Carla Guelfenbein, la vida intensa

 
 

Carla Guelfenbein
Carla Guelfenbein
Julio Donoso / CORTESÍA

Especial/El Nuevo Herald

En Barcelona Carla Guelfenbein se comunicó con Roberto Bolaño para que leyera su primera novela. En ese momento el autor de Los detectives salvajes preparaba un viaje inminente y no pudo hacerlo. Pero le dio el teléfono de su amigo y editor, Jorge Herralde, director de Anagrama, la editorial encargada de todos sus libros. Desde una cabina telefónica –eran tiempos en que todavía no habían sido relegadas a piezas de museo– marcó el número e increíblemente la atendió Herralde, quien aceptó leer la obra. Carla nunca llegó a mandar la novela. Una voz interior o eso que se llama intuición la hizo desistir. “No era el momento”, recordó alguna vez. “Faltaba algo”. Al tiempo terminó otra novela, a la que tituló El revés del alma.

Su debut literario fue un éxito instantáneo en Chile. Para la anécdota queda que en apenas unas semanas desbancó de la lista de bestsellers al anodino El código Da Vinci, de Dan Brown. A partir de esa novela que describía con notable observación la historia de tres mujeres –Daniela, una joven bulímica; Cata, la madre de Daniela, y Ana, una fotógrafa– Carla integró ese triunvirato de autoras chilenas: Isabel Allende y Marcela Serrano.

Se podría decir que más allá del suceso de El revés del alma (2003) y las novelas que le siguieron, como La mujer de mi vida (2006), El resto es silencio (2009) y Nadar desnudas (2013), el hecho significaba para Carla Guelfenbein, ahora escritora, un nuevo inicio de una vida no menos intensa. Carla se exilió con sus padres en Inglaterra como consecuencia del golpe militar de 1973. Allí estudió biología en la Universidad de Essex y diseño en St Martin’s School of Art. En 1987 regresó a Chile y trabajó como diseñadora en varias agencias de publicidad donde llegó a ser directora de arte y editora de moda en la revista Elle.

De su primera novela El revés del alma a Nadar desnudas ha pasado una década. ¿En estos años qué ha aprendido del oficio de escribir?

Han sido 10 años de aprendizaje, de descubrimiento. En cada una de las cuatro novelas que he publicado hasta hoy me he planteado un nuevo desafío, ya sea desde la mirada, la temática, la estructura o la prosa. En este tiempo he logrado una depuración del modo en que digo las cosas; no busco crear fuegos de artificio para que mi literatura parezca elevada e intelectual. Considero que el vuelo está en el contenido.

¿Cómo surgió la idea de su nueva novela?

Siempre lo que acude a mí como semilla de una novela es una imagen. Una imagen poderosa que comienza a rondarme y que me produce gran curiosidad. En este caso fue la de dos amigas que por la noche nadaban desnudas en una piscina. Quería conocer quiénes eran, de dónde venían, por qué estaban allí, qué las unía verdaderamente. Por otro lado, hacía tiempo que quería narrar de alguna forma la historia que me había contado mi suegro sobre su huida de Chile el año 1973. El era literalmente el hombre más buscado de Chile. Después de dos semanas de ocultarse de casa en casa, de esconderse incluso dentro de los tarros de basura, salió de Chile en un automóvil de la embajada de Alemania Oriental. Es un episodio que tiene mil detalles dramáticos, emocionantes y conmovedores, que retrata una época, un tiempo que yo como adolescente viví. Por eso sabía que esta novela tenía que estar situada en aquellos tiempos, los tiempos del sueño del socialismo y la derrota.

En la historia hay un triángulo amoroso que se desarrolla con el trasfondo del golpe militar del 11 de septiembre en Chile. ¿Por qué eligió ese contexto histórico?

Mi objetivo era retratar lo que ocurrió en mi país en los convulsionados años 1970 desde un punto de vista particular: el de mis personajes. El encuentro brutal entre la pequeña historia, y la Historia con H mayúscula. Recuerdo que cuando miraba las imágenes del horror de las guerras balcánicas, siempre pensaba que tras esas calles vacías y destruidas, bajos los techos derruidos había personas que continuaban con sus vidas, que respiraban, que hacían el amor, niños que crecían, madres que en el silencio de la noche acariciaban a sus hijos. Tras esos grandes eventos que la Historia preserva en sus anales, hay personas, y son sus historias las que me interesan. Mi mayor desafío era escribir sobre una época en que todo estaba teñido por la política sin caer en el discurso ni en el panfleto.

¿Cómo recuerda sus años de exilio en Inglaterra?

Creo que hay ciertas circunstancias que actúan como catalizadores para escribir. En mi caso, uno de estos catalizadores fue el exilio. Como exiliada nunca llegué a pertenecer al lugar que me había acogido. Pasaba mucho tiempo sola, y mi capacidad de observación se volvió esencial para sobrevivir. Sentía nostalgia de ese mundo que me habían obligado a dejar, y entonces fantaseaba, provocando que mi memoria se confundiera con ese universo que comenzaba a crear en mi mente. En esas condiciones, leer y escribir se transformaron en mi refugio. Ambos constituían el único lugar donde podía vivir de la forma que añoraba, sin importar la distancia, la extrañeza, ni cuán difícil se volvía el mundo exterior. El papel no era solo un espacio de libertad sino también una compañía. Creo que cada una de mis novelas está marcada por esos sentimientos.

¿Qué aprendió de la sociedad británica?

Aprendí la tolerancia, el respeto por la diferencia. Aprendí la rigurosidad. Pude ver mi país desde la distancia y entender con más claridad de dónde venía y a dónde quería ir. • 

hveraalvarez@yahoo.com

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