SEBASTIAN ARCOS CAZABON: Raúl Castro y EEUU

 

En un artículo anterior argumentaba que Raúl Castro intenta instaurar una "democracia controlada" usando de modelo una amalgama entre la Rusia de Putin y el tradicional caudillismo populista y antimperialista latinoamericano. ¿Cómo manejaría ese nuevo régimen las relaciones con EEUU?

Durante los últimos 50 años, la relación entre ambas naciones estuvo dominada por Fidel Castro, quien desde antes de 1959 ya había definido al conflicto con EEUU como el sine qua non de la Revolución Cubana y como la principal fuente de legitimidad interna de su régimen. Su colosal egolatría necesitaba un enemigo mucho mayor que Batista, uno que además le permitiera manipular a su favor el hipertrofiado nacionalismo cubano. Solo por eso, ignorando toda prudencia y racionalidad económica, provocó la ruptura con EEUU. En la cuenta de Fidel, el ejercicio del poder absoluto siempre tuvo prioridad sobre cualquier otro razonamiento, incluyendo el bienestar económico del país; lo político siempre se impuso a lo práctico, a lo racional, y a lo humano.

Las prioridades de Raúl Castro son distintas. Desde su confirmación como presidente, Raúl se ha estado construyendo sus propias fuentes de legitimidad, independientes de las que comparte con Fidel: la sangre, la Sierra, y la ideología. Para Raúl, que carece del carisma y la habilidad política de Fidel, el progreso económico es una de las fuentes esenciales de su legitimidad como máximo líder; mientras mejor coman los cubanos, más legítimo será su gobierno y el de sus herederos.

Pero sucede que las limitadas reformas que Raúl está dispuesto a implementar para mejorar la economía no contemplan el desarrollo vigoroso del mercado interno—al que temen—sino que buscan una inyección sustancial de capital y tecnología extranjeros. A estas alturas, todo el mundo sabe que la fuente natural del capital necesario está a 90 millas del Puerto del Mariel, y no me refiero al capital cubano exiliado, que aunque considerable, no sería suficiente. Para que prosperen sus reformas económicas Raúl necesita que EEUU levante el embargo. Al contrario de Fidel, en la cuenta de Raúl el mejoramiento de la economía es más importante para su legitimidad como máximo líder que la hostilidad permanente con EEUU.

Después que entierren a Fidel, Raúl se dedicará a remendar las relaciones con EEUU. Eso no quiere decir que las va a normalizar completamente. No. Un enemigo poderoso siempre será útil para atizar el nacionalismo y manipular la opinión pública nacional e internacional. El gastado "síndrome de plaza sitiada" del que tanto abusan los apologistas del régimen cubano seguirá siendo una excusa utilísima para justificar las escaseces materiales y espirituales, aun cuando La Habana reciba un nuevo embajador norteamericano. Parece contradictorio, pero no lo es.

No es inusitado que un régimen autoritario sostenga relaciones diplomáticas y comerciales con EEUU sin desmantelar el aparato represivo ni abandonar la retórica antimperialista. Algunos como Vietnam se han hecho aliados de EEUU, mientras otros como China siguen como enemigos estratégicos. Otros ejemplos más cercanos son Venezuela, Bolivia y Ecuador, que mantienen vínculos comerciales beneficiosos con EEUU mientras siguen acusando al "imperio" de todo tipo de conspiraciones contra la soberanía nacional.

Raúl puede aflojar inmediatamente la tirantez con EEUU liberando a Alan Gross y cooperando de lleno en temas de inmigración, terrorismo y narcotráfico, mientras continúa incrementando el comercio entre ambos países. Eso sería suficiente para sacar a Cuba de la lista de países que apoyan el terrorismo, lo que a su vez abriría la puerta al ansiado turismo norteamericano. Aunque de por sí este cambio representaría una mejoría considerable con respecto a la situación actual, el régimen cubano podría hacer más. Si el general-presidente se retira en el 2018 como prometió, sus herederos podrían implementar una campaña de reformas cosméticas que, sin ceder parcelas importantes de poder, catalicen la impopularidad del embargo y la frustración general por la falta de progreso en la isla, para convencer a Washington de que es hora de eliminar las sanciones económicas de manera incondicional.

Paradójicamente, al desmantelarse antes de tiempo las sanciones económicas, se perdería el único incentivo capaz de conducir a las reformas políticas y económicas que necesita Cuba para una transición legítima hacia la democracia y el libre mercado. Sería lamentable, tras décadas de sufrir oprobio a causa de su política con Cuba, que EEUU abandonara el embargo precisamente cuando éste podría ser el factor determinante entre una transición falsa y una legítima para la isla.

Director Asociado

Instituto de Investigaciones Cubanas Universidad Internacional de la Florida arcoss@fiu.edu

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