Nadie puede dormir totalmente tranquilo en algunos vecindarios de Miami, no porque haya ladrones o retumbantes peleas al otro lado de la pared, sino por la negligencia y el desdén de las autoridades municipales y condales.
La falta de interés en el bienestar de los más vulnerables y la cordial atención a las billeteras acolchonadas con hercúleos capitales, se han alineado en una ecuación equivalente al descalabro urbano.
Un ejemplo que destella luces lóbregas sobre la administración de la Ciudad de Miami y su deficiente liderazgo lo encarna el conjunto residencial Havana Palms en La Pequeña Habana que, al igual que otros edificios adyacentes que contrastan grotescamente con la opulencia del convaleciente Marlins Park, no provee techo seguro a sus habitantes, y, en este caso particular, ni siquiera piso.
Sus patéticas y peligrosas condiciones estructurales engendran pánico e incertidumbre entre vecinos, y debieran motivar a las organizaciones comunitarias a elevar la voz en defensa de estas personas que viven precariamente como en el Tercer Mundo en una ciudad que se jacta de ser de clase mundial.
Es vergonzante que pese a su evidente deterioración, el complejo de condominios pasó inspección de tasadores e ingenieros y, peor aún, la municipalidad aceptó dicha certificación cuando sus propios inspectores meses antes habían determinado que para garantizar la seguridad era necesario reparar la estructura. Cuatro años después, el piso de una sala se derrumbó, dejando claro que el gobierno municipal camina sin rumbo.
Si quiere gritar de ira, espere un minuto, por favor. Mis colegas Melissa Sánchez y Brenda Medina han sacado a relucir una antigua amistad entre los urbanizadores que vendieron la mayoría de las unidades residenciales hechas añicos en Havana Palms entre 2006 y 2010, y el comisionado del Condado Miami-Dade Bruno Barreiro.
Barreiro asegura que su amistad con Aníbal Duarte-Viera y Gabriel de la Campa no influyó en una oferta que hizo a ocho propietarios, según él para ayudarlos, que habían recibido préstamos del Condado para comprar viviendas en ese complejo residencial. Si se comprometían a vivir allí durante 30 años, en vez de préstamos, recibirían subsidios.
Los residentes, no obstante, no habían acudido a él ni a los comisionados que representan el distrito a nivel condal y municipal, buscando específicamente dinero; además, esas viviendas no perdurarían tres décadas, por lo que rechazaron la propuesta. Lo que sí necesitaban era ayuda para que la empresa que vendió las unidades, Montara Land, concretizara las reparaciones estructurales que obviamente hacían falta. Los trabajos nunca se completaron y la compañía, como tantas otras en el giro de la conversión de condominios, posteriormente se disolvió, dejando a los compradores a la merced de un destino incierto.
Con razón los vecinos se sienten defraudados por los políticos que no respondieron a tiempo, al igual que por los funcionarios de departamentos locales de Construcciones y de Códigos que se lavaron las manos cuando los residentes presentaron sus quejas. No hubo orden.
La Ciudad y el Condado tienen la responsabilidad legal de proteger la salud pública, seguridad y bienestar de sus residentes. Esto significa no solamente mantener la policía, sino también velar por el cumplimiento de los códigos de construcción para que las viviendas sean habitables.
En casos como el anterior y otros parecidos, las deplorables situaciones de inacción o excesiva tardanza en la generación de respuestas por parte del gobierno de Miami, pueden ser vistas como una conspiración con los especuladores de bienes raíces para desplazar a los residentes.
Los vecinos de La Pequeña Habana han sufrido recrudecidamente en parte por el estadio de los Marlins. Proyectos con una función catalizadora como los recintos deportivos de gran escala en general dan pie a que algunos mezquinos dueños de tierra o edificios en el barrio donde están ubicados no inviertan en sus propiedades, esperando que un urbanizador las compre. Para ellos, gastar en reparaciones y mantenimiento es un despilfarro. Por eso algunos avejentados edificios sufren inundaciones de aguas negras, presentan moho tóxico, tuberías rotas, techos podridos, e incluso carecen de ventanas y agua caliente.
Resulta ahora que el nuevo estadio nunca despertó el impacto esperado entre aficionados, incluso antes de la funesta temporada que provocó el colapso en la asistencia a los juegos de los Marlins, afirmó el lunes el presidente del equipo, David Samson.
Esto significa que los dirigentes municipales y condales no solamente ignoraron las súplicas de los vecinos en La Pequeña Habana, sino que tampoco hicieron bien la tarea de constatar si había un mercado para apoyar esta obra tan monumental y costosa.
Prueba fehaciente de que en la Ciudad del Sol reina el caos.

























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