La delicada y fresca brisa que sopla desde Washington acaricia suavemente el rostro de la identidad hispanoamericana en Estados Unidos.
Los hispanos, la mayor minoría del país, nos sentimos reivindicados y representados en el gobierno por vez primera. Palabras como “Dios” y el cortés saludo de “buenos días”, se colaron entre discursos optimistas, bendiciones y versos poéticos durante el juramento del presidente Barack Obama, en el cual tres hispanos –dos con raíces profundas en Miami– se integraron a la historia contemporánea de la nación que los arropó, a ellos o sus ancestros, con el cálido manto de la libertad y la oportunidad de alcanzar plenamente la felicidad.
El auge de los hispanos, su contribución a la sociedad norteamericana en múltiples matices y su creciente peso político, se ha definido y celebrado como un fenómeno reciente, coronado en la ceremonia de investidura del lunes. La diversidad étnica y elección del primer presidente afroamericano también han sido aclamadas como prueba de que Estados Unidos finalmente ha superado la barrera racial.
Si bien todo eso es cierto y plausible, no es del todo nuevo. Existe una conexión al pasado, a un pasado que se remonta a 1513, cuando arrancó la épica presencia hispana en Norteamérica con el desembarco de intrépidos exploradores y misioneros españoles en la Florida 107 años antes del anclaje de la embarcación inglesa Mayflower en la Nueva Inglaterra.
Este año, se cumple medio milenio desde que el primer conquistador europeo oficial de Estados Unidos, don Juan Ponce de León, avistó en la lejanía un desconocido territorio el 27 de marzo de 1513, mientras buscaba una incógnita tierra llamada Bímini. Lo bautizó como La Pascua Florida porque el descubrimiento sucedió el Domingo de Pascua de Semana Santa.
Miami tiene planificada una larga lista de eventos culturales para realzar la efeméride. Las actividades se verán refrendadas con la presencia de los Reyes de España, Juan Carlos y Sofía, quienes, según planes preliminares de la Casa Real, visitarán la ciudad la primera semana de mayo.
Los organizadores de la conmemoración del quinto centenario anhelan despertar el interés de la población en un capítulo poco comprendido de la historia colonial, cuya narrativa ha sido moldeada por la cultura anglosajona enfocada casi exclusivamente en los hechos de los ingleses y las tribus indígenas, ignorando los primeros 300 años de presencia europea protagonizada por los españoles, un período de tiempo más largo al transcurrido entre la Declaración de Independencia de Estados Unidos, en 1776, y hoy.
La discusión hasta ahora se ha centrado en cuestionar en qué lugar de la península tocó tierra Ponce de León. Pero lo más relevante sería comprender cómo su periplo ayudó a perfilar la historia de Estados Unidos, así como el papel que desempeñaron los hispanos en su desarrollo. Lógicamente, toda colonización de un pueblo deja un saldo sangriento, por violencia y enfermedades contagiosas, y el de los españoles en la Florida, lo fue bastante.
No obstante, poco se habla sobre la ayuda que prestaron, con dinero y armas, a los patriotas de las Trece Colonias en la gesta independentista contra el Reino de Gran Bretaña. Misioneros hispanos enseñaron a los indígenas innovadores métodos de siembra, regadío y recolección de frutas y vegetales. Fue durante el dominio español que Fort Mose, al norte de San Agustín, se estableció como primer asentamiento de negros libres en 1783, cuando en el resto de lo que hoy es Estados Unidos eran esclavizados.
Con la Cruz de Borgoña como enseña nacional, los españoles extendieron su colonia por una vastísima región que alcanzó hasta California. No fue hasta 1819, que el secretario de estado norteamericano John Quincy Adams firmó el Tratado de la Florida para comprar la península a la Corona Española. Tres años después, Florida se organizó como territorio de Estados Unidos y, en 1845, fue admitida a la Unión.
Durante el mandato español previo, la diversidad de las comunidades en la Florida fue muy notable; lo mismo había pobladores españoles y portugueses, que alemanes, flamencos y franceses, mezclados con indígenas y negros. Incluso el primer sacerdote irlandés registrado en Norteamérica, Richard Arthur, fue pastor de San Agustín.
Especialmente a partir de 1848, tras el Tratado de Guadalupe Hidalgo firmado por los gobiernos de Estados Unidos y México, los hispanos pasaron a una situación de segunda clase en un segundo capítulo de la presencia hispana en Norteamérica, donde se diluye la huella española.
Hace apenas unos años, se abrió el tercer capítulo, en el cual la cultura hispana aflora nuevamente y el poder de los descendientes de aquellos primeros exploradores consagra a Obama en la presidencia.
Si los pronósticos demográficos se cumplen, todo parece indicar que el futuro es el pasado y el presente son Sonia Sotomayor, Richard Blanco y Luis León.


























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