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Una velada extraordinaria con la frost

El Nuevo Herald

La situación económica no debe ser un pretexto para que merme el florecimiento de las artes en el país ni en Miami, en particular, como quedó demostrado con el excelente concierto gratuito que ofreciera la Frost Symphony Orchestra en la noche del sábado, en el Gusman Concert Hall. A pesar de que no se anunció mucho, los melómanos llenaron el lugar.

Y es que además de la probada calidad de esta orquesta --a la que siempre llegan nuevos alumnos-- y su director, Thomas Sleeper, el programa era muy seductor. Abrió la noche un estreno mundial: Midday, de Paul Phillips (1952) --no confundir con su homónimo, autor de estudios sobre Stravinsky y Burgess, también compositor y director de orquesta, nacido en 1956--, que hizo las delicias del público por su carácter intenso y alegre. Es una obra en la que abundan la percusión y los metales. A pesar de su estructura relativamente simple en la que los temas crecen, eclosionan y vuelven a su lugar de origen, ostenta una gran complejidad de textura. Los músicos de la FSO se lucieron con una interpretación a todo tren que fue muy aplaudida.

Luego vino una pieza relativamente más reposada, la Fantasía para saxofón, tres trompas y cuerdas, de Villa-Lobos. Esta obra en cierta forma era también un estreno; porque la versión que se dio a conocer en los 50 era en una tesitura diferente --saxofón tenor-- a como la escuchamos esa noche, en el saxofón soprano de Gary Keller. La anterior fue un arreglo y transposición para el saxofonista Waldemar Szpilman. En ésa también había una trompa menos. La recuperación de la versión original --a partir del manuscrito en el museo Villa-Lobos-- se debe al popular saxofonista Dale Underwood.

La pieza tiene ese dejo sensual del autor donde se combina lo brasileño con lo clásico y el jazz. La extraña conversación entre instrumentos le da un personalidad única a esta pieza, y tanto los jóvenes en las trompas, como Keller con su saxo se destacaron con una ejecución limpia y bien acoplada al exquisito sustrato de las cuerdas. Los asistentes tuvimos el privilegio de escuchar esta obra no sólo muy bien tocada, sino en la versión original del autor.

La segunda parte de la noche estuvo dedicada por completo a una de las sinfonías más populares del repertorio, la Sinfonía no. 5, en do sostenido menor, de Mahler. Famosa por su Adagietto, que se ha usado muchísimo como fondo en películas y obras de teatro, esta obra es monumental y sus cinco movimientos se extienden por una hora cargada de exquisitas melodías, explosiones de percusión y altisonantes fanfarrias.

Tanto en los pasajes evocadores y misteriosos como en los más febriles e intensos, la orquesta se mantuvo bajo el mágico conjuro del director, cuyo largo cabello se iba empapando de sudor. No es ligera tarea el acoplar y mantener en coherente

desarrollo una obra de estas proporciones. Sin embargo, la titánica labor llegó a buen fin, y el público se puso de pie en larga y merecida

ovación.

Un concierto extraordinario sin duda, del que nadie --si lo escuchara grabado-- podría imaginar que se trataba de alumnos, entre los cuales había al menos dos niños. Infórmese de estos conciertos en la Frost School of Music, no sólo suelen ser extraordinarios, sino que se ofrecen gratuitamente o por muy poco dinero. Nada a pasar por alto en los tiempos que corren.• 

dfernandez@herald.com

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