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DANIEL SHOER ROTH: Desconfianza ciudadana justificada sobre el estadio

 

dshoer@elnuevoherald.com

El genio Albert Einsten definió el concepto de locura como el acto de “hacer lo mismo una y otra vez, y esperar un resultado distinto”.

Aquella sabia enseñanza universal del maestro de maestros ha de ser repasada estos días en los que cobra apogeo una propuesta para emplear fondos del erario público en el financiamiento de la renovación de un estadio que pertenece a un empresario forrado en billete hasta por las narices.

Si bien afloran diferencias palmarias entre el calamitoso contrato que firmaron las autoridades locales con el equipo de lo Marlins para levantar su estadio en La Pequeña Habana, y el plan develado por el propietario y la gerencia de los Dolphins para modernizar el Estadio Sun Life en Miami Gardens, una vez más se izan las banderas de la irresponsabilidad social y el asistencialismo corporativo en nuestras comunidades.

Esta semana, la Comisión de Miami-Dade dio luz verde a la Legislatura de la Florida para autorizar un incremento de impuestos a los turistas que se alojan en los hoteles de Miami y un descuento fiscal adicional sobre los ingresos de los Dolphins. Esto permitiría al equipo de football materializar las obras a un costo de $400 millones combinando, en proporción casi igual, fondos del erario y del sector privado.

Un día después de la resolución, salió a la luz que los cabilderos encargados de buscar votos entre los legisladores y comisionados fueron asesores en la campaña de reelección del alcalde condal Carlos Giménez, que recibió jugosas donaciones de los Dolphins y su dueño, Stephen Ross, a través de comités políticos independientes. Cuatro comisionados titulares también se beneficiaron de esta noble y altruista fuente de dinero para aferrarse al poder.

¡Huele a delfín!

La marcha del tiempo ha dejado huella en la infraestructura del estadio. Es natural que los usuarios anhelen un renacimiento del lugar para que la experiencia del juego sea un deleite y se aproveche más la tecnología de punta. Es vital reconfigurar el techo, acomodar los asientos, instalar pantallas gigantes de alta definición y renovar el sistema de iluminación. Si Miami pudiera atesorar el más perfeccionado estadio del país, capaz de acoger los grandes partidos del football, adelante, ¡que corra la adrenalina por las graderías!

Durante las obras de renovación, se crearían miles de empleos temporales, y si se celebra en la ciudad el Super Bowl, los hoteles harían su agosto. Pero, a la larga, la mina de oro pertenece al equipo privado, no al sector público ni al ciudadano común que deberá pagar, si lo permite el bolsillo, para disfrutar del recinto.

El equipo –y sus secuaces en el ayuntamiento del Condado– recalcó las diferencias entre su propuesta y el pacto de Miami-Dade con los Marlins, el cual dejó endeudadas a generaciones venideras. Los Dolphins pondrán sobre la mesa un 51 por ciento del costo de los arreglos, mientras que los Marlins concedieron apenas un 25 por ciento. Los Dolphins contribuyen $3 millones anuales en impuestos al Condado; los Marlins ni un centavo porque su propiedad es del Condado (ni siquiera pagan alquiler).

Así y todo, por más fervor que sientan los fanáticos de los Dolphins, la ciudadanía por lo general se irrita y opone al derroche de la recolección fiscal en acaudalados equipos deportivos comerciales, incluso si los fondos no son fruto del sudor de los contribuyentes, sino de los turistas.

Razones no faltan para que los ciudadanos estén escépticos, desalentados y no crean en nadie, mucho menos en los políticos de Miami-Dade. Por ejemplo, en las negociaciones con los Marlins, el equipo se negó a mostrar sus libros contables, las autoridades no ejercieron presión y solo después de poner la primera piedra se descubrió que la salud financiera del equipo le hubiera permitido aportar una fracción mayor del costo de la obra.

La relación comercial con el brazo operativo del Miami Heat también ha estado teñida de incoherencia. El glorioso equipo ha subido de valor en la medida que continúa cosechando laureles, sin embargo, a la hora de compartir las ganancias de la American Airlines Arena con el Condado, como estipula el contrato de sociedad, lista una serie de pérdidas financieras.

El magnate Ross amasa un patrimonio que supera $3,100 millones y el equipo de los Dolphins es una de sus empresas. En estos días consiguió que el ricachón Donald Trump, entre un puñado de otros adinerados, manifestara públicamente su apoyo al proyecto ¿Por qué no también invitarlos a invertir si, a fin de cuentas, este es un negocio muy lucrativo?

Decía Einstein: “La única fuente del conocimiento es la experiencia”.

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