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Luise Rainer, la rebelde de Hollywood, cumple 103

 

Especial/El Nuevo Herald

No se puede negar que Luise Rainer nació con buena estrella. Hoy cumple la importante edad de 103 años, que es ya una buena razón, pero además la vida le dio un extraordinario don como actriz, y todos los vientos soplaron a su favor cuando en sus 20 logró lo que hasta entonces ninguna mujer había alcanzado en la historia de los premios de la Academia de las Artes Cinematográficas de Hollywood: ganar en dos años consecutivos sendas estatuillas a la mejor actuación femenina. Por si esto fuera poco, la intérprete nacida en Düsseldorf, Alemania, un día como hoy pero de 1910, no termina de recibir honores de la vida; con una carrera breve pero contundente es hoy la actriz viva más longeva de la época dorada de Hollywood.

De origen judío y criada en Viena, había venido a América huyendo del nazismo. De la mano de un cazatalentos de la Metro Goldwyn Mayer, que la había descubierto en las tablas de Austria donde actuaba junto al famoso director teatral Max Reinhardt, entró por la puerta ancha al mundillo hollywoodiense. Los años 30 fueron prodigiosos para la joven alemana de 26 años que habían bautizado “la lágrima vienesa”, y se caracterizaba por un gran dominio de la técnica actoral. Un Oscar en el biopic musical The Great Ziegfeld (1936), por el pequeño papel de una de las esposas del famoso productor teatral y, concretamente, una lacrimosa escena que ha pasado a la historia del cine (la escena del teléfono) , fue un logro colosal, frente a contendientes más experimentadas como Carole Lombart. Y cuando aún bebía las mieles de su triunfo, el laurel más codiciado del cine había vuelto a ser suyo con su siguiente película, The Good Earth (1937), donde hacía el papel de una campesina china. Asombrosamente, la alemana se le fue por encima a la diva sueca Greta Garbo que ese año era nominada por su memorable rol de Margarita Gautier en La dama de las Camelias.

Pero la joven Luise Rainer, nacionalizada americana, era un espíritu rebelde e independiente. Y décadas después, refiriéndose a su doblete de Oscar, declaró que “nada peor podría haberme ocurrido”. Ajena a trajes lujosos, glamour y vanidades, no era dada a recoger premios, ni siquiera el primero de su carrera, y fue obligada por el poderoso ejecutivo Luis Mayer a comparecer en la ceremonia. Pero luego el propio Mayer no sabría en qué papel podría encajar la estrella sensación que él mismo había ayudado a crear. “El Óscar no es una maldición. La verdadera maldición es que una vez ganado piensan que uno puede hacer de todo”, consideraba Rainer. Habiendo sido la niña mimada de la Academia, esta “actriz exquisita, con luz propia”, como dijo Anais Nin, comenzó a ser mal vista por su inconformidad y voluntad propia. Y ese mundo que en pocos años la había elevado al estrellato, con la misma velocidad la dejó caer.

Luise Reiner se quejaba de lo que los estudios habían hecho con ella, refiriéndose a su rápido ocaso. En realidad, y según sus biógrafos, ella misma se alejó de Hollywood y de papeles insípidos que no le convencían. “Hollywood era un lugar muy extraño”, recuerda la actriz. “Para mí, era como un enorme hotel con una enorme puerta, una de esas puertas giratorias. Un único lugar adonde la gente entraba con la cabeza en alto, y muy pronto salían del otro lado con las cabezas agachadas”.

Entonces se mudó a Inglaterra, donde volvió al teatro de sus comienzos. Su último papel en el cine, después de 54 años sin pisar un plató, fue en The Gambler, 1997, donde interpreta a una anciana que juega a la ruleta. Desde hace medio siglo reside en Londres. Y a los 100 años reunió sus valiosas memorias en un libro, Unfinished Symphony.

A pesar de sus viejos rencores, la actriz más olvidada de Hollywood ha estado presente en varias ceremonias de los Oscar; en 1982 le entregó la estatuilla al español José Luis Garci por su filme Volver a empezar, y fue invitada de honor nuevamente en 1998 y 2003. Al final, ha seguido más atada a los premios de la Academia de lo que esta ilustre centenaria parece reconocer. Sus motivos: “Si no voy, pensarán que estoy muerta”.• 

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