‘Amour’

‘Amour’: un analgésico contra el dolor

 

Especial/El Nuevo Herald

Un drama existencial, y tan real como el final de una vida, es la última entrega del austríaco Michael Haneke, cineasta de las emociones fuertes. Su cinta Amour (2012), ha arrasado con un buen número de premios: Palma de Oro en Cannes, triunfadora del Festival de Cine Europeo, premio a la mejor película extranjera en los Golden Globes, y es una de las grandes favoritas de los premios de la Academia, con cinco nominaciones.

La historia de Amour es a la vez sencilla y profunda. Sus protagonistas, Anne y Georges, un matrimonio de cultos octogenarios profesionales del mundo de la música, viven en París una vida tranquila. Hasta que Anne sufre una parálisis degenerativa de la mitad de su cuerpo, y ambos ancianos deben batallar con esta terrible enfermedad. El filme avanza hacia un final trágico y predecible, como la muerte que desde la primera escena se anuncia. Un súbito giro dramático, tan impactante que nos dejará mudos, pondrá fin al dolor e impondrá el desenlace.

¿Qué quiere trasmitirnos Haneke con esta historia de vejez, enfermedad y muerte? Tal como es costumbre, este cineasta prefiere no explicar sus filmes. “Mi película quiere empujar a los espectadores a que busquen sus propias interpretaciones”, ha expresado, “el arte no funciona con respuestas fáciles”.

El director, nacido en Munich (1942), es experto en sacudir las fibras más sensibles del espectador. Lo ha hecho siempre con sus filmes duros y difíciles de asimilar. The Piano Teacher (2001), con su actriz fetiche Isabelle Huppert, es un inquietante retrato de los retorcidos entresijos de la sexualidad femenina; Funny games (2007), es todavía más perturbador, frío y violento como la tortura psicológica que sufren sus personajes. Pero Amour es como un suspiro hondo que pareciera habérsele escapado a este creador de 70 años. Con tal desgarradora historia, inspirada en sus propias experiencias de personas cercanas a él y motivado por la interrogante de cómo lidiar con la vejez y la pérdida de un ser querido, no es más compasivo con el espectador, pero es capaz de mostrar belleza incluso en el dolor que expone, para lo que nos da también un analgésico: el amor.

La legendaria actriz francesa Emmanuelle Riva (Hiroshima mon amour), nominada al Oscar por su actuación, parece posesionarse del personaje de Anne, al que le imprime un realismo abrumador. Jean- Louis Trintignant le da vida a Georges, y es soberbio tal como lo predijo Haneke, al sacar al famoso francés de su retiro de 14 años, para asumir el papel que ningún otro actor podía hacer.

Mientras la hija del matrimonio (Isabelle Huppert), vive en Londres, viene y va, los ancianos se recluyen en las cuatro paredes de su apartamento parisino, y todo lo que piden es privacidad para encarar este mal devastador que sólo puede mitigar el amor que sienten entre sí. Pero aún en sus más fuertes momentos dramáticos, se mantienen lejos de la sensiblería y la lástima, y no intentan inducirnos lágrimas. Así como no lloran ellos.

Amour es un filme intimista. Habla de una enfermedad, pero no necesita un solo médico u hospital para mostrarla. No hay efectos o fondo musical, como no sean los temas clásicos tocados al piano. La cámara no quiere importunar y apenas se presiente en esta especie de refugio final de los ancianos, por cuyas piezas se mueven o yacen. Y el filme sólo nos lleva al mundo exterior a través de los primeros planos de solitarios paisajes impresionistas que decoran las paredes del

inmueble.

Una paloma entra por el tragaluz y se pasea picoteando por el salón; Georges le cuenta a Anne una anécdota de cuando era niño en un campamento de verano. Son imágenes o señales que tal vez queden revoloteando en la mente del espectador después de ver el filme, para interpretar este extraordinario fresco, duro y real como la vida.• 

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