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Médicos cubanos son negocio lucrativo y arma ideológica

CARACAS

Aunque las reglas también dicen que no deben expresar "opiniones sobre asuntos políticos'' venezolanos, el componente ideológico de su misión es imposible de evadir. En casi todos, si no todos los edificios octagonales que albergan las clínicas cubanas aquí, se ven afiches del Che Guevara, de Fidel Castro y de Hugo Chávez.

En los grandes centros de diagnóstico y rehabilitación cuelgan de las paredes imágenes intrincadas pero toscas, como un Fidel Castro joven y armado, y algunos comparan su Movimiento 26 de Julio y el ataque al Cuartel Moncada en 1953 con la guerra que Chávez le ha declarado a la pobreza, las enfermedades y el abandono. La atención a la salud se representa como otra guerra y otra victoria sobre Estados Unidos.

Frank Cabrera, un médico de 30 años que poco antes de desertar hace dos años era uno de los jefes de la misión en el estado de Zulia, dice que los dirigentes del Partido Comunista de Cuba que supervisan la brigada en Venezuela le pidieron a él y a otros médicos que consiguieran por lo menos 20 votos a favor de Chávez en las elecciones del 2004. Dice que no lo hizo, pero de todas manera no le hacía falta hacerlo.

"Es así de simple: uno empieza a distribuir vitaminas entre la población en un momento crucial de las elecciones'', dice Cabrera, que ahora vive en Miami. "La gente sabe quién envía las vitaminas, de dónde vienen y quién las paga, de modo que deciden rápidamente por quién van a votar si consideran importantes las vitaminas. Y para la mayoría lo son.

La victoria de Chávez ese año, dice Cabrera, puede atribuirse en parte a la presencia cubana en Venezuela.

Pero para algunos venezolanos partidarios de Chávez, la participación cubana no va lo suficientemente lejos.

Rubén Martínez, un trabajador social a cargo de la Misión Barrio Adentro en el municipio El Libertador en Caracas, dice que muchos médicos se han ido en otras misiones a Pakistán o Bolivia, o a trabajar en grandes centros médicos en otras regiones de la propia Venezuela, de modo que de los médicos inicialmente asignados a Caracas hace cinco años solamente quedan 400.

Y ésos, dice, no practican el tipo de adoctrinamiento político que el país necesita.

"Esta es una sociedad burguesa, una sociedad de consumo'', dice Martínez. "Podríamos aprender mucho de los cubanos si estuvieran dispuestos a enseñarnos, pero ya están demasiado ocupados''.

Un día normal para un médico cubano de Barrio Adentro empieza temprano en la mañana. Algunos tienen que caminar varios kilómetros bajo el sol y subir y bajar colinas para visitar pacientes que no pueden salir de casa o que han perdido a su médico local que se ha ido a otra misión. Comen lo que pueden cocinar de las raciones que les da el gobierno: arroz, aceite, frijoles, harina, azúcar, leche en polvo, sardinas, pollo, mantequilla, mayonesa, café y carne enlatada.

No pueden aceptar carne ni ir al cine, a bares o discotecas. Para tener amistades ajenas a su trabajo tienen que pedir autorización a los supervisores. Tienen que asistir a reuniones políticas en que se discuten asuntos mundiales y noticias de Cuba. No pueden conducir vehículos, visitar otros estados del país, ni tener opiniones contrarias a las del gobierno o su sistema de atención de la salud. Deben regresar a su residencia para las 7 p.m., se les indica, por razones de seguridad.

Varios médicos han muerto en Venezuela víctimas de delitos. Las cifras son difíciles de precisar. Martínez dice que conoce de cuatro casos de asesinato, pero algunos dicen que la cifra es mucho mayor, tal vez 14.

La doctora de la blusa roja termina de almorzar y después de una conversación de dos horas, pide que la lleven en auto a su casa. Sus compañeras de residencia podrían notar su ausencia y no quiere provocar sospechas. Dice que está tan bien vista por sus colegas que ahora es supervisora. Con frecuencia asiste a reuniones en las que no habla y trata de no poner los ojos en blanco como reacción a la retórica.

"Si supieran lo que estoy pensando'', dice. Su idea más obsesiva es cómo escapar. Dice que necesita $2,000 para un boleto de avión y un lugar donde quedarse después de desertar antes de conseguir la visa estadounidense.

Rechaza con cortesía la oferta de postre o café. Está muy nerviosa y no puede comer más. Llévenme a casa, suplica, y especifica que la dejen en la esquina, lejos de la vista de sus vecinos y colegas.

"Es peor que en Cuba'', dice en voz baja al bajarse del carro.

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