Opinión

GUILLERMO DESCALZI: El secuestro

 
 

El presidente Barack Obama habla a los miembros de la Asociación Nacional de Gobernadores en la Casa Blanca, el pasado 21 de febrero.
El presidente Barack Obama habla a los miembros de la Asociación Nacional de Gobernadores en la Casa Blanca, el pasado 21 de febrero.
BRENDAN SMIALOWSKI / AFP/Getty Images

Se llama secuestro, como en eso de secuestrar, llevarse alguien o algo por la fuerza y pedir rescate. Este secuestro amenaza con llevarse mil doscientos millones de millones de dólares del presupuesto nacional, a lo largo de varios años, mil doscientos billones, 1.2 ‘trillones’ en nomenclatura inglesa. Es una cifra inmensa, que se recortará automáticamente de casi todo programa y todo lo que reciba dinero del gobierno, empezando con 85 mil millones a no ser que se dé un rescate. Tiene como objetivo asustar a los legisladores para que rebajen el déficit con recortes selectivos, aumentando impuestos y tarifas, y cerrando deducciones que, cuando todo sea sumado, equivalgan al monto del secuestro. Ese es el rescate. Si el Congreso no lo da, entonces el gobierno tendrá que iniciar los recortes del secuestro.

Parecerá cosa de tontos, como ponerse una pistola a la cabeza para obligarse a caminar, pero quienes lo idearon creyeron que sería la única manera de lograr que nuestros políticos, usualmente politiqueros, actúen sensatamente. Es algo tan extraño que se da ‘al revés’. En el secuestro común primero se llevan a la víctima y después piden el rescate. En este secuestro primero buscan el rescate y, si no lo encuentran, entonces proceden al secuestro.

Obama quiere un rescate balanceado, mitad en aumento de ingresos, mitad en recorte de egresos. El liderazgo republicano no quiere un centavo en aumentos. Quiere solo recortes, preferentemente en programas sociales para no tocar, en la medida de lo posible, las fuerzas armadas. Los pobres, los desvalidos, la ancianidad y los necesitados en general, que se las arreglen como puedan. Es un liderazgo republicano aparentemente dispuesto al recorte automático con tal de proteger el estatus quo en el Pentágono y entre los adinerados y corporaciones del país. Lo ridículo de esto es que el secuestro no protegerá nada ni nadie, especialmente las fuerzas armadas. El país entero sería diezmado, casi como en la acepción romana de diezmar, que para castigar una legión la ponían en formación y mataban uno de cada diez legionarios. Este secuestro amenaza con diezmar la economía del país.

El liderazgo republicano quiere asustarnos para que se haga su voluntad. Si insisten en el secuestro pondrán punto final a la Pax Americana, vigente desde la Segunda guerra mundial. Ya hemos reducido a la mitad nuestra aviación naval en el Golfo Pérsico. Tendríamos que decir adiós a nuestro rol de protectores del mundo libre, un mundo ya no tan fácil de definir, con China en el papel de gran facilitador de nuestra supervivencia financiera. Somos un país adicto al consumo, y quien tiene una adicción no es libre. No hay alternativa bonita. Si seguimos como vamos tendremos que decir adiós por largo tiempo a nuestra abundancia, influencia y poder, tal y como fueron hasta tan solo ayer, pero el solo cortar nuestra adicción tampoco nos devolverá la bonanza financiera que ya empezamos a extrañar.

Ponerle controles a nuestro sistema es considerado socialismo en nuestra derecha más conservadora. Por eso siguen con eso de poner en su sitio a este presidente, al que consideran el gran socializador marxista del país, y parecen dispuestos a emular a Sansón, que murió trayendo abajo las paredes del templo con tal de acabar con los filisteos. Nuestros Sansones parecen dispuestos a quebrar el país para doblegar al presidente. Es un juego de nervios. La Casa Blanca y el liderazgo republicano se acercan a toda velocidad al muro del secuestro, a ver quien se acobarda y cambia de rumbo primero. Es, para ponerlo en términos poco refinados pero precisos, una estupidez.

El liderazgo republicano arriesga nuestro buen nombre, honor y prosperidad, para doblegar a Obama en servicio de gentes que no necesitan más y que invierten cada año menos en el país. También lo hacen por la moral, según la entienden, de nuestro capitalismo democrático. Están contra el Washington demócrata, rumbo al socialismo (dicen) desde que Franklin Roosevelt creó el seguro social. Johnson complicó las cosas con el Medicare, y anotan que los demócratas han acostumbrado a los pobres, los necesitados, desvalidos y ancianos, a depender del gobierno. Contra eso se alzan, víctimas de su propia paranoia, empujados por sus sospechas, convencidos que sus proyecciones son reales. No se dan cuenta que andan alucinados por el eco de sus temores.

¿Quiénes son los patriotas? ¿Los que quieren cambiar de manera razonada, o quienes andan dispuestos al secuestro para frenar el ‘socialismo’? Sería fácil decir que unos u otros, pero la verdad es que en ambos lados hay patriotas. En ambos hay algo de verdad y razón, y lo mejor sería que cooperen, pero parecen jovencitos temerosos de que los suyos los vean con los ‘del otro lado’. Quisiéramos políticos sensatos, pero estamos hablando, después de todo, de politiqueros en acción.

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