En 1995 Jenny Alfonso Relova decidió poner mar por medio entre su pasado y su futuro. Salió definitivamente de Cuba y comenzó una vida de peripecias que la llevó a Londres, Madrid, París y, finalmente, a Sospel, un pueblo de los Alpes franceses, en donde vive y trabaja desde hace siete años.
Nacida en La Habana, en 1976, pudo constatar con sus propios ojos las oportunidades y, sobre todo, la libertad con la que se podía vivir y trabajar fuera de los estrechos marcos de la sociedad cubana de hoy. Cuando tenía 11 años mi padre obtuvo un puesto oficial en Londres, y nos fuimos a vivir a esta ciudad hasta que cumplí 13, nos dice. De regreso a la Isla, ya había caído el muro de Berlín, el mundo estaba cambiando y mi país seguía en las mismas condiciones de inmovilismo en todos los sentidos. Enseguida me di cuenta de que no podía adaptarme a ese estrecho marco establecido por un régimen que aplasta todo lo que se salga del molde comunista.
Antes de salir de Cuba, a Jenny le correspondió someterse, en contra de su voluntad, a ese molde. Vinieron los años en que la policía la paraba cada cien metros, y le pedía la identificación, simplemente por ser joven y vivir en El Vedado, zona céntrica de La Habana, en donde se hallaba la mayor cantidad de turistas, fruto de la nueva política de apertura del país al turismo de masas occidental. También tuvo que estudiar becada en el campo porque el gobierno decidió eliminar los institutos de enseñanza preuniversitaria de las ciudades. Ese sistema me robó la adolescencia, concluye. Todavía ignoro las razones por las que después de mi última fiesta de cumpleaños celebrada en mi casa, en La Habana, me detuvieron y me encarcelaron, sin motivo aparente.
Pudo salir para Inglaterra a los 19 años, gracias a gestiones de amigos y familiares. Una vez establecida en Londres comenzó estudios de Diseño y Decoración de Interiores que tuvo que interrumpir más tarde: las autoridades británicas le habían negado la solicitud de asilo político. Recuerdo que un oficial británico de emigración tuvo el descaro de afirmar que Cuba no era una dictadura. Con un negativa de asilo en una mano y una tarjeta de identidad falsa que le prestó una amiga española, en la otra, huyó de Inglaterra. Las islas, sin dudas, no estaban en mi destino, ironiza.
Madrid se convirtió en su próxima residencia. Allí trabajó muy duro para sobrevivir, en precarios trabajillos, mientras continuaba sus estudios que, finalmente, pudo terminar. Sin embargo, algo en su fuero interior le decía que tenía que llegar a París y vivir la experiencia de residir en la capital de Francia.
Cuando en 1998 obtuvo la ciudadanía española dirigió sus pasos hacia París. En España había pintado poco, pero en la capital francesa se apoderó de ella la fiebre creativa. Realizó una primera serie de obras en la que utilizaba elementos que, de alguna manera, expresaban partes fraccionadas de su identidad. Mezclaba arenas traídas por amigos de las playas cubanas, con hojas, ramas secas de árboles de la Isla y granos de frijoles negros entre otras cosas. Cuba volvía sin cesar a mi mente y sentía que tenía que plasmar de alguna manera mis recuerdos para extirparlos de una vez y pasar a otra cosa, recuerda.




























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