Fin de la era de la revolución

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Por JORGE CASTAÑEDA
Especial para El Nuevo Herald
La izquierda latinoamericana que seguía siendo adepta de la revolución cubana, aunque ya no lo fuera de su táctica y su estrategia, continuaba siéndolo de su teoría derrotada y de su proyecto fracasado. Así, el proyecto se hallaba ya profundamente desacreditado en la región, y por tanto la influencia cubana resultó ser tan perniciosa y contraproducente en materia del proyecto como en lo fue en la táctica y en la estrategia en los decenios anteriores.
La izquierda latinoamericana pagó muy caro el soplo o vendaval de aire fresco que le proporcionó la revolución cubana. Solo las izquierdas que en lo hechos y de preferencia también en el discurso se han alejado del proyecto cubano han prosperado. Y a la inversa, las que han permanecido fieles al esquema completo a lo largo de los últimos 45 años han padecido los estragos de su lealtad.
El balance de Cuba como modelo es entonces ambivalente pero muy sesgado hacia el fracaso: a pesar de las innumerables vidas que costó la lucha armada en América Latina; a pesar del enorme subsidio soviético a la isla durante más de un cuarto de siglo; a pesar de la exaltación por incontables adeptos de la revolución cubana en América Latina y en el mundo entero, los resultados son magros. Su logro más importante --la conquista de una dignidad nacional antes ausente, debido al estatuto semicolonial de la isla-- aun suponiendo que el cuarto de siglo bajo la férula soviética no lo haya mermado, era --y sigue siendo-- por definición inextensible al resto de la región.
Ningún país padeció los estragos de un sometimiento tan extremo a Estados Unidos, y los grandes países del hemisferio habían superado ese déficit de identidad nacional con muchos decenios de anterioridad. Por tanto se podría uno atrever a afirmar que la izquierda latinoamericana no rebasará la disyuntiva actual de administrar el estatus quo o de instalarse en la estridencia retórica petrolera mientras no se destete de La Habana.
Ahora bien, ¿qué posibilidades existen de que esto suceda, ya dejado atrás el Caudillo del Caribe? Es difícil saberlo. Las complicidades, las amistades, las deudas en el buen y mal sentido de la palabra, la atracción sempiterna del nacionalismo antiamericano en buena parte del hemisferio, los petrodólares de Hugo Chávez, la enorme impopularidad de la administración anterior en Washington en el mundo y en la región, son todos ellos factores que abogan en contra de ese destete. La lista de amigos y amigas del desplazado Fidel Castro es interminable, desde los más distinguidos como García Márquez y Saramago, hasta los más acaudalados como Ted Turner o carismáticos como Oliver Stone, pasando por Nadine Gordimer y Nelson Mandela del otro lado del mundo, pero incluyendo también personajes locales de menor universalidad pero no por ello menos influyentes, como los periodistas Julio Scherer, Miguel Bonasso, Joaquín López Doriga, los políticos populistas de antes y de hoy como Evo Morales, Daniel Ortega y Ollanta Humala, los escritores menores como Mario Benedetti y Paco Ignacio Taibo II, y genios mayores y nonagenarios como Oscar Niemeyer.
No va a ser fácil que una izquierda latinoamericana aún obnubilada por personajes emblemáticos, íconos y fantasías pueda fácilmente desprenderse de su pasado, sobre todo si el régimen cubano perdura, por lo menos algunos años, ya bajo la conducción de Raúl Castro y la siguiente generación.
Lo más probable es que el aggiornamento definitivo y completo de la izquierda latinoamericana sólo sucederá, al igual que en Europa, cuando se produzcan dos acontecimientos: en primer lugar, la apertura de archivos, memorias, videos, secretos y vergüenzas, y se sepa de todas las relaciones inconfesables que existieron entre diversos sectores de las élites latinoamericanas con La Habana a lo largo de casi medio siglo. Y en segundo lugar, cuando se pueda hacer un verdadero balance, transparente y objetivo, de los logros y fracasos internos de la revolución cubana: educación, salud, vivienda, racismo, desigualdad, pobreza.
Sólo cuando podamos medir los avances y retrocesos cubanos, en estos rubros, con el mismo rasero y la misma transparencia con la que se miran en el resto de América Latina, sabremos realmente qué pasó. Antes será difícil que se desvanezca la nostalgia y se borre el recuerdo del asalto al cielo que no fue.
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