RINCON DEL RECUERDO
Adolfo Luque, el Habana Perfecto

Por MARINO MARTINEZ PERAZA
El Nuevo Herald
Fue el primer lanzador latinoamericano en ganar un título de pitcheo en Grandes Ligas al sumar 27 victorias con 1.93 de efectividad en la temporada de 1923 con los Rojos de Cincinnati, el primero en actuar en Series Mundiales y el pionero entre las estrellas que han actuado en el mejor campeonato del mundo.
Adolfo Luque nació el 4 de agosto de 1890, en La Habana. Se inició en la pelota profesional cubana en 1912 con el equipo Fe. Actuó en 21 temporadas, donde también vistió los uniformes del Habana, Almendares, Orientales, Cuba y Cienfuegos, acumulando 106 victorias con 71 derrotas. De igual forma, se destacó como mánager.
Luque debutó en Grandes Ligas con los Bravos de Boston, en 1914. Fue cambiado a los Rojos de Cincinnati en 1918 y con este equipo actuó en las próximas 12 campañas, terminando su carrera con los Gigantes de Nueva York entre 1932 y 1935.
Acumuló 194 triunfos en las Mayores, con 3.24 de efectividad y 1,130 ponches. Ganó más de 13 juegos en ocho temporadas y tiró un total de 26 partidos de nueve ceros.
Su mejor año fue en 1923 al conquistar la corona de pitcheo en victorias y efectividad. Logró 27 éxitos y su promedio de carreras limpias fue de 1.93, abriendo 36 partidos, con 28 juegos completos y seis lechadas propinadas. !Increíble consistencia!.
Luque tuvo la oportunidad de actuar como relevista en dos Series Mundiales. La primera en 1919 con Cincinnati, y la segunda en 1933 con los Gigantes de Nueva York.
Con los Rojos no toleró carreras en tres y dos tercios de entradas, mientras que con los Gigantes fue uno de los héroes de la Serie Mundial al realizar un trabajo magistral de relevo liquidando la amenaza en el quinto episodio y colgando los cuatro ceros restantes a los Senadores de Washington, para darle la corona al equipo dirigido por Bill Terry.
Las principales armas de Luque fueron el control, la curva hacia abajo y el coraje. Ubicaba sus envíos en la zona que deseaba y no le temía a ninguna situación.
Luego de su retiro, fue designado coach de pitcheo de los Gigantes en 1936. En el verano del 38 abandonó el cargo cuando Terry no cumplió con su palabra de aumentarle el sueldo. Dos años más tarde, en una visita de entrenamiento de los Gigantes a La Habana, el propio Terry convenció a Luque y entonces el cubano regresó en 1942 como entrenador, hasta finalizar el contrato en 1945.
Como estratega, Luque era exigente y manejaba bien a los lanzadores.
''Ganar era su lema’’, nos dijo Andrés Fleitas, receptor del Almendares. "Recuerdo la temporada 1946-47 cuando se inauguró el Estadio del Cerro y ganamos 13 de los últimos 14 choques, guiados por los brazos de Max "El Monstruo’’ Lanier y Agapito Mayor, incluyendo siete a los Leones del Habana. Luque era nuestro piloto‘’.
El Habana Perfecto o Papá Montero como le decían a Luque, fue un rebelde dentro del terreno y fuera del diamante era el clásico criollo que vestía con una guayabera elegante de hilo que acompañaba con un sombrero blanco, se deleitaba jugando dominó y frecuentaba las vallas de gallos.
¡Un cubano por las cuatro costuras!
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