El ser humano es sádico por antonomasia. Si asiste a la “Fiesta brava” no va al ruedo para ver la buena faena del novillero, ni el elegante capoteo del diestro torero, ¡no! En lo más interno de su ser lo que persigue es ser testigo del inolvidable espectáculo que representa una cogida.
Quizá parezca cruel lo que les presento; pero veamos: En el Base-Ball el espectáculo no es el ponche que propina el experimentado lanzador quien llena estadios, sino el batazo de cuatro esquinas, el jonrón que deja a un equipo al campo, luego de una enorme tarea en pos del triunfo.
De igual forma ocurre en el boxeo. Son pocos los que buscan el depurado trabajo del gladiador estilista, que recorre el cuadrilátero marcando puntos mientras propina uno tras otro jab y algún que otro gancho al hígado, escapando de su oponente, quien le persigue mientras pretende derribarlo de un golpe demoledor. La mayoría quiere ver el knock out, el cuerpo derribado, el combatiente aniquilado por su rival. Todo lo demás que se diga al respecto, es puro cuento.
También a aquellos que escribimos con el fin de llevar un mensaje o una orientación a los demás nos ocurre algo parecido. Se pueden escribir cientos de columnas y de artículos o se puede realizar un excelente reportaje, basado en la más profunda investigación, que serán pocas las voces que se alzarán dispuestas a la alabanza; pero de cometerse un error o una ligera imprecisión en el trabajo, la lapidación será inevitable.
Cuando se escribe acerca de una industria, con una dinámica tan errática y alucinante, como lo es la industria inmobiliaria norteamericana, hay que dar lo mejor de uno mismo y esperar que pocos reconozcan que es correcto lo que se expresa.
Toda opinión, sea de la índole que esta sea, conlleva una gran responsabilidad; tanto para quien la escucha, así más para quien la emite, pues las opiniones acarrean consigo la capacidad y el poder para producir cambios.
Este 2013 se cumplen quince años de publicación ininterrumpida, en las páginas de El Nuevo Herald, de esta columna sabatina titulada “Bienes raíces”. Durante este lapso de tiempo he estado inmerso en todo tipo de mercado, comentando, advirtiendo, aconsejando, respondiendo a lectores que me escriben, me contactan personalmente o hacen sonar el timbre de mi teléfono y, hasta el presente, con la gracia de Dios, no tengo nada que lamentar. Los que se guiaron por mis consejos no fallaron, todo lo contrario.
Hoy quiero patentizar mi agradecimiento a la dirección del periódico y a mis colegas de la sala de redacción de El Nuevo Herald, por el apoyo y la oportunidad brindada. A Adria, mi esposa, por regalarme el espacio de tiempo. A los abogados Dr. Raúl F. Pino y Dr. Sergio Guzmán, por sus comentarios; y a todos esos lectores que han mantenido mi interés vivo, estimulándome a escribir esta columna durante estos largos quince años.
J. A. “Tony” Ruano es autor del libro “Bienes raíces. Manual práctico de compra, venta y administración’’. tony@ruanobrokers.com


























Mi Yahoo