La New World y Beethoven, una combinación de éxito
By DANIEL FERNANDEZ
dfernandez@elnuevoherald.com
No es la primera vez que la New World Symphony dedica todo un programa a Beethoven. Su director, Michael Tilson Thomas, tiene especial empatía con el genio de Hamburgo, por lo que esos conciertos son siempre un éxito, como quedó demostrado en la noche del sábado, en el Knight Concert Hall del Arsht Center de Miami.
La primera parte de la noche fueron selecciones de la única ópera de Beethoven, Fidelio, en la que actuaron como solistas el renombrado bajo-barítono Luca Pisaroni, la soprano Christine Brewer y el tenor Anthony Dean Griffey. Sin entrar a detallar la importancia de esta obra desde el punto de vista histórico y político, hay que admitir que Fidelio nunca ha sido una obra popular, de hecho, Beethoven le compuso cuatro oberturas, le cambio el título y hasta hizo una segunda versión bastante distinta a la primera buscando el aplauso del público.
Pero ese aplauso sigue siendo escaso, y nada cambió en ese aspecto en la noche del sábado. A pesar de la exquisita voz de Brewer y de su dramática entrega en Komm Hoffnung, lass' den letzten Stern, y de que la orquesta estuvo en su acostumbrado nivel de calidad, no puede decirse que los asistentes al Arsht respondieran con entusiasmo al esfuerzo.
La segunda parte de la noche fue muy distinta, ya que la Novena Sinfonía, en re menor, op. 125, es una obra que sigue ganando en popularidad y la actuación de esa noche estoy seguro de que logró nuevos adeptos (¿o debería decir adictos?) Los tres primeros movimientos podrían clasificarse de perfectos, incluso en las traicioneras trompas. Tilson Thomas tiene un pulso bien seguro con Beethoven y tanto el palpitante primer movimiento, Allegro ma non troppo, un poco maestoso --que se redondea grandilocuentemente pero sin exageraciones--, como el segundo, Molto vivace --trepidante y a punta de timpani-- y el tercero Adagio molto e cantabile... --con sus dulces melodías que tanto atraen y prometen en una constante combinación de temas y recapitulaciones--, orquesta y director se mostraron en plena forma logrando no sólo el acople, sino el impulso anímico que hace cada interpretación única. Tilson Thomas ofrece siempre un Beethoven fresco y muy cercano a los melómanos modernos. En sus manos es posible distinguir cómo en ese compositor ya parten las líneas que habrían de desarrollar en el siglo siguiente autores como Mahler, Stravinsky y Shostakovich.
Sin embargo, en el cuarto movimiento, algo pasó. Me atrevería a decir que el problema estuvo en los solistas --a los ya mencionados se unió la mezzo Kendall Gladen--, hubo un momento en que se adelantaron un tanto las voces masculinas. Nada desastroso, pero poco después Tilson Thomas, sin dejar de dirigir, bajó un instante del podio (¿o lo hizo porque estuvo a punto de perder el equilibrio? Quizá, al entrar a la orquesta trataba de impartir de nuevo esa fuerza, esa concentración que tan bién se había mantenido en los tres primeros movimientos. Estos detalles no fueron nada grave, cierto, pero fue un momento de debilidad, de dispersión, que rompió la magia del conjunto.
Afortunadamente, las partes corales, a cargo de la Master Chorale of South Florida y la University of Miami Frost Chorale preparados por Joshua Haberman, fueron extraordinarias, y como su trabajo es clave en ese movimiento, y sobre todo al final, el resultado fue espectacular y estremecedor. El público se mantuvo en vilo, algunos con los ojos aguados, hasta el explosivo cierre que provocó una larga ovación de pie.
Un éxito, sin duda, a pesar de todo.
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