Lance Armstrong ha provocado esta semana una decepción mayor que la de esos picos nevados que solía dominar con su bicicleta en los Tours de France. No creo que nada ni nadie en cualquier deporte y época pueda superar el bajón anímico que generó su aceptación del uso de sustancias prohibidas para ganar esos siete títulos, los millones de dólares y, sobre todo, la admiración del mundo entero.
Porque con Armstrong, al menos a mí en lo particular, ha sucedido algo muy distinto que con atletas de otros deportes, como el béisbol o la NFL, por ejemplo, donde de tanto repetirse la violación de la ley, de tanto negarse lo evidente, uno acaba perdiendo el respeto y la capacidad de asombro, y la noticia de que cayó este o aquel “nombre’’ no levanta esa sensación de haber traicionado la confianza en algo aparentemente puro.
¿Armstrong? No, que va. No puede ser que el hombre que superó al cáncer, el sobreviviente del infierno, pueda defraudarnos de esta manera. En esta época de ídolos caídos nada no es ajeno, pero cuando se hablaba del rey del ciclismo había esa resistencia a abandonarse a la tentación de la crítica. Después de todo, ¿no había superado decenas de pruebas? Yo mismo llegué a creer que existía una cacería de brujas en torno al que muchos consideraban el mejor deportista de su generación.
Qué equivocado estaba. Poco a poco va saliendo a luz la historia tenebrosa de un hombre que no sólo usó el dopaje en una escala nunca antes vista –siempre con un pie delante de los laboratorios- , sino de un verdadero gangster que abría y cerraba puertas a sus compañeros de equipo en base a la sumisión obligatoria, la intimidación más asquerosa y el peso de una reputación labrada encima de la mentira.
Ahora se sabe de las transfusiones de sangre –con alta concentración de glóbulos rojos- a altas horas de la noche, del uso de sustancias nacidas de una tecnología de vanguardia y, de cierto modo, la desidia de la Unión Ciclística Internacional (UCI). Para tejer su red de engaño, Armstrong tuvo que manchar a aquellos que lo rodeaban, los que estaban dispuestos a ser parte de la conjura de forma gustosa y los que sucumbieron a las amenazas so pena de perder su carrera. A fin de cuentas, Armstrong era el ciclismo.
Muy cerca estuvo de salirse con la suya. Unicamente el esfuerzo y aguante del presidente de la USADA, Travis Tygart, lo obligó a admitir su falta. Esta especie de súper juez del dopaje continuó buscando respuestas cuando otros bajaron los brazos y cerraron los ojos. La mano larga de Armstrong llegó a tocarlo, incluso, con un intento de soborno, pero él no flaqueó. Todavía queda gente honesta por ahí.
Y ahora Armstrong se ha montado en otra bicicleta publicitaria iniciando una carrera hacia la meta del control de daños, pero lo hace por una ruta escabrosa. En vez de sentarse delante de los organismos rectores del deporte y hacer una confesión completa y profunda, lo hace delante de Oprah Winfrey –ya escucharemos lo que dice este jueves- para esbozar una especie de relato en el cual, de acuerdo con la propia periodista y empresaria, aunque reconoce el uso de sustancias prohibidas, “no se reveló de la manera limpia que esperaba’’.
Rodeado de un ejército de abogados, Armstrong debe haber preparado milímetro a milímetro su declaración. El sabe muy bien que unas palabras apartadas del camino de lo políticamente correcto le pueden acarrear años de cárcel y un cúmulo de demandas para extraerle hasta el último centavo de los millones –solamente con el US Postal recibió $30 millones- ganados en los años en que la maquinaria del dopaje funcionaba a plenitud.
Más allá de las escaramuzas legales y las sanciones monetarias y deportivas que puedan venir en el futuro, nada podrá borrar esa sensación de pérdida, de ingenuidad traicionada en todos los que creyeron contra viento y marea en él. Quien leyó su biografía “Is Not About the Bike’’ finalizaba el libro con la imagen de un luchador incansable, de un ejemplo perenne. Otra mentira más. La caída de una Marion Jones, de un Ben Johnson, y si usted lo quiera creer o no de un Barry Bonds, no son comparables, absolutamente para nada, a la de un Lance Armstrong.




























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