Primero de una serie de 5

Surgen el caos ideológico y el extremismo político en el Chile de Allende

 

Especial para El Nuevo Herald

Estando en Freiburg en marzo de 1971, les dije a mis compañeros de estudio indonesios que deseaba irme a Chile con mi familia porque había terminado mis estudios de doctorado. Ellos me advirtieron sorpresivamente: “No lo hagas. Acaban de elegir a Allende y ése es un revolucionario. Todo va a terminar como en Yakarta.” No les hicimos caso, pero ciertamente recordé su advertencia al ver en la televisión el Palacio de Gobierno bombardeado y envuelto en llamas.

Vivíamos en Valparaíso, sede de la Armada y otros amigos me recomendaron poner la radio a las 5 de la mañana y esperar una señal: “Esculapio, Esculapio, Esculapio”. Era la señal de que la Escuadra estaba retornando al puerto principal abriendo así las compuertas a la intervención de las Fuerzas Armadas. A partir de eso, todo funcionó como un reloj suizo. El país fue ocupado vertiginosamente y comenzaba un proceso único en la historia de Chile.

¿Qué había ocurrido? ¿Cómo era posible eso en nuestro país, siempre estable y culto, respetuoso de las reglas de juego y siempre capaz de detenerse cuando las cosas se acercaban al abismo?

Chile es la cuarta democracia parlamentaria más antigua de la historia después de Estados Unidos, Inglaterra y Francia. En el siglo XIX, la sociedad chilena logró construir un “Estado en forma”, bajo la inspiración de Diego Portales, con instituciones sólidas pero sin conseguir su articulación real al mercado mundial y limitándose a ser exportador de materias primas.

Con ello surgió una situación política y social expuesta al extremismo político, al resentimiento social, la violencia y a la utopía marxista más agresiva.

El Partido Comunista (PC, iniciado con otro nombre a comienzos del siglo XX) se articuló desde un inicio al imperio soviético y su Cominform, obedeciendo con la más estricta observancia las indicaciones y órdenes estratégicas y tácticas de Moscú. Todos sus Secretarios Generales viajaban continuamente a la Unión Soviética de Stalin y recibieron permanente y abundante apoyo financiero.

Stalin mismo llevó a cabo personalmente purgas internas importantes para el control total de la sede chilena. Formaron desde un inicio “aparatos de seguridad militarizados” y manteniendo siempre una parte importante de sus militantes en la clandestinidad permanente. El Partido Comunista chileno, para la Unión Soviética, fue desde siempre el más relevante del movimiento comunista latinoamericano.

El Partido Socialista, por su parte, se formó en los años 30, ha sido siempre un conglomerado muy anárquico y su evolución histórica es más que incierta. Salvador Allende mismo, por ejemplo, escribió en su juventud textos extremadamente antisemitas y homofóbicos y luego, en 1939, como ministro de Salubridad del gobierno del Frente Popular, propuso una política eugenésica para mantener “la salud racial” que contemplaba la esterilización forzosa de todos los enfermos mentales que copiaba los decretos iniciales de Hitler al respecto ( Antisemitismo y Eutanasia, Santiago 2003).

CAOS IDEOLOGICO

El Partido Socialista ofreció también (a cambio de coimas) trato comercial preferente a la Alemania nazi e incluso le cesión de territorios en islas del sur para bases de submarinos nazis. Por otro lado, grupos “pequeñoburgueses” socialistas se identificaron con el ultrismo anarquista y el trotskismo más radical, inaceptable para los comunistas prosoviéticos.

Más tarde se iban a unir orgánicamente con el gobierno comunista cubano y su política revolucionaria creando contradicciones con el PC prosoviético. Este conflicto continuó hasta la era allendista.

Por un lado, Salvador Allende, incapaz de imponer una línea a su partido, fraccionado tribalmente, fue ungido por Ernesto “Che” Guevara como el líder de la OLAS, organismo tutelar de la guerrilla latinoamericana. Al mismo tiempo Allende siempre proclamaba a la Unión Soviética como “la hermana mayor de la revolución chilena”.

Allende también era masón y socialdemócrata, completando con ello el caos ideológico.

La “Revolución de la empanada y el vino tinto” carecía asi por completo de conducción y doctrina. Su vínculo con Guevara (al menos hacia afuera) era cordial. Al dedicarle un regalo, Guevara escribió: “A Salvador Allende, que busca lo mismo que yo por otros medios”, legitimando la utopía de una revolución marxista sin revolución violenta.

Se sabe, por otro lado del profundo desprecio que Castro y Guevara sentían por quien consideraban como un burgués incapaz de conducir y realizar una verdadera revolución. Proclamando —hacia fuera— la idea de proceder de acuerdo con la ley, tanto el PC como el PS siempre mantuvieron la política de preparación de la insurrección armada. Al comienzo de un modo más o menos artesanal y como para recibir el apoyo de Stalin primero y Castro después, y también a fin de tener sus aparatos de seguridad personalizados.

En un documento-informe confidencial que encontré en los archivos de la Alemania comunista, se refleja lo que realmente se pensaba de Allende en el entorno de los países europeos comunistas. “Es el más derechista de los camaradas, sólo actúa por vanidad personal y posee enormes capitales en grandes empresas chilenas”. ( Allende: el fin de un mito Santiago 2004).

CUBA PROMUEVE EL EXTREMISMO

Se entiende así que los cubanos promovieran intensamente desde un inicio el surgimiento de un movimiento extremista, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que desde los años sesenta intentó construir el Partido a partir del “foco guerrillero” guevarista que, efectuando “expropiaciones” y militarizando grupos de campesinos, debía instituir el partido realmente revolucionario.

A diferencia del PC prosoviético ellos no creían posible conquistar el gobierno por medios pacíficos y tampoco en una revolución democrática antiimperialista como etapa anterior a la revolución socialista con su dictadura del proletariado. Ellos no creían en la existencia de una burguesía “nacional” con la que pudiera realizarse una alianza porque ella ya era un aliado incondicional del “imperialismo”. La verdadera revolución incluía la inmediata construcción del socialismo.

Parte importante del Partido Socialista, ante la indecisión de Allende, se sumó a estas posiciones ultristas del MIR. El PC, por su parte, nunca fue capaz de imponerse a estos grupos y por todo ello se podía predecir desde el comienzo del gobierno allendista que lo único que podía resultar era el caos, la desarticulación anárquica del edificio social, político y económico de Chile.

El resultado electoral que le permitió a Allende asumir el gobierno fue muy escaso, poco más de un 30 por ciento, y con ello era obvio que la base social para cambios tan radicales era más que insuficiente y el voluntarismo de realizarlos a toda costa era absolutamente irresponsable.

LOS ERRORES DE FREI

La época anterior a la toma allendista del gobierno se caracterizó por las condiciones en que la dejó el gobierno democratacristiano de Eduardo Frei Montalva (1964-1970). Fue un régimen cristiano-populista que con propuestas políticas y económicas mal pensadas y en gran parte demagógicas, solo supo estimular el odio de clases y el resentimiento en vastas masas, particularmente campesinas.

Una reforma agraria precipitada y que buscaba imitar al comunismo aceleró la sindicalización campesina bajo un manto de cristianismo “distributivo”, a la vez que requisó propiedades agrarias en plena producción propagando entre los asalariados la convicción de que “el capital es despojo” y que la solución verdadera era el “comunitarismo” proteccionista del Estado.

Sin la capacidad y consecuencia del orden económico marxista, sin quebrar la economía de mercado, Frei condujo el país a la bancarrota. La deuda externa creció enormemente y la producción se redujo a límites intolerables. Todo ello fortaleció en vastos sectores de la población la creencia de que la verdadera solución a los graves problemas económicos y sociales solo era posible mediante una radical transformación del país.

Frei desafió públicamente a Fidel Castro para explicarles a los cubanos las ventajas de lo que Frei llamaba “La Revolución en Libertad”. Pero se llevó la gran sorpresa al escuchar que Castro aceptaba el desafío, con la condición de que Frei le permitiera viajar a Chile y decirles a los chilenos qué era una revolución y qué es lo que estaba ocurriendo en Cuba.

Como en otras ocasiones, Frei perdió el habla y nunca más habló del tema.

Y para los populistas cristianos no terminó ahí la cosa: prácticamente toda la Juventud Democratacristiana abandonó al partido y formó el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), partido declaradamente marxista-leninista, que había de convertirse en una de las agrupaciones que sobrepasaban a la Unidad Popular e hicieron imposible construir una línea estratégica coherente.

En las elecciones de 1970, el Partido Demócrata Cristiano (PDC) presentó a un candidato propio, Radomiro Tomic, que obtuvo apenas alrededor del 20 por ciento de los votos, pero logró dejar en minoría a las fuerzas democráticas. “Cuando se gana con la Derecha, es la Derecha la que gana”, proclamaba histriónicamente. Nunca se preguntó qué podía pasar si se ganaba con la izquierda, tal vez porque estaba convencido que su “comunitarismo” era realmente de izquierda.

EL RECONOCIMIENTO DEL PDC

Al conocerse el triunfo de Allende, Tomic —hijo de minero, pero arribado al patriciado— fue el primero en reconocerlo y abrazarlo públicamente. Con ello adelantaba la decisión de confirmar la elección en el necesario trámite de la aprobación por el Parlamento. Frei, vacilante, aceptó y el pueblo comenzó a llamarlo “El Kerensky chileno”, el que anunciaba el camino a Lenin.

El PDC chileno es un partido sin identidad doctrinaria. En su primera época se llamaron Falange Nacional como la de Primo de Rivera, el fascista español, y la denominación de entonces y su escudo de flecha con segmentos cortados la conservan hasta hoy. En un inicio sus líderes, Frei y Manuel Antonio Garretón, visitaron a Primo de Rivera, a los fascistas franceses e italianos (incluyendo a la Sede Fascista de Mussolini). Terminó la guerra y los camaleones se convencieron de “la urgente necesidad que los cristianos se ocuparan solidariamente de los países comunistas”. Frei llegó a proclamar, entonces, que “lo único peor que el comunismo es el anticomunismo”.

En el Senado, hacia los años sesenta un senador del PDC rindió un emotivo homenaje “al gran líder de los pueblos soviéticos, Vladimir Illich Lenin”. En los momentos en que Frei y su Democracia Cristiana (DC) apoyaron tras la elección de 1970 el ingreso de los comunistas al poder, el traicionado ideólogo del Humanismo Cristiano, Jacques Maritain, le hizo llegar una nota muy dura: “Los cristianos han sido puestos por Dios en el mundo para ser valientes, se necesita para eso la fe y la fuerza de una Juana de Arco...” ( La muerte del Camaleón. La disolución de la DC chilena. Eduardo Frei M y Jacques Maritain Santiago 2006).

Por su parte en la etapa inmediatamente anterior a la victoria electoral, el conglomerado pluriclasista de la Unidad Popular también tuvo enormes problemas para formular su Programa Básico. Decenas de interminables reuniones para terminar con un documento que debía dejar satisfecho a todos, esto es, a nadie. Ese programa es una mezcla informe de socialdemocracia, comunismo marxista-leninista, guevarismo, espontaneismo y anarquismo. Por eso es que cuando más adelante se plantearon situaciones que exigían una claridad y coherencia estratégica y táctica, la Unidad Popular careció siempre de lo más esencial: una identidad política real.

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