Béisbol

Por qué dejé mi boleta en blanco para el Salón de la Fama

 
 

Barry Bonds en un partido con los Gigantes el 31 de julio del 2007. 
 El nombre del jardinero figura por primera vez en la lista de candidatos al Salón de la Fama de Cooperstown
Barry Bonds en un partido con los Gigantes el 31 de julio del 2007. El nombre del jardinero figura por primera vez en la lista de candidatos al Salón de la Fama de Cooperstown
Kevork Djansezian / AP

jebro@elnuevoherald.com

Durante 10 años esperé este momento como algo importante en mi vida. Durante 10 temporadas soñé con el instante en que recibiría el sobre marrón con los nombres de los peloteros elegibles al Salón de la Fama del Béisbol. Después de todo, sería como poner un granito de arena en las nuevas placas, ser parte de la historia de Cooperstown y de lo mejor y más grandioso que ha dado este soberbio deporte. La inmortalidad no es cosa de tomar a la ligera.

Pero el momento llegó y pasó, para mí, como una hora sombría. He dejado mi boleta en blanco, lo que no quiere decir que me sume a ese coro de colegas que ha cerrado la puerta para siempre envueltos en la bandera de la pureza, sino que en esta ocasión paso de largo. Tal vez uno o dos nuevos miembros sean nombrados –¿Craig Biggio? ¿Jeff Bagwell?- este miércoles y julio sea una fiesta de exaltación y recuerdos. Por mi parte, prefiero tomar un tiempo más antes de seguir un camino, justo y ético, en este lodazal creado por las Grandes Ligas.

Las Mayores, y en menor peso, las autoridades del Salón, quieren que los periodistas del Baseball Writers of America (BBWAA) solucionen lo que ellos no han podido o querido solucionar, eligiendo entre toda una generación de peloteros que pasará a la historia como una de las mejores de todos los tiempos e igualmente la más manchada por su vínculo con los esteroides. Las autoridades utilizan la táctica del avestruz y esperan que los cronistas legislen por ellos.

El Comisionado Bud Selig ha instrumentado toda una política para cazar mentirosos de la química y los suplementos, ahora, pero no se ha pronunciado sobre cómo proceder y calibrar lo sucedido en la época de apogeo de sustancias que, si bien ayudaban a potenciar rendimientos y alargar carreras, tampoco estaban prohibidas en las áreas del juego. Sí lo eran para el gobierno federal, porque muchas de estas pastillas y cremas no se compraban así como así en cualquier farmacia.

A pesar de las toneladas de escritos y comentarios, existe una gran confusión y en parte desconocimiento del alcance y efecto de los esteroides. Por supuesto que Barry Bonds no pegó sus jonrones por obra y gracia de una píldora –no he visto en mi vida otro bateador que tuviera mejor zona de strike-, ni Roger Clemens ganó esos siete Cy Youngs con la ayuda de una inyección. Ambos, sin embargo, al parecer se beneficiaron de extensiones en sus carreras que les permitieron amasar números opulentos.

Cada uno de los que usó esteroides tenía un motivo: Bonds por la envidia de ver a Mark McGwire y Sammy Sosa en esa espectacular persecución del récord de Roger Maris, Alex Rodríguez y Andy Pettitte para salir de lesiones amenazadoras. Lo hicieron por vanidad, por miedo, por ir tras el aroma de la grandeza y tener una opción más clara a la hora de que los votantes decidieron llenar las casillas en la boleta. Esta decisión es la misma que ahora les cierra las puertas vía un grupo reducido de periodistas que se consideran guardianes de la integridad del béisbol.

¿Hasta qué punto los esteroides aumentaron los números? ¿Usó Rafael Palmeiro –ah, ese dedo acusador levantado delante de los congresistas- sustancias prohibidas sólo una vez o fue abusador habitual? ¿Cuántos de los que están ya dentro de Cooperstown utilizaron productos de laboratorio y nunca fueron descubiertos, porque no existían pruebas? ¿Por qué Biggio sí y Bonds no, si los dos formaron parte de la misma generación?

Nada ni nadie tiene un concepto claro sobre muchas de estas interrogantes. En principio me inclino a no ser tan inflexible con estos estelares. Bonds, con sus números en Pittsburgh y antes de entregarse a la orgía de esteroides descrita con lujo de detalles en el libro “Juego de Sombras’’ ya tenía tres premios de Jugador Más Valioso y números de Salón de la Fama. Entiendo, en parte, a los críticos acérrimos de quienes fueron más allá de sus condiciones naturales y asaltaron farmacias y laboratorios con el objetivo de subir un escalón en trayectorias que ya eran de mérito.

Ni condeno ni apruebo. Me parece, en estos momentos, poco serio emitir un voto sobre algo tan importante y acerca de un período que parece el Salvaje Oeste, sin policías ni leyes, y me reservo para una nueva oportunidad, cuando el polvo de la confusión se aclare un poco más y exista un consenso que permita observar con sentido común y sin estridencias a este grupo de peloteros que hoy unos alaban y otros desprecian como bandazos de marea.

Repito. La inmortalidad no es cosa de juego.

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