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Cinco días que conmovieron a la embajada de Estados Unidos en Cuba


Pasajeros procedentes de La Habana desembarcan de un avión de Pan American en el aeropuerto de Miami en enero de 1961. Los viajeros abandonaron la capital cubana luego de la ruptura de las relaciones diplomáticas entre ambas naciones.
Pasajeros procedentes de La Habana desembarcan de un avión de Pan American en el aeropuerto de Miami en enero de 1961. Los viajeros abandonaron la capital cubana luego de la ruptura de las relaciones diplomáticas entre ambas naciones.
AP

El Nuevo Herald

Al triunfo de la revolución, el primero de enero de 1959, el reto logístico de la embajada era enorme. Cuba albergaba a 7,839 residentes y 1,300 turistas estadounidenses, la mayoría de los cuales quería saber qué hacer, a dónde ir, qué pasaría con ellos.

Por eso no fue sorprendente, aunque sí agotador, que en los primeros cuatro días de enero, la embajada recibiera 12,000 llamadas telefónicas en los seis aparatos que funcionaron día y noche en la Oficina de Bienestar (Welfare Office), de acuerdo con un reporte de esa dependencia.

Ante la noticia, los sentimientos de los norteamericanos tenían diferentes tonalidades de nerviosismo. Algunos lo tomaban tranquilamente, como una aventura, pero muchos querían salir de la isla de inmediato, intimidados por las aún frescas versiones de los secuestros de personal civil y militar cometidos por los rebeldes.

Probablemente la mayor provocación en ese sentido ocurrió en la tarde del 27 de junio del año anterior, cuando los guerrilleros secuestraron a 24 pasajeros de un autobús de la base naval de Guantánamo, entre quienes se encontraban 11 marinos. Los demás eran trabajadores civiles de la base.

Indignado, el embajador Smith, quien había sido campeón de boxeo en sus años de universidad, consultó con sus supervisores la posibilidad de divulgar un comunicado en el que se contemplaba la acción militar si el Movimiento 26 de Julio no liberaba a los detenidos.

El Departamento de Estado pidió calma y consideró que la amenaza crearía una tensión problemática para los rehenes, que finalmente fueron liberados.

Smith nunca estuvo a gusto con la actitud relajada de su gobierno ante la creciente amenaza del movimiento revolucionario cubano. Aseguraba que Castro no hubiera podido llegar al poder sin la ayuda de Estados Unidos. El ex financista de Wall Street que fue alcalde de Palm Beach, renunció a su cargo en la embajada a los pocos meses del triunfo de la revolución. Falleció en 1991.

"Era un hombre pragmático que no tuvo tiempo de mostrar el carácter de interventor norteamericano de los embajadores anteriores; parecía diferente, ése era el sentir de la gente de a pie del movimiento'', señaló el historiador José Alvarez, quien militó en el Movimiento 26 de Julio.

Mientras el representante de los rebeldes en Estados Unidos, Ernesto Betancourt, defendía el carácter civilizado de la revolución, el asedio a las empresas estadounidenses no se podía ocultar. Centrales azucareras y complejos mineros como la planta de níquel en Nicaro, fueron constantemente objeto de sabotajes.

Según un informe de octubre de 1958 del Departamento de Estado, las pérdidas de las empresas estadounidenses por las acciones de los rebeldes en los nueve meses corridos de ese año sumaban $2.2 millones (unos $14 millones de hoy). Las más afectadas eran las centrales azucareras, por la destrucción de las plantaciones de caña.

Cada vez que alguna de estas incursiones tocaba intereses de Estados Unidos, funcionarios del Departamento de Estado y diplomáticos de La Habana protestaban ante Betancourt, representante del Movimiento 26 de Julio en Washington y recaudador de fondos para los rebeldes.

Ante él se quejaron de los secuestros no sólo de los marinos sino de dos empleados de Texaco en Santiago; del cobro de $10,000 a un complejo azucarero por parte del movimiento para financiar la compra de armas, y de la distribución de propaganda antiestadounidense.

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