DE MUJER
MARÍA ANTONIETA COLLINS: Si así son aquí... qué no harán en su casa
Es una de las cosas que hemos aprendido a hacer mecánicamente luego del 11 de septiembre del 2001: llegar a un aeropuerto y prepararnos para la revisión de seguridad.
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Comía el otro día con mi amiga Angélica en un restaurante de La Pequeña Habana cuando ella, dotada de una sagacidad fuera de serie para ver lo que otros no perciben y hacer de eso un caso, observó a un policía entrar al sitio y sentarse a comer. De pronto me dice: “Si este policía tuviera que salir a perseguir a un delincuente, el primero que se va de boca al piso es él, por la cantidad de “tarecos” que carga en la cintura.”
Es una de las cosas que hemos aprendido a hacer mecánicamente luego del 11 de septiembre del 2001: llegar a un aeropuerto y prepararnos para la revisión de seguridad.
Conozco a María Elena Salinas por lo menos desde hace 30 años y nunca la había visto así.
Cada vez que veo en la televisión que, en medio de una tragedia ocurrida, - generalmente la muerte de una persona sin recursos- se pide dinero para el funeral diciendo: “Para hacer un donativo se ha abierto una cuenta en el banco tal donde usted podrá depositar el dinero” invariablemente me pregunto: ¿habrá quién lo haga? ¿Habrá quién se tome el tiempo para ir al susodicho banco y esperar en las colas, generalmente largas, para depositar un dinero? ¿Valdrá la pena semejante gestión ya que deben ser pocos los que respondan al llamado?
La voz de mi amiga sonaba más que entusiasmada: ¡Me caso en Cancún y no te perdono si me fallas ese día!
Imagínate que vas a subir a tu auto y de momento un compañero de trabajo te pide que le hagas el favor de llevarlo a su casa. Y tú, con la mejor intención, le dices: “Por supuesto, súbete”.
La jornada como miembro de la prensa vaticana que acompañaba a Benedicto XVI a México y Cuba comenzaba con una disciplina espartana: unos días a las cinco de la mañana, otros a las cinco y media, en la oficina del jefe de logística del viaje donde solo por 15 minutos, -no dieciséis- se recogen los discursos que el Papa pronuncia cada día.
El viaje comenzó como le he contado, sorpresivo, pero lo que sucedió a partir del 23 de marzo ha quedado ya en el libro de mi vida.
Hace unas semanas, justo antes ir al viaje papal comencé a hacer la maleta de acuerdo al protocolo del Vaticano que exige a todo el mundo vestir traje sastre en colores oscuros, preferiblemente gris, negro y azul marino.
No, no, no. No se me confunda por favor, que esta columna de hoy no es para darle alguna receta de cocina. Es para explicarle que mientras usted lee estas líneas, estoy en Roma y faltan solo dos días para que, aborde junto a mi compañero camarógrafo Juan Carlos Guzmán, el avión papal “Shepperd One” que llevará a Noticias Univision con un centenar de periodistas más a la primera gira de Benedicto XVI por México y Cuba.
Desde que recibí esa llamada de mi hija Antonieta supe que era diferente de las -por lo menos seis- que nos hacemos durante cada día. El teléfono siempre ha suplido la distancia y, a pesar de que cada vez han sido más y más las millas que la separan de casa, ese aparato nos ha mantenido juntas en estos últimos 10 años desde que marchara a Ohio para estudiar su carrera de periodismo deportivo.
Hay mujeres que parecen boxeadoras, se pasan toda la vida repartiendo puños a granel, pero no a otras personas y mucho menos a un saco de arena, sino que se golpean a si mismas. Y qué muchos trompazos se dan; “¡Golpe bajo a la confianza, gancho de izquierda al amor propio y puñetazo directo a la autoestima!”
La mujer que nos atendía en Tucson, en medio de un clima antinmigrante, en el mostrador de una agencia de viajes fue diferente a los que, a regañadientes, reprimen su malestar ante una apariencia latina que les pide algo, y les molesta tener que lidiar con uno.
La llamada de José Abreu, administrador del Aeropuerto Internacional de Miami, no me toma por sorpresa. Era casi lógico que lo hiciera luego de mi columna Las cosas que hay que oír donde narraba la plática de unas empleadas y que causó un revuelo en esa dependencia que no me imaginé.
Sus funerales debieron realizarse quizá en el año 2040, pero incomprensiblemente han sucedido por lo menos 30 años antes, en este enero de 2011.