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'A Serious Man', cruel comedia de un moderno Job

Crítico de cine/El Nuevo Herald

En la Minnesota de 1967, el profesor de Física Larry Gopnik se ha convertido en pararrayos de todas las desgracias. Su mujer lo deja por un viudo hipócrita y lo obliga a mudarse a un motel. Su hermano es un vago parásito, su hijo es marihuanero, su hija lo desprecia y su puesto en la facultad peligra por acusaciones de un alumno que intentó sobornarlo para sacar buenas notas.

Joel y Ethan Coen han modernizado las tribulaciones bíblicas de Job y a Gopnik lo tortura la ira caprichosa de Hashem, deidad del judaísmo conservador. Es el elegido como prueba de cuánto es posible sufrir sin protestar, Larry busca consejo y consuelo en tres rabinos a cada cual más inefectivo. Al final, cuando el médico está a punto de darle mortal diagnóstico, se proyecta en el horizonte un arrasador tornado.

En un relato indirectamente autobiográfico, los Coen calibran de nuevo su adolescencia, con evidente rencor al pasado. El guión de tesitura punitiva bordea el sadismo y aunque el tono es de comedia cruel, la perversidad de las situaciones provoca más reprimida inquina que abiertas risas.

El actor de teatro Michael Stuhlbarg es la estampa de la herejía en una actuación de terrorífica inmolación espiritual, y aún mejor está Fred Melamed como el vecino santurrón que lo abraza y conforta para, de paso, quitarle la mujer. La fotografía de Roger Deakins es inútil cosmético de un angustioso ambiente donde hay competencia desleal entre personajes odiosos.

La película está impecablemente realizada y tortuosamente concebida. Si Joel y Ethan Coen se propusieron perturbar al espectador tanto como al protagonista, lo han logrado en un filme profundamente desagradable. • 

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