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El horror del presidio político

Especial para El Nuevo Herald

La obsesión por narrar la experiencia con exactitud, reflejar el color del espanto y el miedo, el orgullo y el desafío, nos embarga. Y nos atascamos donde no podemos, quizás por soberbia, en nuestro sufrimiento. Que no debemos mostrar al mundo desnudo, porque si bien es verdad que los pueblos odian a los verdugos, también un exceso de compasión se convierte en desprecio por las víctimas.

En el umbral de una transición histórica, la nomenclatura comunista sabe que con el presidio se cometió un error garrafal, error que no tiene arreglo. Lo ha dicho varias veces Fidel Castro. Lo repitió meses atrás Carlos Lage Dávila durante una visita a Venezuela: "En Cuba jamás se ha torturado a un preso político''. Lo gritan, lo proclaman, lo juran. Hace unos días nos decía Ramiro Gómez Barruecos, nuestro compañero entrañable en la prisión de Isla de Pinos: "No es que nos teman a nosotros, lo que sienten horror es por los crímenes que cometieron contra nosotros''.

Tiene razón: cuando el mundo conozca la barbarie de la Cárcel de Mujeres de Guanajay, las celdas tapiadas de Boniato y el Plan de Trabajo Forzado de Isla de Pinos, se asombrará de la infinita capacidad de crueldad de un gobierno contra un puñado de mujeres y hombres desarmados e indefensos.

Las experiencias históricas anteriores son inapreciables para leer el futuro. De la misma manera que no se pudieron ocultar los horrores de Adolfo Hitler y Josef Stalin, de Augusto Pinochet y la junta militar argentina, de Francisco Franco Bahamondes y Rafael Leónidas Trujillo, no se podrán ocultar los crímenes de Fidel Castro. La historia tiene una pala que desentierra mágicamente los crímenes políticos de la humanidad. El asesinato carece de ideología, a la tortura no puede defenderla ninguna bandera, la furia ciega del martillo enloquecido y feroz contra un yunque indefenso no lo puede reivindicar nadie.

Hoy el gobierno de Cuba es el habla y el mundo la escucha. Y nosotros, ¿quiénes somos? Un puñado de sobrevivientes que carecemos de todo salvo vergüenza, que morimos todos los días lentamente de asco. Con el silencio congelado en el pecho. Esperando el minuto. Nuestro minuto de tomar la palabra y ensordecer y avergonzar al mundo a gritos.

Entonces cobrará vida el cuerpo del guajiro Mayimbe, junto a la escalera del cuarto piso de la Circular 3. Con un ojo de menos por un bayonetazo. Mayimbe se arrastra a gatas dando alaridos, resbalando sobre su propia sangre, buscando el piso a tientas y tratando de colocarse inútilmente el ojo casi partido en dos en la cuenca vacía.

Cobrará vida el cuerpo de oro triturado de López Chávez, muerto en una huelga de hambre, colocado en una camilla con una sábana mugrienta por encima, la piel en los huesos, los ojos perdidos en las órbitas sanguinolentas, los labios cuarteados por la resequedad y las moscas rondando su cadáver. Aquel cuerpo de oro abandonado, desgastado hasta que parece un niño, en sólo un puñado de días en huelga, un hombre convertido en niño, un hombre convertido en ángel sin alas y que ni muerto podía volar de aquellas rejas al cielo.

Al igual que Pedro Luis Boitel, líder del estudiantado cubano y caído en la lucha por reclamar derechos fuertes como puños que no se concedieron. ¿Y la huelga de 31 días en La Cabaña? ¿Y la de 21 días en Boniato? ¿Y la espantosa de hambre y sed en el Mijial? ¿Será posible que un día el mundo se entere de estos horrores y las huelgas más prolongadas y numerosas del siglo XX se cuenten en los libros de historia de Cuba? ¿Cobrarán vida esas huelgas, se sabrá cómo, con qué argumentos, el castrismo dejaba morir a sus opositores en nombre de una libreta de racionamiento vacía y una soberanía vendida a la Unión Soviética a cambio de poder mundial para un solo hombre? ¿Habrá un día en que no sea un secreto y se pueda contar todo en voz alta en todo el continente americano? ¿Se develarán lápidas, se excavarán tumbas y el flash de las cámaras cegará silencios y desvergüenzas pasadas? ¿Se volverán a escuchar en ciertas noches de poca brisa y silencio ensordecedor el sonido de un jeep avanzando sobre la gravilla, el ruido seco y sordo de la frenada y luego voces de mando confusas, seguidas de los gritos crispantes y agónicos de ¡Viva Cuba Libre! y ¡Viva Cristo Rey! y la descarga final de los fusiles? Y el horror de escuchar, entre aplausos, los gritos de mujeres y niños frente al asesinato de un ser humano. Y luego el tiro de gracia, sordo y seco, lo más macabro de este crimen. Que se documentarán al mundo en cientos y miles, hasta que a Fidel Castro, definitivamente, la historia no sea capaz de absolverlo.

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