor de 3 años… :-)”.
—La verdad que como madre te has lucido, Nohemí. Con todas las tribulaciones emocionales que te ha tocado afrontar criando a la niña prácticamente sola, es casi un milagro.
En el email de mayo, también mencionó sus retos diarios ante tratamientos desconocidos aún en el horizonte para sanar su evolución posterior al cáncer.
“Pero es mediante noticias como ésta, la bendición de un buen empleo y la verdadera amistad, que Dios constantemente me recuerda de las motivaciones infinitas para seguir adelante”, subrayó.
Nohemí siguió adelante contra viento y marea. Con sobrehumano aguante, se sobrepuso a cada hospitalización hasta quedar libre de cáncer. Pero complicaciones de procedimientos quirúrgicos, sumadas a otras condiciones de salud, abrieron la puerta para que un ángel viniera a recogerla para llevarla de la mano por el esplendoroso camino a la eternidad. Tenía apenas 46 años.
En ese tiempo vivió a plenitud, disfrutando cada momento con fe en Dios y amor al prójimo. Dejó tras de sí una estela de legados, como madre, hija, hermana y profesional. Sus colegas en El Nuevo Herald la admiramos por su entrega y compromiso con la verdad y la justicia; los televidentes que cada noche la vieron narrar las noticias no olvidan la dulzura que irradió en sus apariciones.
Para los privilegiados –y créanme que sumamos muchos– que compartimos risa y llanto con ella, el legado que nos deja es, por sobre todo, el de una extraordinaria amiga. Leal; discreta; abierta; incondicional; confiable; tolerante; graciosa; solidaria; compasiva, por nombrar algunas de sus virtudes.
—Chama, no sabes cuántos amigos te queremos de verdad.
Para nosotros, su partida deja un vacío irremplazable. Pero no por eso dejamos de sentir su presencia. Su madre, Dora, nos pide que no la olvidemos.
La conocí el primer día que puse pie en la redacción del Herald, en verano de 1998. Desde entonces, ha caminado junto a mí sin abandonarme y, en épocas sombrías, ha visto el dolor de mis ojos sin dejarse llevar por mi sonrisa. Quisiera pensar que yo, también, he estado presente para dar soporte al fardo pesado de sus dificultades, aunque desde que se enfermó se distanció un poco, mas nunca perdimos contacto telefónico.
Entre un tesoro de anécdotas, recuerdo que era invitado fijo a su cena de Nochebuena; cocinaba especialmente salmón y lasaña vegetariana para mí.
—Danielito es el único judío ortodoxo que celebra la Navidad—acostumbraba decir a los invitados, bromeando, pues no soy ortodoxo. Tras la campanada de la medianoche, no me dejaba salir de su hogar sin un regalo en las manos.
Apenas leí el correo sobre Liz , respondí “WOW! Increíble tu hija, una genio!”, y le recordé, por supuesto, enviar la noticia a la administración de la Academia Americana para que viera “el impacto generacional de su educación”.
No es coincidencia que el lema de la academia es “Siempre la Mejor”, porque no hay otra manera de describir a Nohemí Alarcón.
—Ahora, estás dejando muy en alto el nombre de la academia en las alturas celestiales ¿Verdad, Nohemí?




























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