OLGA CONNOR: El congreso por la libertad de la cultura

 

En la conferencia La lucha oculta por la libertad, ofrecida recientemente por Carlos Alberto Montaner en la Casa Bacardí, para la Asociación Nacional de Educadores Cubano Americanos (NACAE) y el Instituto de Estudios Cubanos y Cubano Americanos (ICCAS), de la Universidad de Miami, el escritor se refirió a un nuevo organismo que surgió entre los intelectuales libres durante la Guerra Fría después de 1950.

Este grupo se reunió en un congreso para defender la autonomía de la parte occidental de Berlín que estaba rodeada del territorio adjudicado a los soviéticos al terminar la II Guerra Mundial. Se denominó Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC) y su objetivo era preparar un frente ideológico protector de las ideas del Occidente. Así fue como se lanzaron a fundar comités del CLC por toda América Latina y España, y, de hecho, en el mundo entero, desde Canadá a la India.

‘CUADERNOS’

En el trasfondo, había sido ideado secretamente por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, para que se ocupara de batallar contra los avances de la ideología soviética entre los intelectuales libres. En la revista Cuadernos, órgano del CLC, publicada en español desde 1953 a 1965, pero editada en París, se exponía: “El Congreso por la Libertad de la Cultura, constituido en el mes de junio de 1950, reúne a intelectuales, artistas y científicos de todos los países, y de diversas tendencias. Su único denominador común consiste en la voluntad de defender el derecho de crítica y el pensamiento libre”.

En la foto, de mi archivo personal (donde hay tres personas sin identificar), aparece un grupo de intelectuales cubanos y españoles en el aeropuerto José Martí en Rancho Boyeros de La Habana a mediados de la década de 1950, que lideraron el comité del CLC en Cuba. El fotógrafo –anónimo– fue agenciado por Pedro Vicente Aja (a la izq.), filósofo y último secretario del Congreso en La Habana y luego en el exilio en San Juan, Puerto Rico. La tengo guardada precisamente porque fui la esposa de Aja, quien falleció en 1962 en Río Piedras, donde se encontraba la Universidad de Puerto Rico en la que ejerció como profesor.

Le sigue a la derecha su amigo Raúl Roa, que fue luego Ministro de Estado en el gobierno de Fidel Castro, de 1959 al 71, pero en los 50 se había afiliado a la lucha contra el comunismo. Detrás de Roa, aparece Mario Llerena, el primer secretario del comité del CLC en La Habana, y luego representante del Movimiento 26 de Julio en Nueva York. Llerena quemó las velas el día que se publicó su columna en Prensa Libre, donde afirmaba que los discursos de Castro frente en la Plaza Cívica le recordaban los que hacía Adolfo Hitler. Esa fue razón para que Fidel le dedicara una perorata televisiva, que lanzó a Llerena a esconderse en una embajada.

A continuación, el escritor español Salvador de Madariaga, republicano exiliado en Londres después del triunfo de Francisco Franco, quien patrocinó con su prestigio y sus artículos al CLC y a la revista Cuadernos. Le sigue José Manuel Cortina, orador, escritor y diplomático, director de la comisión coordinadora de la Constituyente de 1940, asociado también al CLC en La Habana.

Luego, el dramaturgo español Julián Gorkin –cuyo apellido adoptó para honrar al literato ruso Máximo Gorki– jefe de redacción de Cuadernos en París, quien viajó por varias capitales latinoamericanas para fundar comités del CLC. A la revista se sumaron, con grandes ilusiones, escritores latinoamericanos como los poetas Octavio Paz y Jorge Luis Borges, el filósofo argentino Francisco Romero y muchos más, un “quién es quién” de la América Latina. En Cuba: Anita Arroyo, Eugenio Florit y Jorge Mañach, que era del Consejo de Honor, junto al colombiano Germán Arciniegas, el español Américo Castro, el venezolano Rómulo Gallegos, el peruano Luis Alberto Sánchez y el brasileño Erico Verissimo. La mayoría de los participantes en el CLC habían sido simpatizantes del comunismo internacional o eran miembros del Partido, que se habían convertido a la democracia.

La revista Cuadernos, de gran prestigio en los 50 y a principios de los 60, pierde su rango cuando se descubre que los supuestos grants de las fundaciones estadounidenses eran cubiertos para ocultar la procedencia del dinero. El CLC escogió a La Habana, Ciudad de México, Río de Janeiro y Buenos Aires como sus principales centros para los comités, que eran ejes de influencias. Curiosamente, en Río, participó en una comida del Congreso en 1959 el embajador del gobierno de Castro, Rafael García Bárcenas, invitado por Stefan Baciu, secretario del comité.

‘CUBA 1961’

Cooperé con estos esfuerzos cuando edité anónimamente en San Juan, Puerto Rico, Cuba 1961, un suplemento de Cuadernos (marzo-abril 1961), en el que colaboraron Felipe Pazos, ex presidente del Banco Nacional; Luis A. Baralt, ex director del Teatro Universitario; Aja, ex secretario de la Sociedad Cubana de Filosofía, y muchos otros. Fue considerada por Carmelo Mesa Lago como la primera publicación de estudios cubanos en el exilio.

Según Montaner, irónicamente Estados Unidos tenía que esconderse para luchar por la democracia, mientras que la Unión Soviética podía abiertamente organizar sus “reuniones por la paz”.• 

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