Parece que nuestro ex gobernador Jeb Bush aspira a ser el tercer Bush que se sienta en el sillón presidencial y ha comenzado la carrera electoral de una forma curiosa: cargando contra los millones de personas que viven aquí pero que nacieron en el otro lado de la frontera y se vinieron sin los correspondientes documentos.
Me sorprende este Jeb presidenciable. Tenía muchas esperanzas puestas en él, creía que podía sacarnos del pantano partidista en el que nos hundimos, pensé que Jeb podía articular una visión para el futuro que nos incluyera a todos. Ahora veo que estaba equivocada.
Por largo tiempo pensé que Jeb habría sido mucho mejor presidente que su hermano tejano. Mientras que George W. proyectaba la imagen campechana machista y simplista del cowboy americano, delegando los complicados manejos del gobierno en sus maquiavélicos subalternos, su hermano Jeb demostró ser un político fuera de serie como gobernador de la Florida. Su curiosidad intelectual lo llevó a explorar temas complejos y a convertirse en pionero de una reforma revolucionaria en el sistema de educación pública y un defensor de los inmigrantes, sobre todo de los hispanos.
Pese a ser conservador y republicano de pura cepa, Jeb es uno de los pocos políticos capaces de atraer votantes de ambos partidos, pero esta semana parece haber claudicado ante el grupo más extremista y excluyente de su partido. Ahora dice Jeb en el libro Guerras de la Inmigración , escrito con el abogado Clint Bollick, que se opone a que millones de indocumentados que podrían regularizar su situación accedan a la plena ciudadanía.
En la visión que Jeb avanza ahora, tendríamos a los ciudadanos americanos de pleno derecho y luego a un grupo de varios millones de personas que estarían legalmente en EEUU pero que no podrían ser nunca ciudadanos y no contarían con los mismos derechos que los demás.
Este tipo de esquemas se ha intentado muchas veces en la historia y siempre han fracasado, desde el Imperio Romano con sus categorías de “romanos”, “latinos” “asociados”, “federados”, “libres” o “peregrinos”; hasta la Alemania actual donde millones de inmigrantes legales no tienen forma de acceder a la ciudadanía. La segregación política de la inmigración sólo ha servido para crear problemas de toda índole que minan las sociedades y acaban destruyéndolas. Por eso me asombra que Jeb claudique ante las posiciones más extremistas del Tea Party.
Además de ser un hombre apuesto y bilingüe, el Jeb Bush que yo conozco también es valiente y hasta ahora defendía a los inmigrantes.
En épocas en las que en su círculo social nadie se acercaba a los hispanos, Jeb Bush se casó con una bella trigueña nacida en el otro lado de la frontera. Sus hijos con Columba, nietos del presidente George H. Bush y sobrinos del presidente Geroge W. Bush, son hispanos que entraron y salieron de la Casa Blanca por la puerta grande, como corresponde a miembros de pleno derecho de la Primera Familia.
Recuerdo también que durante la primavera negra de las primarias republicanas, cuando el debate sobre la reforma migratoria se redujo a ver quién tenía la posición más xenófoba, Jeb fue la única voz en su partido que advirtió sobre el peligro de esa retórica divisiva e insensata.
Todavía no puedo creer que el hombre que pudo lidiar con la furia de ocho huracanes en menos de dos años no sea capaz de enfrentarse a la panda de dinosaurios delirantes que han secuestrado su partido, el de su padre, el de su hermano, y el de sus hijos hispanos.
Sí se puede, Jeb, tú puedes cambiar las cosas. No claudiques tan pronto.

























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