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La familia: la gran víctima del castrismo


Sadi Alonso aprieta un cuadro con la foto de su primo Leonin Ojeda, quien falleción en un intento de llegar a EEUU en una balsa.
Sadi Alonso aprieta un cuadro con la foto de su primo Leonin Ojeda, quien falleción en un intento de llegar a EEUU en una balsa.
Roberto Koltún / El Nuevo Herald

El Nuevo Herald

De acuerdo con un estudio del Multilateral Investment Fund (IMF), adscrito al Inter-American Development Bank, conjuntamente con la organización de análisis político Inter-American Dialogue, con sede en Washington, D.C., las remesas de los exiliados a sus familiares en el 2002 alcanzaban $1,094 millones. El investigador Manuel Orozco, del IMF, establece que antes de que se implementaran las restricciones de viajes y envíos de dinero a Cuba el 30 de junio del 2004, tan sólo la industria informal de remesas disponía de unas 3,000 "mulas'' que daban 20 viajes por año cada una con cantidades entre $6,000 y $10,000.

Este panorama, que pasa por alto a los exiliados en América Latina, Europa, Africa y Australia (con importantes comunidades en Sydney y Melbourne), muestra en cifras las dimensiones de la preocupación del exiliado por la familia que ha quedado atrás, un drama con millones de escenarios. La leyenda del éxito del exilio cobra su realidad en la imparable cubanización del sur de la Florida y en el apogeo de una elite cubanoamericana capaz de proyectar su músculo político y económico en la Casa Blanca, bajo administraciones republicanas o demócratas. Otro cantar es el costo humano de esa travesía, que va a marcar el carácter de la nación en el porvenir. Y lo mismo en la estructura de la mayoría de sus empresas como en sus aspiraciones de progreso y la nostalgia por la patria lejana, prima la voluntad del exiliado por reconstituir y preservar su familia.

Las líneas de origen, raza, credo, clase, género, educación y edad convergen en esa sólida matriz del reencuentro. A pesar del enconado debate político entre algunos sectores, el denominador común del exiliado reside en su inserción en un núcleo afectivo extendido a la isla; en los más viejos, fallecidos ya sus familiares y amigos de juventud, el vínculo se aferra a una memoria que idealiza sus esplendores no porque todo pasado sea mejor sino porque el presente cada día es peor.

El exilio registra varias oleadas con características muy precisas, desde la estampida de la burguesía y la alta clase media a principios de la década de 1960 hasta la heterogénea muchedumbre de marielitos y balseros. (Por vía legal, arriban cada año otros 20,000). Día tras día, sabemos de nuevas rutas de contrabando a través del Estrecho de la Florida o la frontera con México, sin mencionar a quienes se arrojan al mar por su cuenta. Puede que esta confluencia de elementos disímiles atente contra una unidad política. En verdad, muchos de los recién llegados eluden cualquier activismo. Lo cierto es que, con los defectos y virtudes de unos y otros, se ha ido forjando una singular manera del ser cubano. A veces, las señas de identidad de esta cubanía ultramarina son más rotundas que aquellas afincadas en territorio nacional. En todo caso, suelen circular en una atmósfera menos asfixiante.

Tardaremos décadas en componer los episodios de este descomunal tapiz. Una pieza, sin duda, enhebrada en el dolor. Hasta en la picaresca del exilio se escuchan en sordina los sollozos. ¿Quién no ha oído hablar del gondolero cubano que derrama los boleros de Frank Domínguez por los canales de Venecia? ¿O del marino mercante que saltó en el Canal de Suez y ahora conduce a los turistas hacia las pirámides sobre unos camellos arreados como se arrean los bueyes en Cabaiguán? ¿O del marielito que encantaba serpientes, ataviado con turbante y daga del Punjab, en la Quinta Avenida de New York? ¿Acaso en su soledad, su temor al fracaso y su añoranza no se igualan al guajiro que se echa dos trabajos de factoría apenas pone un pie en New Jersey, al cirujano que ha de pasar el resto de sus días al timón de un taxi en Chicago, o al millonario que dispuso en su mansión de Coral Gables una habitación para la madre muerta antes de obtener su permiso de salida o para el hermano arrebatado por la corriente del Golfo?

Pericles, que supo medir la inmortalidad de los hombres y la mortalidad de los dioses, sentenció que nadie deja por herencia lo que está escrito en la piedra de sus monumentos, sino lo que haya escrito en la vida de los demás. Nada bueno podrá leer la posteridad acerca de Fidel Castro en las trágicas páginas de la familia cubana.

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