Contras nicaragüenses pudieron ser causa de tensión entre Washington y Londres en Guerra de las Malvinas

 

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Poco después de que fuerzas militares argentinas invadieran las Malvinas el 2 de abril de1982, el entonces secretario norteamericano de Estado, Alexander Haig, se ofreció a resolver el conflicto pacíficamente. Pero la oferta de Haig no fue bien recibida por el gobierno británico, que controla las islas.

La primera ministra Margaret Thatcher afirmó a sus asesores que la oferta de Haig se aceptaría sólo si éste actuaba como aliado, no como mediador neutral.

“La primera ministra, resumiendo la situación, dijo que el secretario de Estado de Estados Unidos, el señor. Haig, deseaba visitar Londres”, según un resumen de una reunión secreta de gabinete del 7 de abril de 1982, en la cual Thatcher y sus asesores analizaban la evolución de la crisis. “Hay que explicarle ... que no puede venir como potencial mediador sino como amigo y aliado del Reino Unido”.

Otros resúmenes de discusiones subsecuentes describen diferentes propuestas de Haig como “decepcionantes” o “no satisfactorias”.

La fricción tras bambalinas entre Londres y Washington apenas cinco días después de la invasión argentina es uno de los aspectos más destacados en cientos de documentos secretos sobre la guerra del Atlántico Sur que estalló hace 30 años y que los Archivos Nacionales británicos dieron a conocer el 28 de diciembre. Los documentos también muestran cómo Londres manejó el caso de un prisionero de guerra argentino que Francia y Suecia buscaban como presunto represor de la dictadura militar argentina, el teniente de inteligencia naval Alfredo Astiz. En última instancia, Gran Bretaña interrogó a Astiz en nombre de las autoridades francesas y suecas, pero lo devolvió a Argentina al concluir la guerra.

Los documentos no arrojan ninguna luz sobre por qué Thatcher estaba recelosa de Haig, pero entrevistas con ex combatientes contras en Miami proporcionaron una posible explicación.

En aquel momento, dijeron los ex contras, Argentina había acordado en secreto ayudar a Estados Unidos a entrenar a los combatientes nicaragüenses apoyados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en su guerra contra el régimen sandinista apoyado por La Habana y Moscú.

“Era obvio para nosotros que la guerra con Gran Bretaña estaba generando tensión entre los argentinos y estadounidenses que estaban en contacto con nosotros”, indicó Santiago Villegas, conocido como Comandante Atila. “Los argentinos que nos estaban entrenando tenían miedo de que su alianza con Estados Unidos, a través de la CIA, se viera afectada por la guerra de las Malvinas”.

Villegas dijo además que él fue uno de entre 50 y 60 contras nicaragüenses que fueron enviados a una base militar argentina a finales de 1981 o principios de 1982 para recibir entrenamiento en sabotaje y demolición, como parte de la campaña financiada por la CIA. Al mismo tiempo, varios instructores argentinos viajaron a Honduras, donde los contras tenían santuario, para continuar el entrenamiento.

En una entrevista, Villegas recordó que cuando se hizo evidente que Gran Bretaña había derrotado a Argentina, los instructores militares argentinos que entrenaban a los contras se empezaron a distanciar y finalmente retiraron su cooperación luego de la rendición del gobierno de Buenos Aires.

“En ese momento, los estadounidenses dejaron de lado a Argentina y empezaron a lidiar con nosotros más directamente”, afirmó Villegas.

Luis Moreno, conocido como Comandante Mike Lima, también recordó momentos de tensión con los entrenadores argentinos.

“La derrota obligó a Argentina a abandonar el proyecto”, afirmó Moreno, quien vive en Jacksonville.

La relación entre Argentina y los contras se conocía desde antes, pero los documentos británicos recientemente publicados proporcionan una confirmación adicional sobre cómo la Guerra de las Malvinas interrumpió el papel de Buenos Aires en América Central.

Villegas declaró que el ejército argentino se empezó a interesar en Nicaragua cuando los guerrilleros “montoneros” que habían estado luchando en Argentina contra los militares comenzaron a recibir asilo en Managua, después de que los sandinistas derrocaron a Anastasio Somoza.

En 1987, funcionarios estadounidenses en Washington revelaron a The Miami Herald que los acuerdos secretos entre Argentina y Estados Unidos para entrenar a los contras podrían haber jugado un papel en la decisión del gobierno militar de Buenos Aires de invadir las Malvinas.

El general Leopoldo Galtieri, quien gobernaba Argentina en aquel entonces, pensaba que los acuerdos con la CIA eran tan valiosos para el presidente Ronald Reagan que Estados Unidos no se atrevería a oponerse a la invasión, según dijeron los funcionarios estadounidenses en 1987.

Documentos divulgados por la Biblioteca Reagan en Simi Valley, California, el 2 de abril del 2012, para conmemorar el 30 aniversario de la guerra, también mostraron que poco después de la invasión a las Malvinas, Estados Unidos parecía simpatizar más con Buenos Aires que con Londres, y que Haig buscaba un acuerdo que le otorgaría eventualmente a Argentina la soberanía sobre las islas del Atlántico Sur.

Los esfuerzos de Haig colapsaron en última instancia porque Argentina rechazó las ofertas estadounidenses y los militares británicos reconquistaron las Malvinas obligando a los soldados argentinos a rendirse en junio de 1982.

Otro elemento importante en los documentos británicos fue la captura del teniente Astiz, quien fue hecho prisionero cuando las fuerzas británicas desembarcaron en la isla South Georgia, al sudeste de las Malvinas.

Astiz, junto con otros prisioneros argentinos capturados en South Georgia, habían sido trasladados a la Isla Ascensión en espera de ser repatriados a Buenos Aires. Sin embargo, los documentos británicos indican que Londres retrasó el retorno de Astiz después de que Francia y Suecia expresaron interés en interrogarlo.

Durante la llamada “guerra sucia”, Argentina, en la cual fuerzas militares y paramilitares secuestraron y asesinaron a miles de personas en los años 1970 y principios de 1980, Astiz fue acusado de ser responsable de los secuestros y homicidios de la adolescente sueco-argentina Dagmar Hagelin y de dos monjas francesas, Alice Domon y Léonie Duquet.

A principios de junio de 1982, los funcionarios británicos acordaron hacer preguntas a Astiz que habían sido presentadas por las autoridades francesas y suecas. Pero cuando Astiz se negó a responder, Londres inmediatamente lo repatrió.

En octubre pasado, una corte argentina encontró culpable y sentenció a perpetuidad a Astiz por acusaciones de tortura, asesinato y desaparición forzada en conexión con secuestros y homicidios durante la “guerra sucia”. Entre los cargos contra Astiz estaban el de secuestro y asesinato de una de las fundadoras del grupo Madres de Plaza de Mayo, organización creada por familiares de personas desaparecidas durante la dictadura militar, que se manifestaban cada jueves frente a la Casa Rosada, ubicada en Plaza de Mayo, en el centro de Buenos Aires.

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