Durante meses, Jason Wood iba en su auto a casa de sus amigos Jorge y María Gough. En cada visita, ellos rezaban. Luego pasaban horas hablando.
Sobre los caminos a menudo dolorosos que llevaron a cada uno de ellos de América Latina a su nuevo hogar de Miami. Sobre sus dos hijos, Jaime y Brenda. Y sobre el día que recibieron la llamada telefónica de funcionarios de la escuela Southwood Middle.
Cada detalle de esa llamada telefónica ha quedado grabado en sus mentes: un compañero de clase, dijo la policía, había matado a puñaladas a Jaime, de 14 años, en un baño de la escuela.
Tres meses de esas sesiones pasadas contando historias culminaron recientemente en un libro de memorias, From Fighting to Forgiving, Learning to Let Go (De luchar a perdonar: aprendiendo a dejar ir las cosas), escrito por Wood a través de los ojos de los Gough, sobre su lucha para lidiar con la chocante muerte de su hijo.
Me di cuenta de que, al aferrarme a mi cólera, mi odio y mi dolor, estaba perdiéndome a mí mismo. Yo quería venganza, recuerda Jorge en el libro. Al principio, la rabia me consumía. Empezó a dominar mi vida y dar forma a mis pensamientos, sentimientos y acciones. Llegó el momento en que la vida empezó a tener el único propósito de odiar a otra persona. Había que hacer un cambio.
La policía dijo que Michael Hernández atrajo a su amigo y condiscípulo ambos muchachos tenían 14 años en ese momento al baño de Southwood Middle en Palmetto Bay en febrero del 2004. Allí, mientras Jaime luchaba desesperadamente por defenderse, Hernández lo acuchilló más de 40 veces.
La fiscalía dijo que Hernández planeó meticulosamente el asesinato, y el abogado defensor alegó que el adolescente estaba enfermo mentalmente y demente desde el punto de vista legal en ese momento. El jurado de Orlando, donde se celebró el juicio debido a la omnipresente publicidad dada al caso en Miami, rechazó el argumento de la defensa.
En septiembre del 2008, Hernández fue hallado culpable de asesinato de primer grado. Tras una emotiva audiencia, un juez de Miami-Dade sentenció al adolescente a una condena automática a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Pero el calvario de los Gough no ha terminado. El Tribunal Supremo de EEUU prohibió el año pasado las condenas automáticas a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional para menores convictos de asesinato.
Eso significa que Jorge y María Gough probablemente tendrán que enfrentar de nuevo a Hernández, aunque el juez podría decidir condenarlo de nuevo a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Creo que estamos preparados, con la ayuda de Dios, para atravesar de nuevo esos momentos duros, dijo María Gough en una entrevista reciente. Nosotros hemos perdonado a Michael.
Con el asesino de Jaime tras las rejas, los Gough tuvieron de todos modos que enfrentarse a su dolor.
Jorge Gough trabajaba en una marina en Grove Isle, en Coconut Grove. Con él trabajaba Wood, de 42 años, autor independiente que escribió una serie de libros autopublicados sobre su vida como hijo adoptivo.






























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