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Kamio y Spivakov, un Chaikovsky de lujo

El Nuevo Herald

La nueva visita de Vladimir Spivakov con la Filarmónica Nacional de Rusia reverdeció los laureles que ganaron durante su anterior presencia en esta ciudad. Su concierto, el viernes 10, en el Arsht Center for the Performing Arts, desbordó las expectativas de un público que, a pesar de los inusuales cuatro encores al final de la noche, ovacionó largamente a los talentosos músicos sin cansarse de pedir más.

Y es que la calidad de esta orquesta no sólo es superlativa, sino que demostró una exquisita sensibilidad en lo interpretado, comunicación absoluta con el director y un impecable acople. La noche abrió con un toque de baile, la polonesa de la ópera Eugenio Oneguin, de Chaicovsky; pero sin duda el plato fuerte fue la oferta siguiente, el Concierto en re mayor para violín y orquesta, de Chaicovsky. Aquí entró en escena la joven solista Mayuko Kamio, ganadora --y merecedora-- de numerosas distinciones y competencias, entre ellas, la Chaicovsky de Moscú, en el 2007. La intérprete se mostró en todo momento íntimamente ''conectada'' con la obra --que tocó de memoria--, aunque su concentración y estilo propio nunca la hicieron salirse del ''concierto'' general con el director y la orquesta.

Violinista él mismo, Spivakov, especialmente en los cantabiles y pianissimi, trabajó las dinámicas hacia los más tenues decibeles, de manera que el violín siempre se destacara. Este efecto permitió al público disfrutar de efectos inusitados, ya que la técnica depurada de Kamio llevó estos pasajes hacia extremos de una belleza casi dolorosa.

Pero esta exquisitez en los pasajes delicados no quiere decir que se descuidaran los momentos fuertes de la obra. Solista y orquesta subieron a ganar las cumbres intensas de este pináculo del romanticismo, pero sin que el violín perdiera su protagonismo, ni su individual presencia. Realmente una ejecución muy especial que puso al público a aplaudir de pie.

La segunda parte de la noche arrancó con la casi olvidada El beso del hada, de Stravinsky, un delicioso divertimento con resonancias neoclásicas y pasajes muy dulces, evocadores de un posible ballet.

Más palpitante y dramática fue la siguiente oferta, tres pasajes del conocido ballet Romeo y Julieta, de Prokofiev. El final, La muerte de Tibaldo, inició la ovación que daría lugar a cuatro maravillosos encores: Vals triste, de Sibelius; Danza napolitana, de El lago de los cisnes, de Chaicovsky; Las bodas de Luis Alonso, de Giménez, y una especie de danza salvaje con trepidar de tambores, que parecía salida de la Gayané, de Jachaturian, pero no podría asegurarlo.

Al final, podía verse en los rostros esa especial expresión de satisfacción y entusiasmo que produce la buena música y una interpretación de excelencia. Aunque algunos comentaron --ante la crisis económica--: ''¿Volverán el año próximo?'' ¡Ojalá!• 

dfernandez@herald.com

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