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DANIEL SHOER ROTH: Concurso de disfraces en Tallahassee

 

dshoer@elnuevoherald.com

En la futura contienda por ocupar la Mansión del Gobernador de la Florida, uno de los puntos de parada obligatorio que convendría para los candidatos es la Casa de los Trucos en la Calle Ocho.

Varios cautivadores disfraces pueden servir para la campaña y los acalorados debates. El de Capitán América incluye capucha y escudo; es muy conveniente para salvar a la Florida del desempleo. El de piloto aviador viene con corbatín negro y gorra con alas bordadas; sirve para pilotear la flota de gastos suntuosos de las autoridades subvencionados por los contribuyentes. El de Charlie Chaplin trae bombín y zapatos de charol; encaja como anillo al dedo para hacer reír a la ciudadanía ante las gansadas de los legisladores.

Aún estamos lejos de la temporada de disfraces, pues las elecciones no son hasta finales del próximo año. Pero es indudable que las máscaras venecianas de papel maché con plumas y gemas están en boga entre los políticos floridanos.

El primer aspirante (no oficial) es Charlie, el camaleón. El ex gobernador Crist ha brincado como saltimbanqui de afiliación republicana a independiente a demócrata, en busca de un terreno donde lucir su cabellera platinada y sus principios que fluyen como una palmera con la corriente de viento.

Crist reafirma que él es la misma persona con un nuevo partido. No obstante, cuando vestía el uniforme republicano su prédica era diametralmente opuesta a la de hoy. Entonces yo certifico que sí, es la misma persona, que sabe sacarle partido a los partidos.

Tomando apuntes vigilantemente de la actuación de su predecesor, el gobernador Rick Scott parece haber escogido la misma trocha, tras aceptar, derrotado, que su personalidad le ha ganado el honorable título de Mr. Antipatía.

En apenas un par de semanas, Ricky ha dado un contundente giro ideológico no vinculado a un renacer espiritual, sino más bien por obediencia al astrólogo.

Después de dos años al frente del timón de la península, nuestro flamante gobernador amaneció el 1ro de enero al son del cántico de un gallo con una resolución lúcida para el 2013: deshacer lo que había hecho y hacer lo que había deshecho.

Devoto de la menor injerencia del gobierno en la vida ciudadana, al estrenar su gestión, Scott orquestó una embestida contra la educación pública y la red de protección social, cumpliendo las promesas que hizo a sus fieles del Tea Party republicano. Eliminó $1,300 millones a las escuelas y privatizó los servicios de salud, decapitando el programa de cuidado médico estatal Medicaid.

Esas medidas, entre otras con similar objetivo, echaron leña a su carbonizada popularidad entre un electorado que, en su mayoría, se ha inclinado a rechazar a los candidatos que comparten su filosofía de gobierno, como lo evidenció el resultado de las elecciones presidenciales.

Súbitamente, en un pestañar, con la mirada fija en la reelección, Scott se torna desleal a sus convicciones y a quienes lo apoyaron originalmente; da un cambio categórico a su imagen, comenzando por su ahora cándida personalidad, exhibiendo empatía por los hombres y mujeres de a pie.

Dos años atrás, se perfiló como un férreo adversario de la reforma de sanidad “Obamacare”, habiendo invertido millones de su propio bolsillo para combatir la Ley de Cuidado de Salud Asequible, sólo para cambiar de curso esta semana al clamar por una vasta expansión del Medicaid vitoreada por el gobierno federal, actuación no muy disímil al efusivo abrazo que proporcionó Crist al presidente Obama siendo gobernador.

Scott también viene abogando por más fondos para la educación pública. Plantea gastar parte del superávit presupuestario –el primero en seis años– en aumentar los salarios de los maestros, enorme bloque de votantes que desea manipular.

En una declaración al Tampa Bay Times, el presidente del Tea Party de la Florida, John Long, ex partidario de Scott, se mofó de este y, sin pelos en la lengua, sintetizó la esencia de su nueva filosofía: “Puedo decirles cuál es su ideología: ser reelecto”.

Tras esa meta, Ricky continuará asombrándonos con curiosos cambios, esperando sepultar su faceta de conservador duro de derecha para reinventarse como político pragmático y moderado. Claro que para alcanzar a Charlie le faltan años de entrenamiento en el arte de la confección de disfraces.

El certamen apenas comienza. Mientras tanto, ambos pueden llamar al Club Kiwanis de La Pequeña Habana para disputarse el título de Gran Mariscal del Carnaval de la Calle Ocho a celebrarse en los próximos días. Con el objetivo de conquistar a los votantes, los veremos cantar ¡Azúcar!

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