América Latina

Terremoto: Salva a su hija… y recupera su auto

 

AP

Cuando empezó el fuerte remezón de tierra, Alberto Rozas y su hija, que dormían en la misma cama, fueron lanzados al piso. Sin comprender enteramente qué sucedía, Rozas tomó a la niña en sus brazos, corrió al baño, la puso adentro de la tina, se acostó sobre la bañera y la protegió con su cuerpo.

Allí, Rozas, un ingeniero informático de 44 años, le contó a su hija Fernanda, que entonces tenía siete años, lo que veía: la espesa nube de polvo que se levantó, el hundimiento y derrumbe del edificio, cuya estructura primero viró al norte, golpeó al muro que lo separaba de una torre vecina y luego se partió en dos.

En esos dos minutos y medio que no acababan, Rozas le dijo para tranquilizarla, que “era posible que estuviéramos varias horas ahí, pero mientras estuviéramos tranquilos y juntos, nada nos iba a pasar”.

Al cesar el fuerte remezón de tierra, en medio de la oscuridad, se acercó a una de las ventanas y comprobó el derrumbe del edificio y el hundimiento total del primer piso a la luz de la luna llena. En dos minutos y medio, su espalda se había cortado con los vidrios y fierros que cayeron sobre él, pero su hija tan sólo sufrió un rasguño. Milagrosamente, habían sobrevivido.

Mientras buscaba dos colchones que le sirvieran de trampolín para escapar por la ventana y unas sandalias para Fernanda, se cortó los pies al caminar sobre vidrios y metales retorcidos.

Escuchó gritos y quejidos y finalmente pudo escapar del piso 13, acostado de espaldas sobre un colchón, que se deslizó sobre los escombros.

Un vecino de un piso superior, nunca supo quién, le lanzó a la niña a sus brazos e inició, descalzo, una caminata de un par de horas hasta la casa de la madre de la niña, al otro extremo de Concepción, a 500 kilómetros al sur de Santiago,

“Salí del edificio con la sensación de que no tienes nada, nada, pero tienes la vida de tu hija y la tuya”, dijo Rozas a The Associated Press. “Desde ahí empecé a ver la vida de otra manera, sin apegarme mucho a las cosas”.

Cojeando por las heridas, volvió al edificio al que se había mudado tan sólo dos meses atrás luego de divorciarse de su esposa. Al momento del terremoto había 79 personas en la edificación. Ocho murieron, siete salieron mal heridas, incluyendo a un bebé de nueve meses y a su madre. La mayoría fueron rescatadas por bomberos y unos pocos salieron usando cortinas como escaleras.

Rozas representa a millones de chilenos que en la madrugada del 27 de febrero de 2010 dormían cuando fueron despertados a las 3:34 de la madrugada con el ruido ensordecedor de la tierra. Igual que ellas, pasó por un período malo en el que no podía dormir, bajó de peso, no quería estar sólo por las noches. Hoy, incluso, no le gusta subir a departamentos en edificios muy altos y si lo hace quiere irse pronto.

Pero dejó atrás el trauma e inició una nueva vida. Volvió a casarse y está a punto de ser papá de nuevo.

Jamás olvidará, no obstante, esa madrugada de hace tres años en que la placa de Nazca penetró unos 20 metros bajo la placa Sudamericana y desató un terremoto que agitó una franja de 500 kilómetros, donde vive el 80% de los chilenos, y luego un tsunami. Ambos fenómenos mataron a 521 personas, destruyeron o dañaron carreteras, puertos, aeropuertos, hospitales, escuelas, y 222,000 viviendas que dejaron un millón de damnificados.

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