ANNE AKIKO MEYERS, SENSIBILIDAD ENTRE DOS MUNDOS
By DANIEL FERNANDEZ
dfernandez@herald.com
La exquisita violinista Anne Akiko Meyers es un ejemplo viviente de la unión de dos culturas: Estados Unidos y Japón. Esto quedó demostrado nuevamente en su recital de la noche del jueves 18 en la Summer Concert Series de la Coral Gables Congregational Church. Acompañada al piano por Reiko Uchida, la joven intérprete entregó un programa que combinaba obras de ambos países, además de piezas clásicas tradicionales y expresiones recientes de la música culta.
Abrió la noche con una hermosa melodía tradicional japonesa, Haru no Umi (Mar de primavera), de Michio Miyagi, de corte meditativo y evocador. Siguió luego, de Rentaro Taki, Kojo no Tsuki (Claro de luna sobre el castillo en ruinas), en arreglo de Shigeaki Seagusa y la propia Akiko Meyers, pieza misteriosa y romántica que la violinista interpretó en solitario. A su seguro y bien entonado toque, la intérprete añade una calidez especial que se manifiesta también en los amenos comentarios a las obras que va interpretando. Estas dos primeras le recordaban sus numerosas vacaciones en Japón.
Luego, en la piece de resistance, la Sonata no. 5, en fa mayor, `Primavera', de Beethoven, Akiko Meyers lució las cualidades con las que se ha ganado --desde los años en que era una niña prodigio-- el lugar cimero que ocupa dentro de los violinistas de su generación. Es difícil elucidar qué se debe destacar en primer lugar en el arte de esta consumada intérprete, si la claridad de su sonido, la profundidad de su interpretación o el impecable acople. Akiko Meyers entregó un Beethoven lúcido y translúcido, sin los exagerados contrastes en los que algunos intérpretes insisten como un recurso de fácil dramatismo. La violinista, con la acertada empatía de la pianista, se fue por el Beethoven más clásico. Su Stradivarius llenaba el lugar con un mensaje de luz y de energía, en el que no había un momento falto de interés, pero donde tampoco se buscaban fraseos o dinámicas inusuales. Límpida, transparente, como un arroyuelo primaveral, la obra fue sin duda el momento más memorable de la noche. Digno final para la primera parte.
En la segunda, Akiko Meyers advirtió al público con pinceladas de humor acerca de las obras inusuales que habría de interpretar. Primero Spiegel im Spiegel (Espejo en el espejo), de Arvo Part, el enigmático compositor estonio. Obra de extraña atmósfera que pretende ser la correspondencia sonora de aquellos espejos de las barberías antiguas, que situados uno frente al otro, multiplican la imagen alejándose hacia el infinito.
Luego el breve paréntesis impresionista --más fácil de asimilar por oídos no entrenados) Beau Soir (Hermosa tarde), de Debussy, que en el decir de la intérprete era para preparar al público para la burlona y áspera Stille Nacht (Noche de paz), de Schnittke, inspirada en el famosísimo villancico. En palabras de la propia Akiko Meyers, ''hay momentos en que parece como si una cajita de música se hubiera descompuesto y se detuviera poco a poco''. El público se mostró cortés, pero era evidente que el chiste no hizo mucha gracia.
Un cambio de ritmo y espíritu disolvió la atmósfera de desconcierto: Autumn in New York, de Vernon Duke, en arreglo de Jeffrey Tyzik, deliciosa melodía con todo el sabor típico de las comedias musicales, que lógicamente fue muy aplaudida.
Finalmente, por la misma vena, la famosísima Summertime, de Porgy and Bess, de Gershwin, en arreglo de Heifetz, que permitió a las intérpretes cerrar el concierto con un desborde de gracia y ritmo.
El público ovacionó largamente de pie, por lo que las jóvenes regalaron un muy conocido encore: Somewhere Over the Rainbow, de El mago de Oz, de Arlen y Harburg, y no hay que decir que el lirismo y la sensibilidad de la entrega fue del gusto de todos, aunque muchos se quedaron esperando un alarde de virtuosismo, algo más fogoso y caliente. No hubo más encores. Fue sin duda una noche memorable, pero faltó el balance de una o más piezas movidas que hubieran dado al público otros aspectos de la versátil Akiko Meyers.
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