El anzuelo de la apertura económica

 
 

Tania Mastrapa
Tania Mastrapa
Cortesía

Los comunistas jamás han sido reconocidos por su creatividad. Por lo tanto, el que haya estudiado bien sus métodos de desinformación, campañas de difamación e utilización de extranjeros ha de reconocer que las supuestas reformas de Raúl Castro siguen detalladamente el modi operandi de sus predecesores.

En 1921 con Rusia Soviética en condiciones desastrosas, Vladimir Lenin y sus compañeros comenzaron su campaña llamada la Nueva Política Económica (NPE) para normalizar relaciones con los países occidentales y atraer inversiones extranjeras. Lenin explicó que la meta de dicha contradicción con el marxismo era la de reenforzar el comunismo con el dinero de los capitalistas. El había declarado que los extranjeros, particularmente los occidentales, eran tontos, avariciosos y útiles. Tuvo razón. Y, para el que dude de estos hechos, las organizaciones marxistas han tenido la cortesía de proveer las comunicaciones escritas, charlas y órdenes de Lenin en línea.

Varias operaciones, inclusive las dirigidas por el infame asesino Félix Dzherkhinsky, desacreditaron y sembraron desconfianza entre los rusos exiliados, propagaron que el comunismo estaba en las últimas y difundieron que el cambio solo podía venir desde dentro del país. Este último era un enfoque primordial para que los exiliados y gobiernos no apoyaran a grupos opositores en el extranjero. Comenzó un movimiento de exiliados conocidos como los Smenovekhovtsy que publicaban los beneficios de formar relaciones estrechas con los soviéticos proponiendo que la colaboración política y económica les daría la oportunidad de influenciar la situación para crear una Rusia más liberal. Es decir, intentaron convertir el diálogo y relaciones comerciales en una política de orgullo nacional. Algunos burlaban y insultaban a los que no les siguieran la corriente. Las publicaciones resultaron ser patrocinadas por los rusos comunistas y varios de los miembros exiliados eran agentes de la policía secreta rusa.

Lenin contaba con la participación de periodistas, mujeres de sociedad, exiliados y hombres de negocio para ayudarlo con la NPE. Utilizó en particular a dos rusos-americanos, Washington Vanderlip y Armand Hammer, supuestamentes multimillonarios. Vanderlip no le sacó nada a su cabildeo en los EEUU para normalizar relaciones y Hammer les lavaba el dinero a los comunistas para su espionaje en el extranjero. Lenin y sus compañeros animaron a los exiliados rusos a regresar a sus país natal con las promesas de comercio libre, protección a sus inversiones, ganancias astronómicas y la gran oportunidad de arrendar las propiedades que la revolución les había confiscado. Los exiliados y extranjeros se tragaron el anzuelo.

En 1927, bajo el gobierno de Stalin, comenzaron los planes quinquenales para terminar con las “reformas” de la NPE. El gobierno se deshizo de sus marionetas acusandolas de corrupción, arrestándolas y a veces ejecutándolas. Para el año 1937 se habían confiscado las inversiones y se cerró la apertura tal como pensó hacer Lenin desde un principio.

Si Cuba va por este mismo camino sin la descomunización del gobierno, la recuperación de propiedades confiscadas continuará siendo un sueño.

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