El puente que une Key Biscayne con Miami es un magnífico ejemplo de que lo barato sale caro.
El tramo inicial del puente conocido como Bear Bridge fue construido en 1944 y desde entonces no ha parado su uso como el conejito de las baterías interminables. Cada día aguanta el peso de 24 mil vehículos. Las fotos que obligaron a las autoridades locales a cerrar esa vía a principios de mes son alarmantes. Muestran que la corrosión de las principales vigas de apoyo es completa. El arreglo urgente del casi septuagenario puente costará un mínimo de $30 millones que pagaremos todos los contribuyentes.
Hace unos años el congreso federal aprobó una asignación de $398 millones para la construcción de un puente entre un pueblo perdido de Alaska y una isla con menos de 50 residentes.
El puente de Key Biscayne queda en el distrito de la congresista federal Ileana Ros Lehtinen que me cuenta que la época de poner un puente en cada esquina se acabó y advierte que no habrá ni un centavo de ayuda federal para apuntalar los 11 mil puentes con serios problemas estructurales en el país.
Miami Dade recibió más de $2 mil millones del plan de estímulo y al estado de la Florida llegaron unas diez veces más. Cientos de millones de dólares fueron a agencias estatales y locales de transporte encargadas de reparar puentes, pavimentar calles o comprar autobuses. Aparentemente el puente de Key Biscayne no estaba en el hit parade.
Se beneficiaron de los fondos federales de estímulo monopolios como FPL, universidades privadas y públicas en el sur de la Florida y el sistema escolar de Miami Dade, que los utilizó para compensar los recortes estatales y evitar el despido de maestros.
Ni el gobierno estatal ni las autoridades condales quisieron dinero federal para reparar infraestructura de comunicaciones, como este puente. Y entre acusaciones de malgasto, el dinero fue a otra parte.
Lo del malgasto puede ser relativo porque siempre hay un criterio político para decidir si el dinero está mejor o peor empleado en una actividad o en otra. Sin embargo, negarse rotundamente a que el gobierno federal inviertiera en una infraestructura antigua como el puente de Key Byscaine fue irresponsable y peligroso.
El gobierno condal pudo haber sido mucho más diligente en identificar y corregir el peligro de la tragedia anunciada que supone un puente cayéndose literalmente a trozos.
En el 2008, tras una inspección, el departamento estatal de transporte calificó el puente de Bear Bridge como estructuralmente peligroso. Pasaron cuatro años y cruzaron el puente unos cuarenta millones de automóviles y camiones, sin que nadie hiciera nada por reparar el daño estructural, porque vivimos en un condado donde invertir en infraestructuras públicas de transporte es un anatema.
La incapacidad de quienes nos gobiernan afecta la calidad de vida de miles de personas que tienen que utilizar el puente para entrar y salir de Key Biscayne todos los días y puede costarnos millones de dólares si entorpece el torneo de tenis internacional que se celebra en el cayo todos los años.
El general Dwight Eisenhower no había llegado a la presidencia cuando se construyó el puente de Key Biscayne. Como militar, Eisenhower dirigió la invasión de Normandía, como presidente también fue un gran estratega. Uno de sus principales legados fue la construcción del sistema de carreteras interestatales que conecta a todo el país. La red de 47,182 millas costó unos $425 mil millones en lo que comúnmente se considera el programa de obras públicas más monumental desde la construcción de las pirámides de Egipto.
El sistema de carreteras interestatales consolidó el comercio y estimuló una bonanza económica sin precedentes que convirtió a Estados Unidos en una superpotencia con la mejor calidad de vida del planeta.
Si mal no recuerdo, el presidente Eisenhower era republicano y en 1956 congresistas de ambos partidos votaron a favor de su ambicioso y costoso plan de carreteras porque entendieron que los puentes unen y que de la unión nace la fuerza y el progreso. Desgraciadamente en nuestro rincón del mundo impera otro criterio y quienes nos gobiernan dejan caer los puentes. No nos quejemos luego si cada día somos más pobres y nuestra calidad de vida es peor.

























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