No sé si son sus cinco años, sus ojos almendrados, su carita delicada y perfecta, su larga y rizada melena color azabache, su precioso vestido de vuelos o sus zapatos mágicos en los que destellan lucecitas multicolores, pero no tengo ninguna duda de que Emily Herrera es una princesa salida de un cuento de hadas y ahora está muy triste.
Emily no puede dormir y no quiere ir al colegio porque le hace mucha falta Bryan, su querido hermano mayor. Y Bryan era en verdad un hermano ideal: alto, guapo, cariñoso y estudioso. Cuando Emily, aun una bebé, se sometió a cirugía robótica para salvarle un riñón, Bryan se metió en internet y averiguó todos los pormenores del nuevo procedimiento quirúrgico. Bryan, miamense de nacimiento y de padres venezolanos, tenía 16 años cuando murió asesinado hace unos pocos días.
Le robaron la vida cuando era feliz. Bryan acababa de enamorarse de su primera novia, Mia. Bryan vivía entre los besos furtivos de Mia y las arepas de carne que le preparaba su padre William. Bryan tenía su propio dormitorio, con un televisor gigantesco, y era fanático de los juegos electrónicos.
Su padre William, estricto, atento y precavido, le protegía de todo mal pero no pudo evitar que en segundos la violencia se llevara a su hijo dos días antes de la Navidad.
En la primera mañana de sus vacaciones escolares Bryan pedaleaba su vieja bicicleta rumbo a la casa de un amigo cuando una bala cruel y certera le arrebató esa vida feliz y ese sueño de convertirse en ingeniero robótico.
Desde entonces, todo han sido preguntas sin respuesta porque la policía no sabe quién mató a Bryan, una más de las muchas víctimas anónimas de una violencia ciega que destruye nuestras barriadas más humildes.
Este sábado, estudiantes y maestros de la escuela a la que asistía Bryan planean recorrer las calles del barrio con panfletos ofreciendo una recompensa de mil dólares al que ofrezca información que permita arrestar al asesino. William me dice que le gustaría ofrecer mucho más pero no puede porque es un simple obrero de la construcción.
Escucho a William y creo que todo el dinero del mundo no podría responder a las preguntas que agobian a este padre atribulado que quiere saber qué pasó, por qué acabaron con la vida de su hijo.
Sentado en el sofá de su sala bajo una inmensa bandera americana que cubre la pared, William especula qué pudo haber sucedido. Bryan tenía solo 16 años, era un muchacho ejemplar, un estudiante brillante. ¿Por qué lo mataron? ¿Fue Bryan víctima de un rito de iniciación de las peligrosas pandillas que se han adueñado de nuestros vecindarios? William no tiene respuesta y se pregunta si los pandilleros tienen padres.
William tiene más preguntas: ¿por qué podemos poner un coche en Marte pero el sistema de justicia no puede rehabilitar a estos criminales violentos cuando aun son adolescentes? ¿Por qué la medicina salvó a su hija pero hemos sido incapaces de proteger a su hijo? ¿Por qué tantos mueren víctimas de crímenes sin sentido que nunca son aclarados?
No hay nadie con respuesta para las preguntas de William. Dicen las frías estadísticas que en los últimos años ha descendido el número de homicidios pero no creo que eso consuele a los familiares de las víctimas de la violencia en un Miami donde los grupos criminales parecen ganarle la mano a la ley y el orden.
La gran mayoría de los asesinatos ya ni siquiera salen en el periódico, la víctima tiene que ser un niño ejemplar como Bryan o un muerto en una zona privilegiada para que ocupen espacio en los noticieros. Si te matan en Coral Gables o en Pinecrest hay cierto “revolú”, pero si las balas te alcanzan en Overtown o Miami Gardens sólo los incondicionales, si los tienes, pronuncian tu nombre.
Me abruma William con su dolor y sus preguntas. ¿Dónde están los políticos, los alcaldes, los fiscales, los jefes de policía, los legisladores estatales y los congresistas federales? ¿Por qué la muerte de Bryan permanece sin respuesta? ¿Por qué ninguno de ellos se ha parado en la esquina ensangrentada de la avenida 11 y la calle 19 del NW donde murió Bryan para enfrentarse a los pandilleros y decirles que las calles son nuestras y que estamos dispuestos a retomarlas?
Fuimos capaces de salvar la vida de esa princesa hermosa que es la hermanita de Bryan, pero luego fuimos incapaces de dejarle una calle segura para que montara en bicicleta. Ahora, como mínimo, tenemos la obligación de hacer justicia, de responder a todas las preguntas de William comenzando por poner cara y apellido al asesino que acabó con la inocencia de un niño de 16 años que soñaba con los besos de Mia y un futuro como ingeniero.

























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