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Una cultura partida en dos


Bebo Valdés, exiliado desde principios de los sesenta y renuente a visitar Cuba mientras no sea una democracia es el padre de Chucho Valdés prominente artista residente en la isla.
Bebo Valdés, exiliado desde principios de los sesenta y renuente a visitar Cuba mientras no sea una democracia es el padre de Chucho Valdés prominente artista residente en la isla.
AP Photo/Paul White

Especial para El Nuevo Herald

Por último, conviene atender aun a otra circunstancia. Todo proyecto sociocultural que se define como revolucionario, y especialmente si se ha mantenido en el poder durante medio siglo, requiere ser juzgado a partir de la correlación entre las fuerzas que despertó o desató y la manera en que éstas encontraron en la nueva sociedad el cauce para desarrollarse plenamente. Desde esa perspectiva, la historia de la cultura ‘‘revolucionaria'' cubana del último medio siglo es la historia de la permanente negociación entre los artistas y el Estado de los márgenes de libertad que pueden permitirse los primeros. Una historia, pues, de mecanismos de censura y represión a la libertad artística en un vaivén que, como bajo toda dictadura totalitaria, ha conocido períodos de relativo "deshielo'' y episodios de la más feroz represión.

Sin una estrategia cultural definida a la fecha del triunfo revolucionario, la política que el gobierno revolucionario acabaría implementando se desarrolló durante los primeros meses en un ambiente de relativa anarquía, y marcado por el entusiasmo que sacudía a buena parte de los artistas cubanos.

Hay tres sucesos que tuvieron lugar en fecha tan cercana al triunfo como la primavera de 1959 que muestran la ambición que tenían los intelectuales afines a la revolución y dan testimonio de la manera en que el nuevo gobierno se mostraba dispuesto a satisfacerlas. El 23 de marzo de 1959 los lectores cubanos se encontraron con la primera edición del tabloide Lunes de Revolución, un suplemento cultural llamado a ‘‘revolucionar'' la propia revolución que lo auspiciaba. Al día siguiente, 24 de marzo, un decreto del Gobierno revolucionario establecía el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC). Un mes más tarde, el 28 de abril, se creó, por ley, la Casa de las Américas.

Lo que esas tres instituciones representaban y la suerte que corrieron sirve para detectar tres apetencias que la revolución despertó y abrigó desde sus albores. También define, como en una foto fija, el curso de la cultura en la revolución. Por una parte, Lunes mostró el anhelo de una generación que buscaba acceder al vórtice de la historia nacional e internacional con un nuevo discurso afín a las ideas filosóficas y artísticas que dominaban los debates intelectuales de la década que se cerraba y romper, a la vez, con una idea de la cultura cubana que repudiaban. Por otra, en el caso del ICAIC, la voluntad de algunos gremios artísticos de instituirse en entidades autónomas que, aun cuando fieles a la revolución o capaces de cohabitar con ella, pudieran mantener cierto margen de independencia. Por último, la Casa de las Américas era --y lo continúa siendo aunque ya en forma severamente devaluada-- una institución en la que encarnaba la que ha sido una estrategia permanente del régimen castrista: la conversión de la cultura en una herramienta de la proyección internacional de la revolución cubana.

Aquellos mimbres con que se tejió el fundamento de la relación entre cultura y poder revolucionario crearon un cesto donde no todos cabían. Un marco que se fue estrechando cada vez más a partir de la institucionalización de la cultura y el decisivo avance hacia la sovietización del milieu intelectual. La serie es harto conocida y, por fuerza, breve el recuento que anoto: la censura a P.M., el documental auspiciado por Lunes de Revolución; el cierre de aquel suplemento y el exilio de Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante, sus principales animadores; la creación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la conversión de la disidencia literaria en disidencia política; la progresiva desaparición de manifestaciones de la cultura popular asociadas al catolicismo o los ritos afrocubanos; el llamado "Caso Padilla", puerta de entrada al llamado "Quinquenio gris"; el ostracismo al que se condenó a los intelectuales que no comulgaban con el régimen unipersonal establecido en Cuba; la noción de "espacio experimental'' surgida en los ochenta para enfrentar a artistas nacidos después de 1959 y renuentes a participar de la lógica institucional propuesta por el régimen; la extorsión, a partir de los noventa, a los artistas cubanos que trabajan fuera de Cuba, aunque continúan viviendo allí. En definitiva, medio siglo de censura y de sometimiento de la cultura cubana a una revolución que creyó regalar al país el cumplimiento de su destino.

La sujeción al férreo control del estado y la realidad de una nación dividida, con la consiguiente dificultad de acceso a la totalidad de la cultura producida en la isla y el exilio que ello implica, han dejado una impronta decisiva en la evolución de la cultura cubana del último medio siglo. Las tres variables ya presentes desde los primeros meses y que anotaba antes --diversidad y cosmopolitismo, autonomía desde la fidelidad y utilización de la cultura para ensalzar la revolución-- han continuado marcando el juego cultural dentro de la Cuba revolucionaria. Y como desde aquellos momentos inaugurales, la diversidad ha sido sinónimo de disidencia y ha sido aplastada con regularidad. Desde el exilio, libres de la sujeción a la política cultural del castrismo, decenas de miles de cubanos han trabajado a favor de la cultura cubana. Lo han hecho creando revistas y editoriales, actuando o bailando sobre las tablas de teatros de medio mundo, componiendo y ejecutando música, escribiendo libros donde Cuba ha estado más o menos presente, mostrando, en definitiva, que la cultura cubana no es la "cultura revolucionaria".

La cultura cubana, en la isla y el exilio, ha viajado durante el último medio siglo en buque cuya singladura marcó el triunfo de la revolución de 1959. A pesar de aquel ‘‘miedo'' que denunció Virgilio Piñera y de la formidable maquinaria de la cultura oficial, los cubanos han demostrado que el talento y el amor por la cultura escapan al feroz abrazo de la coerción.

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