Cinco días que conmovieron a la embajada de Estados Unidos en Cuba

Por GERARDO REYES
El Nuevo Herald
La pregunta quedó sin resolver.
Ninguno de los miembros del somnoliento equipo del embajador de Estados Unidos en Cuba, Earl E. T. Smith, se atrevió a dar una respuesta definitiva cuando el diplomático preguntó si alguien tenía idea de qué clase de gobierno impondrían los rebeldes del Movimiento 26 de Julio que a esa hora escalaban al poder en La Habana.
Eran las 10 de la mañana del primero de enero de 1959 y Estados Unidos no sabía si Fidel Castro era comunista.
"Nuestra información sobre el asunto hasta hoy es peligrosamente inconclusa'', escribió Smith un mes antes, en un telegrama secreto, al pedir ayuda a sus jefes en el Departamento de Estado para establecer "más allá de cualquier duda'' en qué medida el movimiento de Castro estaba penetrado por el comunismo internacional.
Quizás fue esa desorientación política, esa peligrosa incertidumbre, la que determinó en gran parte la angustia y confusión que se vivió en la sede diplomática en los días siguientes al triunfo de la revolución, cuando miles de estadounidenses, entre residentes, estudiantes y turistas, pedían información a su gobierno sobre cómo salir de la isla.
Los tropas de Castro y la embajada, los dos centros de poder más organizados en medio del desconcierto, no sabían en qué dirección se movería el otro y cada uno seguía muy de cerca las maniobras del contrario.
Armados de desconfianzas y expectativas, ambas fuerzas pulsaron su autoridad procurando imponer sus órdenes. Estados Unidos estuvo a punto de enviar submarinos y fragatas de guerra para rescatar a los americanos. Pero al final, ambos poderes terminaron por entenderse en las cosas prácticas sin un solo disparo ni un rasguño de por medio.
La feroz batalla ideológica vendría después y estaría marcada por esa misma sensación de oscurantismo que confesó Smith en su telegrama, pero esta vez a nivel presidencial.
En efecto, el propio presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, a menos de cinco días del triunfo de la revolución, se reunió con el director de la CIA, Allen Dulles, para reclamarle que ‘‘por una u otra razón los elementos principales de la si-tuación cubana no le habían sido presentados'', según un reporte de la reunión.
Los detalles de cómo se vivieron esas horas de tensión tras las paredes del edificio de la embajada de Estados Unidos en el malecón habanero quedaron plasmados en laboriosos informes que llevan sellos de "secreto'' y "ultra confidencial'', escritos por los funcionarios diplomáticos en escapadas fugaces de la febril jornada de evacuación.
Los documentos han sido desclasificados, y hoy, 50 años después, ofrecen una fascinante perspectiva de un momento que cambió la historia de ambos países.
El Nuevo Herald examinó decenas de dichos documentos en los Archivos Nacionales de Washington.
Minutos antes de que el avión que llevaba al depuesto dictador Fulgencio Batista a Republicana Dominicana partiera del aeropuerto de la base militar de Columbia, a las 4 de la mañana, la embajada recibió una llamada del ministro de Relaciones Exteriores, Gonzalo Güell, anunciando la salida del país del mandatario.
Antes del amanecer los principales funcionarios diplomáticos se reunieron en la embajada y autorizaron la difusión radial de una advertencia a los ciudadanos estadounidenses para que permanecieran en sus casas y hoteles.
"Se esperaba en general que el colapso del gobierno de Batista resultaría en un quebrantamiento de las fuerzas del orden y desataría pasiones violentas que traerían el caos y el derramamiento de sangre a la ciudad hasta que el orden fuese establecido por las fuerzas de la revolución'', escribió Smith en su resumen de la jornada.
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