• El cierre también fue intenso, recreando un rave, con beats de música dance y bailarines agitando tubos de luces fluorescentes.
  • El cruce de culturas y géneros musicales fue alucinante.
  • Una bailarina, cual visión de la diosa hindú Lakshmi, con pantalones dorados, un top fucsia, larguísimas uñas metálicas y una majestuosa corona sedujo con una exótica danza mientras se escuchaban los beats del Medio Oriente de Til I Get To You.
  • Múltiples cambios de vestuario y ambientación le permitieron ensamblar una fiesta audiovisual tan ecléctica como completa.
  • Uno de los momentos más conmovedores fue cuando el cantante se dirigió al público, haciendo una pausa para reflexionar sobre la situación del mundo antes de cantar Somos la semilla, tema que dedicó a los que sufren.
  • La escenografía estuvo insuperable. Inmensos gongs tibetanos cuyas vibraciones elevaban la energía del teatro, rampas deslizables, humo, torres metálicas por las que sus bailarines se treparon y el propio Martin subió como el hombre araña, dos pasarelas iluminadas que se unían a una tarima circular con pasadizos que se abrían y cerraban como por acto de magia, haciendo que Martin, sus músicos y cuerpo de danza aparecieran y reaparecieran al azar, manteniendo a la audiencia siempre en vilo.
  • En menos de diez minutos de aparecer en escena, el cantante recibió la primera de varias ovaciones.
  • Un destello de luces rojas dio inició a la eufórica apertura con un popurrí de Pégate, Raza de mil colores, This Is Good y Por arriba, por abajo.
  • El astro abrió el espectáculo a ritmo de samba.
  • Afuera llovía y encontrar estacionamiento cerca de la Arena era casi un milagro, pero aún así los fans de Ricky abarrotaron el local.
  • El ídolo boricua nos dejó boquiabiertos una vez más en el American Airlines Arena de Miami con su superproducción Blanco y negro.

ElNuevoHerald.com

Ricky Martin en Miami