La Iglesia cubana vive, sufre, espera y trabaja

Por JOSE CONRADO RODRIGUEZ ALEGRE, Pbro
Especial para El Nuevo Herald
Esta Iglesia, reducida a su mínima expresión comenzaría un largo peregrinar en circunstancias adversas. Los primeros años de confrontación supusieron el abandono de la Iglesia por parte de los que optaron por la revolución, por las razones que fueran: por convicción, por arribismo o por temor. Y el éxodo al exterior, que ha significado una constante sangría para la Iglesia. El ‘‘fervor revolucionario'', y el carácter mesiánico del marxismo, unido al carisma personal del ‘‘líder máximo'' como movilizador y manipulador de masas, más el control casi absoluto de la información y de los medios de comunicación, le dieron al proceso ese carácter cuasi religioso, que se pudo observar sobre todo en los años 60 y que aún perdura en las regiones más aisladas y empobrecidas del país. Cuando se habla del carácter "confesionalmente ateo'' del Estado hasta los años 90, de lo que se habla es de esta dimensión de "Iglesia militantemente atea'', y por eso, opuesta a toda otra Iglesia, desde el poder del Estado y con el control absoluto de sus instituciones jurídicas, legales, económicas y políticas.
Este carácter "religioso'' del sistema, se apoyó además, en la "bondad'' y "elevada moralidad'' del proceso y de sus líderes, dioses a un tiempo cercanos y lejanos: envueltos en el aura de su fama pública y su vida personal y familiar, privada, celosamente oculta. Los ideales internacionalistas, los logros en los servicios sociales (educación, salud, deportes, atención a los minusválidos) dentro y fuera de las fronteras nacionales, van acompañados por la imposibilidad de cuestionamientos o críticas. Por otra parte, se vive el contraste de un paraíso del que los beneficiarios quieren huir. El resultado final es una población empobrecida y sumida en la desesperanza, a pesar de sus ansias de vida mejor en todos los sentidos.
Definir como "persecución religiosa'' lo ocurrido en los primeros años y pensar que esto terminó en el 61, significaría no comprender bien la política del Estado cubano con relación a la iglesia y los cristianos. Se dice que Fidel Castro afirmó "que no haría mártires'', como ocurrió en otros países comunistas. Lo que significó que habría grandes restricciones a la actividad de las iglesias, pero sería una represión de baja intensidad. Cuando se crea la UMAP, (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), en realidad campos de trabajos forzados, sacerdotes, seminaristas y jóvenes cristianos fueron encerrados en estos campos, con personas consideradas enemigas de la sociedad (homosexuales, desafectos de la revolución, alcohólicos).
La revolución se impuso: las nuevas leyes sociales, la promoción de las clases más pobres y humildes, como la escuela obligatoria y el acceso a los estudios superiores para miles de jóvenes, incluidos los hijos de los campesinos, el trabajo para todos (llegó a ser obligatorio y el no trabajar, hasta causa posible de encarcelamiento) formaron parte de este complejo proceso de 50 años de socialismo fidelista en Cuba. Una amplia (y agresiva) política internacional, hizo a Cuba estar militarmente presente en muchos países. Con el final de la Guerra Fría, esa presencia se ha ido reorientando a campos como la medicina y la educación y, por supuesto, el lobby político.
La estrategia del miedo
En Cuba no se "cerraron las iglesias'', sencillamente, la gente tenía tanto miedo a las represalias sociales que entrañaba identificarse como "religioso'', que dejó de asistir a ellas. Las iglesias se vieron reducidas a su mínima expresión. Pero sobrevivieron. El largo camino de la restauración, se hizo posible por el testimonio de esas pequeñas comunidades, y la labor de los obispos y los pocos sacerdotes, religiosos y religiosas y por supuesto, por el trabajo de los fieles. La organización laical más importante, la Acción Católica, fue finalmente disuelta, a mediados de los años 60. Pero los laicos se hicieron cargo de la labor catequética, litúrgica, y asistencial, en especial de ancianos y enfermos, en el seno de la comunidad cristiana. En el año 67, con su lúcida mirada de profeta, Mons. Enrique Pérez Serantes, volvería a dar en el clavo, cuando dijo a un visitante extranjero: "llegamos a confiar demasiado en nuestros colegios y en nuestras instituciones, al final nos hemos dado cuenta de que sólo Dios basta''.
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